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Alfa & Omega, 05/05/10 - Los datos hablan por sí solos: 4.166.613 personas están en situación de desempleo, según datos registrados en marzo de 2010; el 40% de los jóvenes no encuentra empleo y las personas inmigrantes siguen ocupando los puestos de trabajo peor remunerados. Por esta razón, la HOAC recuerda que «el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad», tal y como señala Benedicto XVI en su encíclica Caritas in veritate. Por tanto, afirman que es preciso «ampliar la protección social de las personas, sobre todo de aquellas que tienen menos recursos, así como replantear cómo compartir el trabajo de que disponemos». Y se preguntan: «¿Cómo se puede alargar el período de vida activa de una persona hasta los 67 años, si hay jóvenes de 20, 30 y 40 años que no pueden acceder al mercado de trabajo?»
Los trabajadores inmigrantes
Uno de los grupos de personas que más está sufriendo las consecuencias de la pérdida del trabajo y de la dignidad como trabajadores, es el de los inmigrantes. Señala la HOAC que «debemos reflexionar seriamente sobre la necesidad de crecer en prácticas de solidaridad en nuestra sociedad, cuestionando las actitudes personales y las disposiciones legales cada vez más restrictivas y excluyentes respecto a la acogida de nuestros hermanos y hermanas inmigrantes». Ellos no son mercancía laboral, sino que tienen derecho a un trabajo digno y seguro. Para los cristianos, son hermanos, los preferidos, porque son los más pobres.
Aun con las condiciones tan duras que soportan, con el agravante de que su familia está lejos, muchos inmigrantes que viven en España dan gracias a Dios por regalarles un trabajo, aunque sea de vez en cuando. Es el caso de los guatemaltecos Blanca y Carlos, que decidieron venir cuando el banco en el que trabajaba Carlos cerró, y pasó más de tres años sin encontrar empleo. Aquí, salen adelante como pueden: «Blanca cuida a personas mayores, y yo trabajo en jardines, mantenimiento de piscinas y pintando», explica Carlos. «Pero siempre hemos encontrado la bendición de Dios al conocer personas que nos han ayudado para poder dar a nuestros tres hijos una vida mejor», dice agradecido. Sus hijos viven en Guatemala. Están lejos de sus padres, pero «unidos con el amor que Dios nos da día a día».
En un almacén de naranjas
No son los únicos que sufren las consecuencias del actual sistema de trabajo. Desde el Sector de la Familia Obrera y Educación, de la diócesis de Segorbe-Castellón, denuncian las situaciones laborales que más afectan a la familias y dificultan que puedan llevar a cabo su tarea humanizadora. La realidad más significativa es la de aquellas personas que trabajan en los almacenes de cítricos, en la construcción y en las fábricas de azulejos.
Ha sido un almacén de naranjas el elegido por la diócesis para realizar una reflexión más profunda y mostrar la
realidad: en el almacén trabajan casi exclusivamente mujeres, durante períodos de 4 a 6 meses. Normalmente, trabajan jornadas de 8 horas, pero, en el tiempo fuerte de campaña, pueden alargarse a 12 ó 15 horas, sin ningún día de descanso. El salario tampoco compensa mucho; cobran entre 600 y 800 euros, en condiciones penosas -intenso frío durante los meses de invierno en naves abiertas, se trabaja de pie, con mucho ruido...-
Las mujeres que trabajan en el almacén de naranjas viven con gran sufrimiento, ya que tienen que desatender totalmente a su familia durante varios meses. Los hijos, los que más sufren este abandono: pasan muchas horas en la calle, delante de la televisión o jugando a la videoconsola. También se resiente la relación de pareja, hay sufrimiento físico, e incluso se pierde el contacto con las personas cercanas.
Que todas las personas puedan aspirar a una vida digna, con un trabajo decente y el acceso a los recursos y servicios sociales fundamentales, es la reflexión ante el Día Internacional de los Trabajadores. Así, la HOAC recuerda que el eje de la próxima reforma laboral, «por encima de criterios económicos, debe ser la salvaguarda de los derechos de las personas trabajadoras y de sus familias».
Cristina Sánchez