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Alfa & Omega, 02/12/08 - Como cualquier artista de cualquier época, Rembrandt practicó también el género del autorretrato. A lo largo de su vida, fueron varios los cuadros en los que se pinta a sí mismo.
El primero de los tres que reproducimos aquí, fechado en 1931, refleja la personalidad excesiva que caracterizó sus primeros años. Rembrandt aparece con un traje oriental, está en el mejor momento de su vida, ganando dinero y gozando de un gran prestigio como artista. En El regreso del hijo pródigo, en el que analiza uno de los cuadros más expresivos del pintor holandés, Henri Nowuen escribe que, en sus primeros autorretratos, Rembrandt se retrata como un hombre «descarado, autosuficiente, manirroto, sensual y arrogante, hambriento de fama y adulación, sin vida interior».
El segundo cuadro data de 1658, cuando la muerte ya ha golpeado con fuerza a la familia del pintor holandés, lo que, unido a una serie de apuros económicos, hace su mirada más serena y con un cierto deje de lástima: son los ojos de quien ha llorado mucho. Nowuen dice que, «con los años, se volvió más profundo y silencioso», y habla de su vuelta espiritual a casa: «Al decaer su éxito y disminuir el esplendor de su vida, se hace más consciente de la belleza de la vida interior».
El tercer autorretrato, pintado en 1667, poco más de un año antes de morir, supone un fuerte contraste; en él, Rembrandt se pinta en actitud, de nuevo, burlona. Los expertos afirman que se retrata como Zeuxis, un pintor de la antigüedad considerado el creador de la belleza ideal, y del que se dice murió de risa al pintar a una anciana. ¿Pero de qué se ríe Rembrandt? ¿Es una vuelta a la frivolidad? Con toda su experiencia de vida, no es probable. El cuadro fue pintado poco tiempo antes de su muerte, y en él el pintor holandés parece burlarse de la belleza exterior, de la fugacidad de lo pasajero. La risa no refleja ya la vida risueña y vacua de sus primeros años. Su convivencia con el dolor le ha confrontado con la precariedad del éxito y del arte. Rembrandt, al final, además de un pintor genial, se ha hecho un experto en la vida misma.