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Nada más cierto que una madre quiera explicárselo todo, todo, todo, a su hijo de once años, incluso aquellas cosas que no entiende, pero de las que sabe cómo hacerse la escurridiza para dejarle satisfecho. Así es la madre de Por el placer de volver a verla, de Michel Tremblay, una cosa tan asombrosamente tierna que da pena que se vaya del escenario y se convierta de nuevo en Blanca Oteiza. A la salida del teatro, Miguel Ángel Solá me dice que está harto de las noticias furibundas, de tanto horror subrayado por los medios de comunicación, de las mareas negras morales, más tristes aún que la reciente de Luisiana: «En esta obra se tiene en cuenta sólo lo que es más auténtico en el hombre, esa pasión por amar de verdad y, además, tengo a la mujer de mi vida en escena, con lo que para qué pedir más». La obra de Tremblay es un mentís a los ajustes de cuentas que muchos artistas han realizado con sus progenitores, como el caso de Jules Renard y su Pelo de zanahoria; o la Carta a mi madre, de Georges Simenon, en la que el escritor se lamenta de haber recibido todos los elogios del mundo por parte de los extraños, pero nunca de su propia madre; o la tristeza de Paul Auster hablándonos de un padre de pedernal en La invención de la soledad.
Tremblay nos lleva a un punto donde todos convergemos: la madre es insustituible, no por unas virtudes específicas, sino por ese lazo invisible de pertenencia con su hijo, que el parto no logró desligar. Solá y Oteiza son la pareja de actores más importante del panorama iberoamericano. Solá tiene tanta verdad en el arranque de la obra que una espectadora interrumpió su monólogo y, dirigiéndose a él, dijo que, si quería contarnos su historia, lo hiciera más alto. Miguel Ángel Solá rompe la ligera membrana de la magia que separa el arte de la realidad. El espectador se ríe con esta comedia de verdades, no tanto por las muescas de humor de la obra, sino por la verosimilitud en la interpretación de los actores. El escritor Albert Cohen se desesperó cuando su madre murió en Marsella bajo la ocupación nazi, mientras él estaba inmovilizado en Londres. Como no puede acompañarla en sus últimos momentos, escribe El libro de mi madre, donde vuelca todo su desconsuelo por la pérdida. En cambio, Tremblay nos puede traer de nuevo a la madre fallecida, gracias al sortilegio del teatro.
Javier Alonso Sandoica