lfa & Omega, 25/10/06 - «Trata a los demás como quieres que te traten a ti». Tal comportamiento -test decisivo en el fenómeno de la inmigración- no nace, ciertamente, de un convencionalismo; su origen se nos ha manifestado en el mismo Dios hecho hombre, que revela el hombre al propio hombre . Lo dijo Juan Pablo II, con toda espontaneidad, en la Jornada Mundial del Emigrante del Año Jubilar 2000: «En Jesús, Dios vino a pedir hospitalidad a los hombres», y Él mismo «llegó a identificarse con el extranjero que necesita amparo: Era forastero y me acogisteis ...»
«No molestarás al extranjero ni le oprimirás, pues extranjeros fuisteis vosotros en el país de Egipto»: así dice Dios a su pueblo Israel por medio de Moisés, según se recoge en el libro del Éxodo , que no duda en insistir en la honda racionalidad del mandato divino: «No vejarás al extranjero, pues vosotros conocéis el estado de ánimo del extranjero, ya que extranjeros fuisteis en el país de Egipto». Nada más razonable, ciertamente, nada más adecuado al hombre que seguir esta regla de oro establecida por la Ley de Dios, que no son preceptos externos, sino que está inscrita a fuego en el corazón de todo ser humano, no en vano creado a imagen y semejanza del mismo Dios.
Abrazar a todos los hombres como a hermanos -¡y no puede hacerse de veras con los cercanos, mientras se rechaza a los de lejos!- sólo es posible desde la experiencia de hijos de un mismo Padre, en la que aparece dónde está la auténtica riqueza del hombre, que es absolutamente indivisible. El abrazo a todos los hombres es imposible sin abrazar a todo el hombre . Con referencia a los trabajadores procedentes de la inmigración, el Concilio Vaticano II, en su Constitución Gaudium et spes , subraya cómo «se ha de evitar cuidadosamente cualquier discriminación relativa a las condiciones de remuneración o de trabajo», y cómo «todos, especialmente los poderes públicos, deben considerarlos no simplemente como meros instrumentos de producción, sino como personas». La pregunta surge inmediata: ¿y cómo hacerlo en una sociedad donde ya la persona ha quedado reducida a instrumento, donde, en lugar de reconocerse el valor infinito y el destino eterno de todo ser humano, sólo se busca producir para consumir? El hecho tan vivo y presente de la inmigración, y muy particularmente en España, es, sin duda, una magnífica ocasión para recuperar la mirada sobre nosotros mismos. La caridad que, a gritos, nos reclaman los inmigrantes está exigiendo antes aún la que hemos de reclamarnos a nosotros mismos. Porque la cuestión, para la Iglesia, y desde ella para la sociedad entera, no es otra que recuperar la caridad.
En su encíclica Dios es amor , Benedicto XVI pone bien en evidencia que, «para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia». Tan es así, que la atención a los inmigrantes, que «practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a la esencia de la Iglesia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio». Bueno es recordarlo ante la Jornada del DOMUND que vamos a celebrar el próximo domingo. La Misión es el abrazo más genuino a todos los hombres, porque, justamente, abraza a todo el hombre. Lo dice bien claro Benedicto XVI en su encíclica: «Toda la actividad de la Iglesia -y la Iglesia es fermento de la Humanidad entera, no lo olvidemos- es una expresión de un amor que busca el bien integral del ser humano». La Iglesia sabe bien que es atención real a la totalidad indivisible de sus personas lo que necesitan los inmigrantes, y no simples papeles -por necesarios que éstos sean, sin duda- para ser más eficaces instrumentos de producción . Ya vemos a dónde está conduciendo, en España y en toda Europa, la dinámica producción-consumo, con inmigrantes y sin inmigrantes. Nada nos es más indispensable a todos, inmigrantes y no inmigrantes, que esa hospitalidad a Aquel de Quien podamos escuchar: «...y me acogisteis», porque lo que está en juego es nuestra misma vida.