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Alfa & Omega,23/07/09 - Frente a tantas incertidumbres y cansancios, también en el ejercicio del ministerio sacerdotal, es urgente recuperar un juicio claro sobre el primado absoluto de la gracia divina, recordando lo que escribe santo Tomás de Aquino: «El más pequeño don de la gracia supera el bien natural de todo el universo». La misión de cada presbítero dependerá, sobre todo, de la conciencia de la realidad sacramental de su nuevo ser. De la certeza de su propia identidad, no construida artificialmente, sino dada y acogida gratuitamente y divinamente, depende el renovado entusiasmo del sacerdote por su misión.
Habiendo recibido tan extraordinario don con su consagración, los presbíteros se convierten en testigos permanentes de su encuentro con Cristo.
Tras el Concilio Vaticano II, se ha producido la impresión de que, en la misión de los sacerdotes, haya algo más urgente; algunos creían que se debía construir primero una sociedad distinta.
Cuando no se tiene en cuenta el díptico consagración-misión, resulta difícil comprender la identidad del presbítero y de su ministerio. ¿Quién es el presbítero, si no un hombre convertido y renovado por el Espíritu, que vive de la relación personal con Cristo, haciendo constantemente propios los criterios evangélicos? ¿Quién es el presbítero, si no un hombre consciente de sus propios límites y, al mismo tiempo, de la extraordinaria grandeza de la vocación recibida, la de ayudar a extender el reino de Dios?
La oración es el verdadero camino de santificación de los sacerdotes, y el alma de la auténtica pastoral vocacional. La escasez de ordenaciones en algunos países no debe desanimar, sino empujar a multiplicar los espacios de silencio y escucha de la Palabra, a cuidar mejor la dirección espiritual y la confesión, para que la voz de Dios, que sigue llamando, pueda ser escuchada y prontamente seguida por muchos jóvenes. (1-VII-2009)