lfa & Omega , 14/05/05 - Querido amigo: me escribes para decirme que no acabas de salir del estado de «shock emocional y eclesial» que te ha producido la elección del cardenal Joseph Ratzinger como nuevo Papa y que te encuentras desorientado.
Sé que eres una persona de fe y que el ejercicio interior de aceptación de la voluntad de Dios, y del progreso de la Historia que supone esta elección, te está costando más de una grieta interior y de un silencio exterior. Confiesas que «es más de lo mismo». Esperabas un cambio de rumbo, un golpe de timón, que fuera verdad lo que no hace mucho me decías, en las vísperas de mi marcha a Roma: «La Iglesia camina en la historia en forma de zig-zag, como si respondiera a la ley del péndulo».
Sabes que, entonces, te contesté glosando aquello que escribió don Pedro Calderón de la Barca: «Hay que dejar a Dios ser Dios, y al Papa ser Papa».
Te añado: «Y a la Iglesia ser Iglesia». Ahora, cuando han pasado unos días desde aquellos acontecimientos, vuelves a insistir, para «despertar mi conciencia», y me escribes una retahíla de retos a los que la Iglesia se tiene que enfrentar en el siglo que ha comenzado: el de la cultura de la modernidad, que nos exige repensar las categorías con las que comprendemos y proponemos la fe; el de las provocaciones de la polaridad ideológica, que, cada vez más, agudiza las diferencias entre los unos y los otros; el de la democracia interna en la Iglesia y las formas de participación de los laicos; el del papel de la mujer en la institución eclesial; el de las nuevas maneras de colegialidad entre los obispos... Disculpa que, en esta ocasión, convierta el foro privado de nuestro intercambio epistolar en plaza pública y descargo de conciencia para compartir algunas ideas sobre lo que un cristiano espera del ministerio petrino de Benedicto XVI.
Te diré que muchas de las suposiciones y de los escenarios que señalas me parecen secundarios, sobre todo los referidos a la vida institucional de la Iglesia. No es que la desprecie, ni mucho menos. Cada día que pasa, distingo, por mor de vivencia y supervivencia, entre la vida, la institución y la burocracia institucional.
Creo que la garantía institucional, y los cambios que puedan llegar, sirven para poco si no existen las personas que los sostengan con sus convicciones más íntimas. Si cabe, hoy más que nunca, lo que necesita la Iglesia para responder a las necesidades de nuestro tiempo es santidad y no management o gestión de conciencias.
Hemos vivido, en los últimos años, demasiados ejemplos de sustitución: a la conversión, se la ha llamado, por ejemplo, convergencia... Recuerdo que Benedicto XVI escribió: «Estoy convencido de que en el momento en que se verifique un giro espiritual, estos problemas perderán importancia de un modo tan imprevisto como han aparecido. Porque, a fin de cuentas, no son los verdaderos problemas del hombre».
¿Cuáles son los verdaderos problemas? Lo primero que se me ocurre es desear un Papa que nos ayude a fascinarnos por la novedad de la fe; que nos invite a apasionarnos en la verdad; a sorprendernos con la Iglesia; y que sea custodio y garante del futuro de nuestros hijos, de la Humanidad: un Papa centinela de nuestra Historia.
Vivimos en una sociedad que sistemáticamente oculta la realidad. Nuestra tentación del desierto es cerrar los ojos al mundo que nos rodea, quizá porque nuestra fe no puede soportar la luz plena y deslumbradora de los hechos. El sueño de la razón, o los fantasmas del sentimiento y de la emotividad, ha conseguido que nos encerremos en nosotros mismos.
Una fe que se oculta a la realidad, y de la realidad, es una forma de negación de la fe. ¿Nos hemos olvidado, acaso, que la fe es la fuerza que vence al mundo?
Imagino un Papa memoria de nuestra identidad, de lo que somos, conciencia de que la gratuidad necesaria para vivir no es una actitud orientada hacia nosotros mismos, sino hacia quien nos dio lo mejor de sí.
Peggy Nooman, en un artículo publicado en The Wall Street Journal la pasada semana, ha imaginado al nuevo Papa como «un padre espiritual, alguien que señale lo que es difícil pero correcto; lo que es imposible pero verdad.
Las personas no siempre deseamos ser gobernadas por la verdad, pero agradecemos que alguien la sostenga. Deseamos que él la enseñe desde allí, desde el balcón. Y nos gustaría aspirar a ella, alcanzarla y saber que está allí, porque así podremos decir qué es la verdad».
Somos hijos de la modernidad; preferimos, a veces, saber cómo conocemos antes que decidir qué conocemos. Necesitamos, hoy más que nunca, palabras esenciales, que construyan nuestro presente y garanticen nuestro futuro. Necesitamos altura, distancia, claridad y normalidad. Necesitamos el vuelo del águila de la verdad, señorial, majestuoso en el horizonte.
Si algo pido al Señor, para Benedicto XVI y para la Iglesia, es que nos ayude a curar nuestra enfermedad, que según dijera G.K. Chesterton, no es tanto la de admitir la anormalidad, sino la de ser incapaces de recuperar la normalidad.
Querido amigo, recuerdo que quien no tiene miedo a la libertad es porque no teme a la verdad. Las preguntas son nuestras, las respuestas, suyas; bueno, no del todo. Proceden de una Historia, la del encuentro con Cristo y con su Evangelio.
La verdad nunca ha abandonado al hombre; el hombre sí a la verdad. Y cuando el hombre abandona la verdad, se abandona a sí mismo, y a los suyos.
Benedicto XVI sabe muy bien de abandonos. Por eso, cada día extiende sus manos y nos sorprende con la respuesta exacta a nuestra nerviosa pregunta.
Nos sorprende con su mirada.
Espera, amigo mío, no te impacientes. Recuerda, «el mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres».
José Francisco Serrano Oceja