lfa & Omega, 10/09/06 - Niños que no molestan porque están embebidos ante el televisor, las mil variantes de los videojuegos, el inacabable mundo de Internet o la última generación de los mp3; y padres, no menos absortos ante todo tipo de pantallas, que muestran a sus hijos ese falso camino de una soledad asfixiante: he ahí una escena bien elocuente de cómo son nuestras sociedades llamadas avanzadas: avanzadas, sin duda, en las cosas que fabrican, no precisamente en las personas que generan.
Lo definió con precisión el Concilio Vaticano II en su Constitución Gaudium et spes: «Se busca con insistencia un orden temporal más perfecto, sin que avance paralelamente el mejoramiento de los espíritus». La perfección del orden temporal no surge por azar, es obra de espíritus espléndidos, sí, pero al olvidarse de su Hacedor su desorden está servido, como subraya el mismo texto conciliar: «El progreso, altamente beneficioso para el hombre, también encierra, sin embargo, gran tentación, pues los individuos y las colectividades, subvertida la jerarquía de los valores y mezclado el bien con el mal, no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno».
En esta vuelta de las vacaciones veraniegas, Alfa y Omega saluda a sus lectores con afecto y, como siempre, sin dejar de mirar de frente a la realidad, sin miedo y con esperanza, justamente porque nos ha sido dada la luz de la fe. Se acaba de cumplir el setenta aniversario de la primera emisión televisiva, realizada por la inglesa BBC, y el medio siglo de TVE, ocasión oportuna de hacer una elemental reflexión sobre lo que ha significado y está significando ese indudable avance científico y tecnológico que es la televisión. Ha prestado y puede seguir prestando espléndidos servicios a la comunicación entre los hombres, pero olvidada ésta su esencial función, esclaviza hasta un grado realmente inaudito, y en lugar de servir al auténtico progreso humano, puede convertirse –sucede muy a menudo– en un instrumento de retroceso a poco menos que a las cavernas, por mucho que se quiera disimular con los más sofisticados efectos especiales. Un extraordinario medio de comunicación que, progresivamente, se nos está mostrando como un demiurgo de la incomunicación. En la medida en que ha surgido y se desarrolla de la mano de un hombre pretendidamente autosuficiente, lejos de servirle para estrechar los lazos que generan una sociedad de hermanos, no hace sino romperlos, dejándole en la más espantosa soledad.
No podía ser de otro modo si queda hecho añicos ese lazo primero de la fe en el único Dios verdadero que nos hace realmente libres. Hecho dios de sí mismo, en vez de dominar sobre las cosas, el hombre no podía por menos que acabar sometido a ellas. Como en el antiguo Israel, a los Baales y a Moloc, el dios al que se sacrificaba a los recién nacidos, hoy en buena medida es a la tele a la que todos se ofrecen en sacrificio, padres e hijos. Se llama laicismo, y en realidad se trata de la más crasa idolatría, que envenena incluso a cuantos se llaman creyentes, pero han reducido la fe a lo que se da en llamar vida privada.
¿Cómo, si no, en una España de aplastante mayoría católica rebosan de tan viejo paganismo la inmensa mayoría de los medios, sobre todo la televisión? El futuro de una tal sociedad lo deja claro la palabra de Dios ya en el Antiguo Testamento, anunciando la ruina de
Baal y de «los que, adorando al Señor y jurando por Él, juran también por Moloc». Y con renovada claridad nos lo acaba de decir en Valencia el Papa Benedicto XVI: «Prescindir de Dios, actuar como si no existiera o relegar la fe al ámbito meramente privado, socava la verdad del hombre e hipoteca el futuro de la cultura y de la sociedad».
Dice el laicismo, al que tantos que se dicen creyentes hacen el juego: «La fe católica, a la vida privada», ¡y resulta que en la vida pública no deja de imponernos la fe laicista! La fe, desde luego, no es en absoluto irrelevante. El asunto está en a Quién prestarla, si al Dios verdadero que nos hace pueblo suyo, o si al ídolo actual de la tele, en cuyo caso la destrucción de lo humano está asegurada: el hombre queda solo, a merced de los ídolos que tan lúcidamente identificó Eliot con el dinero, la lujuria y el poder, y no puede conocer la libertad y la alegría verdaderas, pues está anclado en la mentira que lleva al mortal nihilismo de la cultura que hoy trata de dominar el mundo. La verdad del hombre está, exactamente, en las antípodas de esta soledad: se llama familia, y permanece como el fermento de la verdadera Humanidad. Hace justamente dos meses, a las familias, venidas de todo el mundo, se dirigía el Papa, en Valencia, «como una comunidad que agradece y da testimonio con júbilo de que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios para amar», constatando con fuerza que «la familia es el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y recibir amor», y por tanto a usar debidamente de las cosas. También de la televisión, que es un medio, no un fin.