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Alfa Y Omega - Cincuenta años después de la convocación del Concilio Vaticano II, la barca de Pedro es zarandeada por dos interpretaciones extremistas y contrapuestas de aquella cumbre ecuménica que cambió la historia de la Humanidad: los que niegan su validez (conocidos como tradicionalistas) y los que lo interpretan como una ruptura con la Tradición. Ahora, tras las borrascas de las décadas pasadas, Benedicto XVI presenta el Concilio como la brújula de la Iglesia para este inicio de milenio.
¿En qué punto se encuentra la Iglesia? Esta pregunta, que mucha gente se hace tras leer todo tipo de noticias en medios de comunicación, la planteó, el pasado 26 de mayo, el mismo Benedicto XVI, en una ocasión particularmente solemne: la inauguración del congreso de la diócesis de Roma, su diócesis, el acontecimiento anual más importante para el territorio de la sede de Pedro.
El Papa planteaba este interrogante como colofón a las celebraciones que, en los meses pasados, han tenido lugar en Roma y en todo el mundo, en recuerdo del anuncio de Juan XXIII, un 25 de enero de hace cincuenta años, en la basílica de San Pablo Extramuros de Roma, de que iba a convocar a todos los obispos del mundo en un Concilio Ecuménico, el Vaticano II. Las divisiones que la Iglesia ha vivido en estas décadas, particularmente agudas en los años setenta y ochenta, pero todavía hoy no superadas -explicó el Santo Padre-, se deben precisamente a las dificultades que se han experimentado en la recepción de la doctrina del Concilio.
En resumidas cuentas, la Iglesia todavía hoy sufre la tensión entre quienes niegan el valor y la doctrina de los documentos conciliares, como es el caso de grupos llamados tradicionalistas, y quienes ven en el Concilio el nacimiento de una nueva Iglesia, que rompe con el pasado, abandona su Tradición e incluso se contrapone a ésta. Es el modelo de una malentendida Iglesia democratizada.
Una Iglesia erróneamente democratizada :
Como el mismo obispo de Roma explicó en el congreso de su diócesis, una corriente de interpretación sumamente extendida, inspirándose en un pretendido espíritu del Concilio, ha «pretendido establecer una discontinuidad e incluso una contraposición entre la Iglesia de antes y la Iglesia posterior al Concilio, superando en ocasiones los mismos confines objetivamente existentes entre el ministerio jerárquico -obispos y sacerdotes- y las responsabilidades de los laicos en la Iglesia». En particular, explicó el Papa, «la noción de pueblo de Dios fue interpretada por algunos según una visión meramente sociológica, con un corte casi exclusivamente horizontal, que excluía la referencia vertical a Dios». Esta posición -añadió- está «en abierto contraste con la palabra y con el espíritu del Concilio, que no quiso la ruptura, otra Iglesia, sino una verdadera y profunda renovación, en continuidad con el único sujeto Iglesia, que crece en el tiempo y se desarrolla, permaneciendo sin embargo el único e idéntico sujeto del pueblo de Dios en peregrinación».
La gran expansión de esta interpretación del Concilio Vaticano II durante décadas pasadas se debe a que, hasta hace tan sólo unos años, el análisis histórico de aquel acontecimiento había sido monopolizado por la escuela de Bolonia. Según este grupo de investigación, surgido en esa ciudad italiana, dirigido durante muchos años por el historiador Giuseppe Alberigo (fallecido el 15 de junio de 2007), el Concilio no debe ser interpretado ni aplicado según lo que dicen sus documentos, sino más bien según su espíritu, en el que entran crónicas periodísticas, notas personales de algunos de sus participantes, etc. De este modo, habría dos Concilios en oposición.
La síntesis de esta visión se recoge en los cinco volúmenes de Historia del Concilio Vaticano II, dirigidos por Alberigo y Alberto Melloni, publicados en seis idiomas entre 1995 y 2001, editados en español por Ediciones Sígueme. Esta perspectiva ha perdido terreno en los últimos años, no sólo por haberse puesto en abierta oposición al magisterio de la Iglesia en cuestiones teológicas de fondo, sino también por el hecho de que en los últimos tiempos ha comenzado a escribirse una historia y una interpretación alternativa del Concilio en armonía con sus documentos.
Esta labor ha sido promovida por uno de los mayores expertos actualmente en vida sobre el Concilio, el arzobispo italiano Agostino Marchetto, quien es además Secretario del Consejo Pontificio para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes. Pero no hubiera logrado toda su amplitud sin el trabajo del Centro de Estudios e Investigación sobre el Concilio Vaticano II, surgido en 1998 en la Universidad Pontificia Lateranense de Roma, presidido por el historiador suizo Philippe Chenaux.
Monseñor Marchetto ha explicado a Alfa y Omega que el problema de fondo está en realizar «una interpretación fundamentada y respetuosa» de lo que fue el Concilio, basada ante todo en las actas oficiales recogidas en «62 gruesos volúmenes». La historiografía que se había realizado hasta hace pocos años, en particular en la escuela de Bolonia -explica el obispo-, se basaba en una tendencia ideológica, que valora «sólo aspectos innovadores, la discontinuidad respecto a la Tradición», como si con el Concilio hubiera nacido «una nueva Iglesia» y se hubiera dado el paso «a otro catolicismo».
En particular -explica monseñor Marchetto-, el grupo de Bolonia ha logrado, «con gran riqueza de medios,
creatividad de operaciones y grandes amistades, monopolizar e imponer» una imagen del Concilio «distorsionada y contradictoria». Según estos estudiosos, de aquel evento tenía que haber nacido una Iglesia democratizada, que debería abandonar «la referencia a las instituciones eclesiásticas, a su autoridad, a su eficacia como centro y metro de la fe». De este modo, el Concilio habría dado a luz un nuevo tipo de fe católica, que ya no está ligada «a la doctrina, sobre todo a una formulación doctrinal». Y así, la visión de dos mil años de la Iglesia y en particular el papel de sus pastores es relativizado.
Monseñor Marchetto explica que la exposición más radical de esta visión, pero quizá la más divulgada por los medios de comunicación, es la del teólogo suizo Hans Küng, quien en coherencia con este método, por ejemplo, en su libro Ser cristiano, asegura que Jesús es un ser humano excepcional, pero no lo iguala a Dios.
El cardenal Camillo Ruini, obispo Vicario emérito del Papa para la diócesis de Roma, quien personalmente se ha dedicado con pasión a analizar este tema, afirma ahora: «La interpretación del Concilio como ruptura y nuevo inicio está llegando a su fin. Es una interpretación hoy sumamente débil, sin fundamento real en el cuerpo de la Iglesia».
El rechazo lefebvriano del Concilio :
La visión de una Iglesia democratizada, que deja a un lado tanto su Magisterio como sus pastores, no es el único vendaval que ha azotado a la aplicación del Concilio en estas décadas. Una corriente de oposición al Concilio se fue conformando poco a poco hasta provocar un cisma, cuyas consecuencias han sido experimentadas por la opinión pública en estos últimos meses. Esta corriente tiene su símbolo en el arzobispo francés Marcel Lefebvre, fallecido en 1991, excomulgado por ordenar en 1988 a cuatro obispos sin permiso de la Santa Sede, y que no sólo participó en el Concilio, sino que formó parte incluso de la Comisión Central Preparatoria, por decisión de Juan XXIII.
El prelado, como se ha podido saber por los documentos del Archivo Secreto del Vaticano, firmó todos y cada uno de los documentos del Concilio. Pero ante supuestos excesos y contradicciones en la aplicación del Concilio, el arzobispo cambió de posición sobre estos escritos y, en 1971, fundó la Fraternidad Sacerdotal San Pío X que, al igual que su fundador, rechaza pública y oficialmente el contenido de importantes documentos conciliares, en especial en lo que se refiere a la liturgia, el ecumenismo, la libertad religiosa y la colegialidad episcopal.
Por ejemplo, monseñor Alfonso de Galarreta, uno de los obispos ordenados por monseñor Lefebvre, cuya excomunión fue levantada por Benedicto XVI en enero, nacido en España pero que ha vivido buena parte de su vida en Argentina, ha confirmado en una reciente entrevista esta oposición al Concilio. El prelado explica que la Fraternidad se opone a «las novedades inspiradas de los principios liberales, neomodernistas, como por ejemplo la libertad religiosa, la libertad de conciencia, el ecumenismo», o a «la visión de la Iglesia comunión, Iglesia pueblo de Dios», así como a la concepción de «la colegialidad, que limita la autoridad del Papa y la de los obispos».
El hecho de que el Papa levantara la excomunión a estos obispos no significa que forman parte plenamente, de nuevo, de la Iglesia católica. El mismo Benedicto XVI lo dijo con total claridad, el 28 de enero, con estas palabras: «He cumplido este acto de misericordia paterna, porque repetidamente estos prelados me han manifestado su vivo sufrimiento por la situación en la que se encontraban. Auguro que a este gesto mío siga el solícito empeño por su parte de llevar a cabo ulteriores pasos necesarios para llegar a la plena comunión con la Iglesia, dando testimonio así de fidelidad verdadera y verdadero reconocimiento del magisterio y de la autoridad del Papa y del Concilio Vaticano II».
En definitiva, no es posible estar en plena comunión con la Iglesia católica sin el reconocimiento del Concilio Vaticano II.