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Alfa & Omega, 12/06/08 - Dentro de algún siglo o de algún milenio -si el género humano entre tanto no se hubiera embrutecido del todo o se hubiera exterminado-, nuestra edad presente, que nos parece superior a todas las que nos han precedido, suscitará estupor en los futuros nietos, que querrán y deberán ocuparse de nuestros acontecimientos, usos y costumbres, por razones de estudio o de curiosidad.
Numerosas formas y hábitos de nuestra vida provocarán rechazo y quizás horror entre los futuros historiadores; pero creo y considero que el mayor escándalo de nuestra sociedad, es más, la mancha más terrible e infame que aparecerá ante nuestros ojos es la pena de muerte, todavía hoy conminada y legitimada por las costumbres y leyes en casi todos los países de la tierra. Los futuros historiadores sabrán que, ciertamente, la Europa y la América de nuestros días reconocen el origen divino de los diez mandamientos, entre los cuales uno de los más importantes e imperativos es, sin duda, el que ordena: «No matarás». Nuestros nietos encontrarán natural, aunque doloroso, el homicidio cometido por los malhechores, por los delincuentes, los furiosos, los pasionales, los violentos, los que quizás han nacido por motivos que van desde el odio del rival a la codicia, del orgullo herido, a la exasperación de los celos y de la lujuria.
No los perdonarán, pero podrán comprender los homicidios cometidos en el furor de una pelea, de una revuelta y de una batalla. Sin embargo, se quedarán estupefactos y aterrorizados al enterarse de que algunos hombres cultos y tranquilos, desinteresados y sensatos, que han estudiado filosofía y criminología, Humanidades y Sagrada Escritura, que decían de sí mismos y se creían cristianos, pudieran decidir a sangre fría, recogidos en la serenidad de las estancias del consejo de los tribunales, que fuera truncada un cierto día la vida de otros hombres, quizás culpables, pero ciertamente enfermos e infelices. El mandamiento de Dios que prohíbe matar, no consiente ni admite ninguna excepción y menos cuando se trata de hombres que representan o deberían representar la justicia, la razón, la sociedad y la civilización.
Un maleante sanguinario que mata a una criatura humana inspira repugnancia, miedo, piedad, pero un juez togado, licenciado y retribuido, que un buen día, en nombre de un código, de un principio, de un rey, de un partido o de un pueblo pronuncia una sentencia de muerte y encarga a otro hombre, llamado verdugo, ahorcar, estrangular, decapitar o fusilar o fulminar al condenado, les parecerá a los futuros estudiosos de nuestro tiempo increíble, inverosímil, vergonzoso y desconcertante, algo que confunde el pensamiento, aterroriza el corazón y trastorna la imaginación. Si un ser sabio y religioso pudiera creer que el mejor modo de castigar a un asesino fuera asesinarlo a su vez, es decir, imitarlo, sin tener en cuenta el mandato del Creador, de la lógica y de la caridad, es la prueba de una locura moral tan absurda, feroz y diabólica que alguno de nuestros descendientes no podrá dar crédito a los documentos que atestiguarán las costumbres de todos los siglos de la Historia hasta el nuestro.
Sin embargo, nosotros oímos anunciar cada día, sin estremecernos ni asustarnos, que los tribunales de las naciones consideradas civilizadas, en nombre de Su Majestad o del pueblo, ordenan matar con instrumentos espeluznantes, a dos, siete o diez criaturas humanas que muchas veces no han matado a nadie, pero que no tienen las mismas inquietudes, opiniones, ilusiones de aquellos que, en ese momento, empuñan el bastón de mando. Hoy casi nadie se sorprende o protesta, o tiene el coraje de gritar su indignación contra la sanguinaria salvajada. Somos todos, queriendo o no, sabiéndolo o no, cómplices silenciosos y necesarios del verdugo.
Giovanni Papini
Traducción : María Pazos