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El 21 de abril de 1211, día de la Pascua de Resurrección, fue consagrada con toda solemnidad la catedral de Santiago de Compostela. El pueblo y numerosos peregrinos presenciaron este acto, con el rey Alfonso IX, el príncipe don Fernando, el infante don Sancho, hermano del rey, el arzobispo Pedro Muñiz y los prelados de Orense, Lugo, Mondoñedo, Túy, Coria, Guarda, Évora, Lisboa y Lamego.
Tras el descubrimiento, en la diócesis de Iria Flavia, de la tumba del Apóstol Santiago, en el primer tercio del siglo IX, se construyó un templo que le diese cobijo. Fue construido en 829, pero pronto se quedó pequeño para los numerosos peregrinos, que ya caminaban hacia esta meta universal de peregrinación. Hubo que construir una iglesia de mayor capacidad, en 899, de estilo prerrománico, que sería destruida por Almanzor en el año 997, y reconstruida más tarde, en 1075, por san Pedro de Mezonzo, iniciándose de este modo la construcción de la catedral.
La tumba del Apóstol convocaba a miles de peregrinos y convergió en la construcción de esta obra, de gran relevancia histórica, artística y religiosa, fruto de la inquietud espiritual, sensibilidad artística y trabajo de muchas personas. Obispos, reyes y grandes de la Corte contribuyeron con auxilios y donativos, y los peregrinos, con su trabajo. Eran ellos los que, al pasar por Triacastela, donde abundaban canteras de cal, cargaban con una piedra para llevarla a los hornos, donde se hacía la cal, en Santa María de Castañeda, cerca de Arzúa. Con toda razón, puede decirse que, en la argamasa empleada en la fábrica del templo, está el sudor de muchos peregrinos.
La Historia continúa
Aborda estos y otros muchos asuntos el arzobispo de Santiago, monseñor Julián Barrio, en su Carta pastoral para este centenario, La catedral, «Iglesia Madre». Pero su historia aún se está escribiendo. Ocho siglos después, abre cada día sus puertas desde primeras horas de la mañana hasta las últimas de la tarde, con celebraciones eucarísticas, el rezo de la liturgia de las Horas, confesiones, adoración al Santísimo, veneración del sepulcro del Apóstol... Los peregrinos siguen afluyendo a diario a la catedral, que es guardiana de la tumba de Santiago, hospitalera y también maestra, como cuando explica la fe en su Pórtico de la Gloria.
«La catedral es un ser vivo -afirma el gran historiador gallego don Antonio López Ferreiro, citado por el arzobispo-; en lo moral y en lo social, el ser más vivo y elocuente de un pueblo; y nuestra basílica compostelana es como un pregón, que narra y publica, con voz pausada, sonora y solemne, las vicisitudes, sí, de nuestra ciudad, pero a la vez las ansias de muchedumbres de otras muchas naciones, que sólo aquí hallaron reposo, consuelo o aliento para su corazón desolado por los amargos lances y combates de la vida».
Monseñor Julián Barrio también destaca, además, en su carta, la importancia de las Cruces de consagración de la catedral y sus inscripciones. Cuando un templo catedralicio es consagrado, normalmente, se graban en sus paredes doce cruces de consagración, recordando a los doce Apóstoles, como fundamento de la Iglesia y de la tradición apostólica que fundamenta la fe, y esto «constituye uno de los testimonios más importantes de lo que sucedió en aquel histórico siglo XIII, ya que son una marca de pertenencia, una alianza: aquello que toca la Cruz recuerda el amor y sirve para traer la paz al mundo». Así se subraya en la décima: «Indico con tantas cruces el número de otros tantos discípulos y la fe de la Iglesia que sigue las enseñanzas de ellos».
Rosa Puga Davila
Imágen : Apóstol Santiago sedente. Parteluz del Pórtico de la Gloria