lfa & Omega, 04/07/06 - ¿Cómo es que nos devuelve 400.000 pesetas?» –«Es el sobrante del millón que nos asignaron para el proyecto de construcción de pozos de agua, que pudimos ahorrar gracias a la colaboración de los propios africanos, y seguro que a otros proyectos les han faltado medios». Así respondía, hace algunos años, a Manos Unidas, en el primer viaje que tuvo que hacer a Madrid, la religiosa responsable de la misión que, en la región de los Grandes Lagos, había recibido el presupuesto estimado para el citado proyecto. Pocos hechos como éste ponen tan en evidencia la indisoluble unidad de justicia y caridad, que no sabe reconocer una cultura que, dando la espalda a Dios, termina destruyendo al hombre.
Bien claro lo ha dicho el Papa Benedicto XVI en su encíclica Dios es amor: «El amor siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre». La inmensa injusticia que sufre el continente africano no tiene, en definitiva, otra explicación que la falta de amor, es decir, la falta de cristianismo.
Se habla constantemente de las raíces cristianas de Europa, pero no son distintas a las de Asia, donde nació el cristianismo, o a las de África, donde se expandió rápidamente, desde los comienzos apostólicos, como una gozosa corriente de aire fresco, por todo el norte del continente. Lo recuerda la Exhortación apostólica de Juan Pablo II Iglesia en África, de 1995, que continúa señalando el único camino de un futuro digno del hombre: «Del mismo modo, hoy la Iglesia en África, llena de alegría y gratitud por la fe recibida, debe proseguir su misión evangelizadora, para atraer los pueblos del continente al Señor, enseñándoles a observar cuanto Él ha mandado». Y recuerda, asimismo, tanto la tarea evangelizadora de los siglos XV y XVI, que fecundó las regiones del continente situadas al sur del Sahara, como la del extraordinario esfuerzo misionero iniciado en el siglo XIX.
Por eso Juan Pablo II no duda en poner ante los africanos este formidable desafío, proclamado durante la celebración de la Eucaristía en Malawi, en 1989: «Mucha gente en África mira más allá de África, hacia la llamada libertad del estilo moderno de vida. Hoy os urjo a que miréis dentro de vosotros mismos. Mirad a las riquezas de vuestras tradiciones, mirad a la fe que estamos celebrando en esta asamblea. Aquí –concluye el Papa– encontraréis la libertad genuina, encontraréis aquí a Cristo que os guiará hacia la verdad».
No podemos ignorar, desde luego, la terrible opresión que sufren tantas naciones africanas, expoliadas por la cruel injusticia de un primer mundo que sirve antes al dinero que al hombre, y no menos por la de sus regímenes autoritarios y opresivos, tan a menudo causantes de conflictos armados, «que llevan consigo –en palabras de la Exhortación apostólica del Sínodo africano– graves consecuencias, como carestías, epidemias y destrucciones, por no hablar de los exterminios, del escándalo y de la tragedia de los refugiados». Como tampoco puede ignorarse «el trágico flagelo del sida, que siembra dolor y muerte en numerosas zonas de África», como si todavía fuera poco el inacabable flagelo de su hambruna espantosa. ¿Y quién lo ignora, sino precisamente aquellos que ignoran a Dios, poniendo así las bases de todos los males e injusticias? El desafío de mirar a las raíces cristianas sigue ahí, retador, para los propios africanos, y para el Occidente que parece avergonzarse de sus raíces. Hoy, todo este sufrimiento se hace más que patente en el inhumano fenómeno de una inmigración africana a Europa que a todos pone en tela de juicio.
No es el mal el que está en África, y el bien en Europa. Cristo, Fuente de todo bien, lo es todo en todos, en expresión de san Pablo. No está menos en África que en Europa. Basta, como hace la religiosa de la región de los Grandes Lagos, no separar lo que es una sola cosa. Ser africana con los africanos, no sólo les ha dado la alegría de vivir en su propia tierra, ¡les ha permitido abrazar al mundo! La mirada no está para extraviarla, sino para dirigirla a la verdad y al bien, que son una sola cosa, como la justicia y el amor, y que está dentro de nosotros mismos.
África necesita infinidad de cosas, pero de nada le sirven, como a los demás continentes, incluidos los países más ricos de la tierra, si le falta el corazón. «Sólo una cosa es necesaria», le dijo Jesús a Marta de Betania. Y por si hubiera alguna duda a la hora de reconocer a Cristo todo en todos, valorando la rica tradición de los pueblos africanos, el Papa Juan Pablo II la disipó inmediatamente, en su visita a Kenia en 1980: «No se trata de adulterar la Palabra de Dios, o de vaciar de su poder a la Cruz, sino más bien de llevar a Cristo al centro mismo de la vida africana y de elevar toda la vida africana a Cristo. De este modo, no sólo el cristianismo será relevante para África, sino que el mismo Cristo será africano en los miembros de su Cuerpo».