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Alfa & Omega, 06/04/08 - Qué bonita la actitud de escucha por parte de Jesús -¿De qué habláis?-, poniéndose a la altura de los caminantes. La conversación toma otro giro, cuando las cosas se enfocan desde Dios y desde sus planes. Todo cambia. El caminante anónimo tuvo el arte de ofrecer otra perspectiva, que fue calentando el corazón de los desanimados. ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? Los mismos hechos, causantes del desánimo, son interpretados desde la perspectiva de Dios a la luz de las Escrituras. El punto clave está en la interpretación del mal, del sufrimiento y de la muerte con la luz de Dios. Sin Dios el hombre no tiene futuro, camina hacia el absurdo. Con Dios, el horizonte del hombre es ilimitado, incluso cuando le toca sufrir o se enfrenta con la muerte. ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Le cuesta mucho trabajo a nuestra mente torpe entender este misterio, incluso después de verlo verificado en Jesucristo. Él ha enfrentado la muerte con esta actitud, la de entrar en la gloria, y nos enseña a nosotros a vivirlo como Él. Pero nuestra mente muchas veces se mantiene obtusa, incapaz de creer lo que anunciaron los profetas y el mismo Jesús ha vivido. Por eso, necesitamos que una y otra vez Jesucristo nos salga al encuentro y con su paciencia nos vaya explicando las Escrituras y parta para nosotros el pan, es decir, nos alimente con su mismo Cuerpo entregado y con su Sangre derramada. Es en la Eucaristía donde nos encontramos con Jesús vivo y glorioso, donde nos reunimos como Iglesia santa en torno a la Palabra y a la presencia eucarística del Señor. Es en la Eucaristía donde, cada domingo, tenemos una cita eclesial con los hermanos, para reforzar nuestra fe por medio del encuentro con el Resucitado. Quédate con nosotros, le dijeron los discípulos de Emaús. Haber experimentado esta presencia, esta compañía, este calor en el corazón es lo que al hombre le da ganas de vivir y de trabajar por la transformación del mundo. Y Él se quedó con ellos todos los días hasta el final de la Historia. +
Habían desaparecido del horizonte todas las esperanzas, y los discípulos de Emaús volvían a su casa con actitud de desánimo y de frustración. Habían vivido momentos inolvidables con el Maestro en Jerusalén, pero todo era como un sueño que remata en pesadilla. Volvían a su pasado sin esperanza, cuando Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos.
Demetrio Fernández obispo de Tarazona