lfa & Omega, 17/10/04- Ante la sorprendente urgencia del Gobierno en querer legalizar el llamado matrimonio de homosexuales, conviene reflexionar con detenimiento en múltiples aspectos que ayuden a formarse un juicio razonable y objetivo sobre esta trascendente decisión, y que se vea claramente que sería muy perjudicial para la familia y para la sociedad. Conviene hacerlo desde la observación de la realidad y el sentido común, que son patrimonio de toda persona, creyente o no. No se trata de un asunto confesional, sino previo, más básico y elemental, de configuración de la familia y de la sociedad. Escribe el doctor Moya, sacerdote y médico especialista, autor de muchos estudios sobre el tema.
La persona homosexual, como toda persona humana, es digna de respeto y consideración. Todo lo que aquí se diga deja siempre a salvo a la persona en cuanto tal. Las reflexiones que siguen se refieren a la homosexualidad como acto libremente querido.
- Una persona homosexual es la que se comporta con una psicología, una afectividad, una inclinación del instinto sexual que no corresponde a su sexo masculino (o femenino, más raramente). Esa disociación, si se mantiene de modo deliberado, necesariamente altera al que la padece en su normal desarrollo como persona. No podemos comportarnos conscientemente de modo contrario a lo que realmente somos, sin sufrir consecuencias psicológicas (además de morales) importantes.
- ¿Qué es lo que debe prevalecer: la genética o la psicología? Parece claro que lo que debe orientar todo el proceso de madurez ha de ser lo que nos viene dado: es decir, el sexo con el que hemos nacido y todo el conjunto de rasgos ?anatómicos, genitales y psicológicos? que constituyen la masculinidad o la feminidad.
- Al margen de teorías no probadas que pretenden justificar que se nace homosexual, muchos médicos competentes (endocrinólogos, psicólogos, psiquiatras, etc.) están conformes en que, en la tendencia homosexual, puede haber en algunos casos un componente orgánico ?algunos casos raros de feminización testicular, o alteraciones fenotípicas en los genitales externos?, pero en la gran mayoría está bastante claro que la causa principal es de tipo extrínseco: en la mayor parte de los casos puede decirse que el homosexual se hace, por la educación recibida, los hábitos contraídos, unas determinadas relaciones paterno-filiales, etc. Cuando el que tiene esa tendencia desea evitarla y pone los medios adecuados ?médicos, psicológicos, espirituales si es creyente, etc.?, puede restablecer más fácilmente la normalidad adecuada a su naturaleza masculina o femenina.
- No es cierto que la orientación sexual sea una cuestión meramente cultural, independientemente del género masculino o femenino que se tenga. Siempre ha habido homosexualidad, pero en todas las culturas se ha considerado una inclinación contraria a la normal de cada sexo.
- El empeño de algunas personas o grupos en considerar la homosexualidad como una opción más es patente desde hace años. De hecho, han conseguido que la Asociación Americana de Psiquiatría y la Organización Mundial de la Salud dejen de considerar a la homosexualidad como una enfermedad. Clasificaciones aparte, la misma OMS reconoce que estos comportamientos suelen generar numerosas consultas a psicólogos y psiquiatras, e incrementan el riesgo de determinados trastornos mentales
(véase Rothblum, D.E., en J. Consult. Clin. Psicol.; 1994). Hay indicios de que los homosexuales presentan más problemas de soledad, baja autoestima, depresiones e incluso ideas de suicidio (véase Barcia, D. y Nieto J., en Cuadernos de Bioética, 34; 1998).
Algunos autores, como Van der Aardweg, sostienen que no pocas veces la homosexualidad es una neurosis sexual (véase Cuadernos de Bioética, 32; 1997). La conducta homosexual introduce a la persona en una vivencia que la aísla de los demás, tiende a autocompadecerse, y en esa autocompasión surge, como una tentación más, la necesidad de autojustificarse (de ahí las manifestaciones llamativas de orgullo gay).
- También interesa distinguir entre tendencia homosexual y actos homosexuales. La mera tendencia es más fácilmente corregible y, al no ser aceptada por el propio sujeto, no conlleva culpa moral. Los actos homosexuales, libremente queridos, sí.
Es oportuno no olvidar que, afortunadamente, es más el ruido que las nueces, pues algunas estadísticas fiables indican que la homosexualidad exclusiva no supera el 4% en los varones y el 1% en las mujeres (véase Dr. J. Schlatter, Psicopatología de la sexualidad, 2002). El que aparezcan agrupados en determinados ambientes o barrios, la información en algunos medios de comunicación, las manifestaciones aparatosas, etc. podrían hacer pensar que se trata de una proporción mayor.
- En cuanto al posible matrimonio de homosexuales, ni históricamente, ni cultural o ideológicamente, ni biológicamente, ni moralmente se ha considerado nunca matrimonio la unión homosexual. La palabra matrimonio deriva del latín matris munium (oficio de la madre), del que el primero y esencial es la capacidad de engendrar. Aquí nunca podrá llegar un varón.
- El matrimonio homosexual, lejos de ayudar al restablecimiento de la sintonía entre el soma y la psique, ahondará más en su separación y aumentará la quiebra interior. Además del agravio comparativo que se produciría al equipararlo al matrimonio verdadero, al de toda la vida, ¿sería realmente un paso adelante en las conquistas sociales, o un brutal retroceso a la época de Sodoma y Gomorra? ¿Verdaderamente interesa una sociedad que se inspire en esos modelos?
- Como no se puede ir contra la Historia, contra la evidencia y contra lo que siempre una inmensa mayoría han considerado contrario a lo natural, aunque se llegara a aprobar el llamado matrimonio homosexual, la sociedad en su conjunto no lo considerará así, ni lo aceptará como tal. Atribuir torpe y abusivamente un nombre a una realidad distinta a la que ese nombre indica jamás podrá cambiar la naturaleza propia de cada cosa.
- Si se ve conveniente conceder ciertos derechos a una unión estable entre personas del mismo sexo, pueden encontrarse fórmulas, pero sin equiparar esa unión al matrimonio, puesto que, por definición, no lo es. Se atribuye a El Gallo aquella sentencia de lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. Y esto, en el caso que nos ocupa, siempre será así, aunque los hombres a veces nos empeñemos en lo contrario.
Juan Moya