!--ned//-->
Alfa & Omega, 04/11/08 - Durante más de mil años, el Imperio Romano de Oriente, o Bizantino, protagonizó la vida artística y cultural del mundo conocido. La palabra escrita y la fe cristiana se convirtieron en los pilares de esta cultura, con centro en Constantinopla. Las élites de todo el Mediterráneo estaban fascinadas por Bizancio. Una exposición de la Biblioteca Nacional, que puede visitarse hasta el próximo 16 de noviembre, analiza este legado en España.«La Escritura siempre es recibida como una realidad viva, y no como un libro muerto». Así se expresaba, en el Sínodo de los Obispos sobre la Palabra, el Patriarca ecuménico de Constantinopla. Bartolomé I. Era la primera vez en la Historia que un Patriarca ortodoxo hablaba ante un Sínodo de obispos, y su intervención se centró en la riqueza contemplativa de la tradición oriental del cristianismo.
La palabra escrita ocupó un lugar primordial durante el milenio de vida del Imperio Bizantino (siglos IV-XV), y entre sus muestras, el libro de contenido sagrado ocupaba un lugar central. Los tratados científicos o militares, o las obras de los grandes clásicos griegos, aunque también gozaban de protagonismo, han llegado hasta nosotros en mucha menor medida. Evangeliarios, salterios, textos litúrgicos, obras patrísticas -lectura obligada para todo bizantino con un cierto nivel de formación-, ascéticas, homiléticas y hagiográficas, y tratados de teología, eran protagonistas no sólo de las celebraciones litúrgicas, sino de otro tipo de eventos, tanto religiosos (hasta el siglo IX, el evangeliario presidía, entronizado, los Concilios), como civiles (en 530, Justiniano ordenó que la Escritura se expusiera durante los juicios, para recordar a los jueces que también ellos serían juzgados por Dios).
Además, aunque la formación en los monasterios no era muy elevada, hay numerosos testimonios sobre la circulación de libros espirituales. A esto ayudaba, además, la curiosa costumbre, practicada por emperadores y fieles humildes, de donar libros a una iglesia o monasterio en nombre de Dios o de la Virgen, como medio para implorar la gracia divina.
A pesar de su creciente helenización, el Imperio Bizantino continuó albergando la síntesis de enseñanzas griegas, romanas y cristianas que se había alcanzado en su seno. Gran parte del arte estaba al servicio de la Iglesia, y también del Imperio. El emperador reconocía el poder supremo de Dios, de quien era un mero representante. Aunque se creía que existía una relación privilegiada entre Cristo y él, y que sus voluntades estaban en perfecta sincronía, el lugar que el emperador ocupaba en la basílica de Santa Sofía, centro de la vida espiritual del Imperio, era en la nave, junto a los fieles. Sólo llevaba su corona votiva el día de su coronación; después, ésta debía permanecer en el templo.
La cultura que cautivó al Mediterráneo
El Patriarca de Constantinopla, en su alocución ante el Sínodo de los Obispos, añadía: «Toda pincelada de un iconógrafo -así como toda palabra de una definición teológica, de toda nota cantada en la salmodia, y de toda piedra tallada de una pequeña capilla o de una grandiosa catedral- articula la divina Palabra en la creación, que alaba a Dios en todo ser viviente». De igual forma, la importancia de la Palabra en Bizancio no se circunscribe sólo a los manuscritos, sino a todo tipo de objetos.
La superioridad de la artesanía, el arte y la cultura bizantinos fascinó durante siglos a las élites de todo el ámbito del Mediterráneo. Las obras de artesanía bizantina eran objeto de admiración en todo el mundo conocido, incluida España. La cruz de la corona de Recesvinto, por ejemplo, era un regalo del emperador de Oriente, y la influencia de Bizancio está muy presente en todo el tesoro de los reyes visigodos. Broches, zarcillos y anillos de corte bizantino se pueden encontrar también con cierta frecuencia en diversos lugares, incluida España. Y, sin embargo, gran parte de este legado es desconocido en nuestro país. Precisamente por ello, la Biblioteca Nacional ha organizado la exposición Lecturas de Bizancio: el legado escrito de Grecia en
España, que se puede visitar hasta el próximo 16 de noviembre.
La muestra no contiene sólo manuscritos, sino otro tipo de objetos, como los mencionados anteriormente, en los que también juegan un papel significativo la palabra y la fe, en general, a través de las imágenes en inscripciones que a veces incorporaban. Es el caso, por ejemplo, de un estilo peculiar de anillos en los que aparece la Virgen bendiciendo a un matrimonio. En las monedas, las imágenes religiosas (de Cristo, la Virgen o algún santo) alternaban con las del emperador, aunque esta iconografía se fue cristianizando lentamente.
Este interés por la cultura bizantina se extendió hasta el siglo XVI, y más allá. Muchas obras en griego llegaron a la Península Ibérica gracias al interés de Felipe II por adquirir, para la biblioteca del monasterio de El Escorial, códices en griego procedentes del sur de Italia, donde había presencia española. Esa región había pertenecido al Imperio de Oriente hasta el siglo XI (cuando fue invadida), y era de cultura griega, que, aunque sobrevivió más de un siglo, acabó desvaneciéndose. Algunos de sus tesoros se pueden contemplar, durante estos días, en Madrid.
María Martínez