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Los que critican a los cristianos por no ser alegres, suelen esgrimir también que la felicidad es imposible viendo cómo sufre el mundo, y al experimentar el sufrimiento en la vida de cada uno. ¿Tienen razón? En Spe salvi, Benedicto XVI reconoce que, «si no podemos esperar más de lo que es efectivamente posible en cada momento y de lo que podemos esperar que las autoridades políticas y económicas nos ofrezcan, nuestra vida se ve abocada muy pronto a quedar sin esperanza». Sin embargo, la alegría de saber que Jesús ha resucitado no sólo nos hace amables: también nos hace activos.
Por eso, el Papa aclara que «la gran esperanza-certeza de que, a pesar de todas las frustraciones, mi vida personal y la Historia en su conjunto están custodiadas por el poder indestructible del Amor», es lo que convierte la alegría cristiana en «esperanza activa, con la cual luchamos para que las cosas no acaben en un final perverso». Será por eso que, en pleno 2011, sigue teniendo validez la exhortación de Juan Pablo II: «¡No apaguéis esta alegría que nace de la fe en Cristo crucificado y resucitado! ¡Testimoniad vuestra alegría!»
Oración del buen humor
Concédeme la salud del cuerpo,
con el buen humor necesario para mantenerla.
Dame, Señor, un alma santa
que sepa aprovechar lo que es bueno y puro,
para que no se asuste ante el pecado,
sino que encuentre el modo
de poner las cosas de nuevo en orden.
Concédeme un alma
que no conozca el aburrimiento,
las murmuraciones,
los suspiros y los lamentos,
y no permitas que sufra excesivamente
por ese ser tan dominante
que se llama Yo.
Dame, Señor, el sentido del humor.
Concédeme la gracia
de comprender las bromas,
para que conozca en la vida
un poco de alegría
y pueda comunicársela a los demás.
Amén.
Santo Tomás Moro