lfa & Omega, 23/01/07 - «Para entrar en la iglesia, basta con quitarse el sombrero»: así respondía el genial escritor católico converso Gilbert Keith Chesterton a quienes se empeñaban en situar la religión al margen de la razón, como si las cosas de la fe nada tuvieran que ver con la inteligencia, o el corazón pudiera separarse de la cabeza. No eran pocos entonces, hace ya un siglo, y ahora son quizás muchos más. Con ello, no es que ignoren la esencia de la religión, y en particular del cristianismo; es que se sitúan en la ignorancia radical, pues una razón que no reconoce su origen se incapacita a sí misma. Si la capacidad de pensar se excluye del hecho religioso, de las preguntas específicamente humanas -¿quién soy, cuál es mi origen, y mi destino, por qué y para qué vivo, qué sentido tiene la vida, la mía y la de los demás, y la del mundo...?-, la razón queda reducida, necesariamente, a mero instrumento al servicio de intereses ajenos al propio yo. De ser el reflejo de la Sabiduría infinita, pasa a convertirse en mera opaca computadora, aunque compute toda clase de luces artificiales. Y, por eso, el eclipse de Dios que se ha producido en la modernidad, ha significado el más atroz de los eclipses humanos.
La incisiva y gráfica respuesta de Chesterton encontró, el pasado mes de septiembre, un eco bien significativo en la lección magistral de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona: «Actuar contra la razón -afirmó repetidamente el Papa- está en contradicción con la naturaleza de Dios». Y tan racional afirmación no ha surgido en la Historia por el esfuerzo intelectual de los hombres, sino precisamente por la revelación del mismo Dios. ¿Cabe mayor alianza entre la fe y la razón, entre lo divino y lo humano? Sin esta unidad, ni la razón ni la fe pueden subsistir, y en consecuencia toda otra unidad verdadera, ni en Europa ni en parte alguna del mundo. El propio Benedicto XVI lo dejó bien claro evocando dónde está el secreto de la añorada grandeza de la Europa, que, o es cristiana, o no lo es en absoluto: el «acercamiento recíproco entre la fe bíblica y el pensamiento griego», que hace perfectamente comprensible «que el cristianismo, no obstante su origen e importante desarrollo en Oriente, haya encontrado su huella históricamente decisiva en Europa».
Así lo avalan la pléyade de escritores cristianos europeos, y particularmente los conversos a la Iglesia católica, a quienes dedicamos el tema de portada de este número de Alfa y Omega. Si «en el principio era el Logos -como subrayó Benedicto XVI en Ratisbona-, que significa razón, palabra : una razón que es creadora y capaz de comunicarse»; y si «el Logos estaba en Dios y el Logos era Dios», cae de su peso que la auténtica fecundidad de la palabra, de la literatura, no podía por menos que ir a la par de la fecundidad de la fe.
Tras entrar en la catedral de Notre-Dame, mientras se desarrollaba la liturgia del día de Navidad -así narra Paul Claudel el momento de su conversión, ¡él, que veía a la Iglesia como lo que más repugnaba a mis opiniones y a mis gustos!-, «el gran libro que se me abrió era la Iglesia. Sea por siempre alabada esta grande y majestuosa Madre en cuyas rodillas he aprendido todo». No es casualidad que el escritor francés designe a la familia de Dios que lo acoge como el gran libro en el que se aprende todo.
Lejos de estar reñidas, fe y razón, religión y palabra, se abrazan, y de tal modo que son radicalmente inseparables, y hasta tal punto que el objeto de la fe, Dios mismo, lleva por nombre la Palabra. La crisis cultural que hoy vive Europa, y el mundo, no es otra que la ausencia de esa Palabra divina, con el consiguiente lógico vaciamiento de toda palabra humana, que sin Ella sólo puede expresar irracionalidad y desesperación. Pero su Presencia, elocuentísima en la auténtica literatura cristiana, por pequeña y débil que se nos muestre, como el Niño indefenso de la Navidad de Claudel, es sin duda la única esperanza verdadera de la Humanidad.
Es inútil pretender inventarse la Palabra. El camino no es otro que leer este gran libro que se nos abre. Chesterton se lo explicó, con su habitual agudeza, a Bernard Shaw, empeñado en que «tenemos que reunirnos para construir una religión», en que «Dios no existe todavía, pero hemos de colaborar para hacer que exista». Para la réplica, Chesterton había escrito en la cubierta del folleto que le entregaron con el resumen de la conferencia de Shaw, mientras acudía en un taxi a la suya: «Ha costado unos 1.800 años construir mi religión; destruir la del señor Shaw no me llevará más de 18 minutos». Así fue, mostrando sencillamente su irracionalidad, y añadiendo con su genial ironía: «Si Shaw dijera: He aquí cinco niños pobres. No tienen madre. Dejemos que se reúnan para fabricarse una, convendríamos todos en que el comentario encerraría un cierto desliz lógico». Chesterton, ciertamente, al entrar en la iglesia sólo se quitaba el sombrero.