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Alfa & Omega, 25/02/09 - El deseo de conocer un mundo inmenso, del que apenas se conocían confines, fomentó el interés expansivo de la sociedad medieval y alimentó los anhelos y sueños de las almas viajeras. También movió a los viajeros medievales un interés material, interesados claramente por la apertura de nuevas rutas de comercio.
Y, por supuesto, hubo poderosas motivaciones religiosas, que animaron a asumir grandes peligros en los caminos.
Jerusalén, Roma y Santiago de Compostela fueron -son todavía hoy- las grandes referencias para la peregrinación. Lo extraordinario es que, en el cristianismo, la peregrinación nunca fue una exigencia para el creyente. Pese a ello, siendo una práctica devocional libre, las Escrituras nos presentan al ser humano como homo viator, y la vida, como un camino hacia Dios.
Ésta debía ser la idea que movía a Godric de Finchale, un viajero nacido en Norfolk (Inglaterra), en la última mitad del siglo XII, y que constituye hoy un ejemplo del ideal cristiano del hombre o, mejor, del paso del hombre por la tierra. Desde muy joven, peregrinó por Escocia, Flandes, Dinamarca, Santiago de Compostela, Roma, Jerusalén..., y terminó sus días como ermitaño, cerca de la ciudad inglesa de Durham.
Las razones de los peregrinos eran muchas, tantas como peregrinos y caminos hay, pero lo cierto es que, durante los siglos medievales, los caminos se llenaron de peregrinos. Todos buscaban un lugar adonde ir, adonde encaminar sus pasos, todos intentaron dar un sentido a la vida, por lo menos la religiosa, y todos desearon comprender.
El viajar de aquel entonces tenía un sentido trascendente, y también de aventura, que se anteponía, a veces, incluso al propio destino del viaje. Viajar era mucho más que trasladarse de un lugar a otro; era vaciar el fardo de lo que sobraba para abrir los ojos y llenarse de nuevas vivencias, reservadas sólo a los verdaderos viajeros: los que viajaban por el exterior y por el interior de sí mismos.
Fue san Francisco de Asís quien dijo que, sobre el polvo de los caminos, encontraríamos la libertad, y también afirmó aquello de que la terrible audacia, ese lanzarse a lo desconocido, ese arriesgarse día a día, sólo lo pueden hacer aquellas personas dotadas de una fe simple y total. Entonces comenzaron a caminar.
Rosa Puga Davila
La roca de Moisés
El Itinerario de Egeria es un diario de viaje a Tierra Santa que, con las Constituciones Apostólicas, se considera uno de los documentos más sobresalientes del siglo IV, por su contenido litúrgico (en él se relata la liturgia de Jerusalén bajo el pontificado de Cirilo). Pudo encontrarse con Casiano el mes de enero del año 382, en el monasterio de los Pastores, en las cercanías de Belén. Este es un fragmento de la crónica del viaje:
«Cuando íbamos caminando, nos avisó un presbítero del lugar y nos dijo: Si queréis ver el agua que sale de la roca, es decir, la que les dio Moisés a los hijos de Israel sedientos, podéis verla, si os imponéis el trabajo de apartaros del camino aproximadamente seis millas. Cuando nos dijo esto, nosotros deseamos ardientemente ir, e inmediatamente, desviándonos del camino, seguimos al presbítero. Allí en medio, entre la iglesia y la ermita, mana de la roca agua abundante, muy clara y cristalina, de delicioso sabor (...) Y dando gracias renovadas a Dios que, sin merecerlo, se dignaba mostrarnos todo lo que deseábamos ver, nos dispusimos a retomar nuestro camino como cada día».