!--ned//-->
Alfa & Omega, 29/09/08 - El uno de septiembre fue el día que nos dieron la horrible noticia: ya no se podía hacer nada por mamá, sólo quedaba la esperanza. Esperar que hubiera un milagro. Se me cayó el mundo encima. Pensé: ¿Cómo es posible? ¿Otra vez? ¡Pero si sólo ha pasado un año y tres meses desde la muerte de papá! ¡Me voy a quedar sola!
Poco a poco, empecé a tranquilizarme y pensé que todo iba salir bien. Creí en el milagro. Mi madre estaba convencida, mis tíos, tías, todo el mundo rezaba por ella, hasta fuera de España. Además se lo merecía, era la persona perfecta y el momento perfecto para el milagro.
Confié en que estaba todo preparado para que pasara; que el hecho de que ya no se podía hacer nada, era a propósito, porque el único que podía hacer algo era Él. De hecho, casi todo el mundo lo pensaba. Varias veces abría la Biblia y otros libros, y casualmente salían textos de curaciones y de temas que tenían que ver con los milagros. ¡Eran como señales! Esto también le pasaba a más gente… Por eso estaba más o menos tranquila.
Todo me empezaba a cuadrar. Lo de mi padre fue horrible, pero fue para que me diera cuenta de que Dios estaba ahí, a través de la fe de mi madre. Que mi madre estaba sufriendo tanto para que, esta vez, la cuidara mejor que a mi padre y que superara mis flaquezas y debilidades. Sobre todo la de ayudar más a mamá, estando más tiempo a su lado, superando y soportando verla sufrir. Y que, una vez superado esto, iba a haber un milagro y ése iba a ser el momento en que aumentara mi fe. Esa fe que llevo pidiendo que aumente desde hace años.
¿Dónde está el milagro?
Pero antesdeayer murió. Se rompieron todos mis esquemas. ¿Dónde está el milagro que tanto esperábamos? Ese milagro que iba a hacer que mucha gente creyera, que iba a aumentar la fe de todos, a darnos esperanzas… Ha sido una gran desilusión.
Ahora me pongo a pensar en estos diez días. Diez días de sufrimiento. Cada mañana pensando qué es lo que iba a pasar. Y cada día que pasaba mi madre empeoraba. Ha sido como un reto. Un reto por ayudar a mi madre en un estado horrible, en ayudarla a que sufriera menos. Sobre todo, el reto de aceptar que, poco a poco, se la estaba llevando.
Todo esto lo digo siendo egoísta y pensando en mí. Pero si me pongo a pensar en mi madre, sólo puedo decir: ¡qué maravilla! ¿Cómo es posible que haya sido tan afortunada de tener esta madre, una madre a la que todo el mundo quería? Que ha sufrido más que nadie, pero lo ha demostrado menos que nadie. Siempre sonriendo, hasta que su estado se lo permitía; hasta entonces, tranquilizando a los que nos rodean. Sin ir más lejos, a Leticia y a mí. Uno de los últimos días, cuando no podía ni hablar y estaba hecha polvo, hizo un esfuerzo, nos miró, y lo único que dijo fue: «Rezad sin parar. No tengáis miedo, esto es coser y cantar». Lo primero que pensé fue: Sí, hombre, ¿cómo no voy a tener miedo?
Los días seguían pasando, y cada vez se ponía la cosa peor. Buscaba la actuación de Dios, de la que todo el mundo me hablaba, y la encontré. Actuaba a través de todas las personas que han estado, todo el rato, a nuestro lado, apoyándonos y animándonos; eran pequeñas formas de decir: ¡Estoy aquí, estás acompañada y no te vas a quedar sola!
Pero una de las cosas que más me ayudó, en un momento de bajón, fue una persona que, hablando de mi situación, me puso un perfecto ejemplo: Dios es como un escultor. Tiene que dar golpes a la piedra para conseguir una obra de arte. Este ejemplo me encantó; pero yo dije: pues a mí me está dando demasiados golpes y va a romper la piedra. Entonces contestó: No te vas a romper, porque el escultor es un artista y conoce el material que tiene entre manos, y se sirve de ayudantes cuando estima oportuno y quiere demasiado a su obra de arte.
Ahora, después de todo lo que ha pasado, me quedo con un vacío enorme. Pero con la certeza de saber que Dios está entre nosotros, porque lo he visto a través de mi madre perfectamente. Y probablemente de esta forma (aunque no haya sido muy agradable) será como aumente mi fe, y espero que la de mucha gente. En mi caso, poco a poco y con dificultades, porque son momentos muy difíciles, pero con confianza y esperanza. Confiando en Él, e intentando seguir el camino que me vaya marcando.
Por último, doy gracias, millones de gracias por mamá. Por cómo ha sido: un auténtico ejemplo de fe. Espero que no sólo yo, sino todo el mundo, sea testigo y siga su ejemplo.
Flavia Silva Allende