lfa & Omega, 14/03/06 - «Un viernes que me encontraba en El Cairo, el peluquero en cuyo establecimiento había entrado poco antes de medio día me dijo amablemente: Dentro de unos minutos empezará la oración ritual y suspenderé el trabajo, le aconsejo que vaya al barbero cristiano, que se encuentra a cincuenta metros de aquí.
Su sinceridad y honradez me indujeron a permanecer en su establecimiento y esperar al final de la oración ritual: me había dado un testimonio de verdadero creyente, dispuesto incluso a perder un cliente, con tal de no renunciar a un gesto de fe».
Lo cuenta, en Cien preguntas sobre el Islam (Ediciones Encuentro), el padre jesuita egipcio Khalil Samir, profesor en la Universidad Saint-Joseph, de Beirut, y en el Pontificio Instituto Oriental, de Roma, verdadera autoridad de reconocido prestigio en todo lo que concierne al Islam, mostrando cómo el sentido religioso auténtico, lejos de enfrentar a los hombres y generar violencia, los hermana y es fuente de paz.
El sabio jesuita añade a continuación realistas consideraciones sobre los diversos modos en que una aplicación indebida puede degenerar fácilmente o bien en el fanatismo, o bien en el olvido de las propias responsabilidades respecto a la sociedad.
Esta degeneración se produce, no cuando se da un exceso de religión, como trata de vendernos el laicismo dominante, sino cuando el auténtico sentido religioso que brota de las exigencias originales de verdad, de bien, de justicia…, con que todo ser humano es dado a luz en cualquier lugar o cultura del mundo, es suplantado por las ya nada originales invenciones propias, cuya última medida es uno mismo, atado a sus gustos o a sus intereses, exactamente al no reconocer ese lazo original que lo ata a su Creador y, de este modo, lo hace libre.
Por eso el fanatismo y la violencia social no sólo se dan en el Islam: cada día son más evidentes en esta cultura laicista que, cuanto más liberada y liberadora se cree, más se precipita en la peor de las esclavitudes, sancionando con fecha de caducidad todo lo que toca, aniquilando en el corazón humano toda esperanza de cumplimiento de sus exigencias originales.
Tal cultura laicista, en lugar de frenar al fanatismo que condena en el Islam, en realidad lo está favoreciendo. ¡Y de tal modo, que ya estamos viendo el esperpento de no pocos europeos que parecen preferir tal fanatismo antes que reconocer sus raíces cristianas, aquéllas justamente que ponen en primer plano las exigencias originales, impresas por el Creador, de todo corazón humano!
El padre Samir señala con agudeza que los fundamentalistas islámicos no rechazan la modernidad, como muchos creen erróneamente; más aún –afirma–, «están dispuestos a usar todas las técnicas más modernas para difundir sus ideas», pero lo hacen «como si usaran los frutos de una planta sin comprender cómo se debe sembrar»; se niegan a reconocer un uso de la razón para el análisis de la realidad, que no puede ser deducido del Corán y de la sharia, «y continúan manteniendo sustancialmente la superposición entre religión, sociedad y política», de modo que, «detrás de la palabra modernidad, los radicales leen secularización, ateísmo, inmoralidad, paganismo, Occidente enemigo…» Pero cabe preguntarse: ¿acaso el avanzado Occidente hace un uso adecuado de la razón?; ¿no está igualmente usándola al servicio de intereses políticos y, en definitiva, económicos, tantas veces turbios, y hasta destructivos del ser humano?
¿Quién es, entonces, el razonable y el moderno? Vienen espontáneas las palabras del Papa Juan Pablo II vinculando los términos moderno y cristiano, al despedirse, en su último viaje a España, el 4 de mayo de 2003, en la madrileña plaza de Colón: «Se puede ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo».
Al final, los fundamentalismos islámico y laicista se dan la mano, y sólo se halla la esperanza de libertad y de vida verdadera en el auténtico reconocimiento de Dios, y de las exigencias originales que Él ha marcado a fuego en el corazón de todo ser humano, y que se han hecho carne ante nuestros ojos en el acontecimiento de Jesucristo.
Una Europa que renuncia a éstas sus raíces, enferma de fundamentalismo relativista, poco tiene que hacer frente al fundamentalismo de absolutamente convencidos. Sólo respetando, y alentando, las esenciales exigencias originales del corazón en que se enraíza el auténtico sentido religioso, como el del peluquero de El Cairo, se abre el camino a la esperanza.