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«Nuestra labor está sostenida por la firme creencia en Dios, que es Amor, incluso tras haber sido duramente golpeados por esta catástrofe». Así se expresaba el obispo de Sendai -la zona más afectada-, monseñor Tetsuo Hiraga. El obispo ha abierto un centro en la catedral, para alojar a los supervivientes y coordinar la ayuda humanitaria. Con ello se trata también de mostrar que el caos y la destrucción no tienen la última palabra. El arzobispo de Tokio, monseñor Takeo Okada, ha pedido igualmente ese tipo de gestos, y anima a las familias e instituciones católicas a ofrecer alojamiento y ayuda especialmente a los inmigrantes, los más vulnerables.
Pero también la Iglesia universal se está enriqueciendo con el testimonio del pueblo japonés, y de la «dignidad y valentía» -en palabras del Papa- con las que está afrontando la tragedia. La hermana Momoko, japonesa, Servidora del Evangelio en la comunidad de Tokio, resalta el ejemplo de civismo: «El Gobierno pidió colaboración en el ahorro energético, y ese mismo día todos los comercios tenían la mitad de luces apagadas, la calefacción al mínimo.... Y sin quejas, malas caras ni reproches».
Coincide en la apreciación don Manuel Amorós, jesuita valenciano que trabaja en Japón, desde hace 50 años: «La gente se encuentra viviendo hacinada, los alimentos escasean, y no se han producido robos ni protestas». Ahora bien: la nación del milagro económico está necesitada de esperanza: «cada año, hay más de 30.000 suicidios»; hay demasiada soledad... «¿Es posible que salga algo positivo de esta tragedia?, se pregunta. «Ver la muerte tan cerca puede hacer que se replanteen» muchas cosas, cree.
Ésta es una de las principales tareas para la Iglesia. El misionero murciano Pascual Saorín, párroco en Osaka, sostiene que «Japón se levantará, no hay duda. El verdadero problema es saber hacia dónde se encaminará. Para esto trabajamos, tratando de iluminar sus vidas con la Palabra de Dios».
Cristina Sánchez
La belleza del pueblo japonés:
Cuando ocurren sucesos de tal magnitud, es difícil comprender su alcance real. En Japón pasamos la II Guerra Mundial. Sí, una ciudad entera desaparecida es como otra bomba atómica, sólo que no de guerra. Hemos aprendido que la naturaleza no es para conquistarla, sino que debemos aprender a vivir con ella. Nunca habíamos pasado un terremoto tan grande. Aún así, estábamos preparados, pero no para el tsunami.
Hemos reaccionado sin rencor; casi inconscientemente, sin perder un minuto, nos hemos puesto a colaborar para salvar a nuestro pueblo. Todo el mundo está sorprendido de la unidad ante la catástrofe, pero para nosotros es lo normal. Hemos aprendido a hacerlo ante circunstancias extremas. Vivimos en una isla, y, desde siempre, tifones y fenómenos naturales nos han hecho aprender a convivir con ello. Llevamos en la sangre la hospitalidad, que no es otra cosa que ayudar, sin saber siquiera el nombre de aquél a quien se ayuda. Lo haces porque es un ser humano.
Por eso, el pueblo japonés ha reaccionado así: ha puesto de manifiesto la hospitalidad, la convivencia y la ayuda mutua. Y esto es la belleza, a pesar de la tragedia. Los japoneses confiamos, y una vez caídos, nos levantamos de nuevo. Aunque caigamos siete veces, siete veces nos levantamos: ésta es la fuerza y la esperanza de Japón. Es verdad que hay pocos cristianos, pero el corazón de los japoneses actúa como el de un verdadero cristiano; llevamos en la sangre la dignidad, el respeto, la serenidad y la ayuda al prójimo.
Etsuro Sotoo,
escultor-jefe de la Basílica de la Sagrada Famili