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Alfa & Omega, 04/02/08 - La antesala de la muerte siempre tiene algo de traumático y desgarrador, pero a la vez puede ser «un momento precioso». Monseñor Elio Sgreccia, Presidente de la Pontificia Academia para la Vida, hacía esta provocadora afirmación en la presentación de Congreso Internacional Junto al enfermo incurable y al moribundo: orientaciones éticas y operativas. Sí, «el organismo físico se desmorona y la biografía del sujeto concluye, pero se acerca a la apertura de la vida plena, de la vida eterna». Durante ese proceso de degradación corporal, «la fragilidad humana se experimenta en profundidad», recordaba monseñor Sgreccia, lo que nos abre, sin embargo, a nuevas cotas del espíritu.
No podemos eludir el sufrimiento. El avance de la Medicina ha hecho más llevadero el dolor físico y el psicológico; pero el sufrimiento es inherente a la existencia humana, y no hay anestesia capaz de exterminarlo. Otra cosa, sin embargo, es la respuesta que dé el hombre que sufre. No por casualidad, varias de las intervenciones del Congreso recogieron la afirmación del psiquiatra Viktor Frankl de que lo que destruye al hombre no es el dolor, sino el dolor sin sentido. «El dolor abandonado a ser un hecho sin sentido se convierte, en cuanto se escapa de nuestro dominio, en insoportable, una amenaza irracional, insuperable y fatal», decía don Juan José Pérez Soba, catedrático de Moral Fundamental de la Facultad de Teología San Dámaso, de Madrid, en su ponencia sobre El bien de la vida y el bien de la salud: el deber de preservarlos.
Ahora bien: la cuestión del sentido no se reduce a la capacidad de generar una explicación, más o menos original o interesante, a vivencias como la enfermedad y la cercanía de la muerte, y de lograr creérsela uno mismo en un ejercicio de credulidad voluntariosa. La cosa es bastante más profunda. La cuestión del sentido, antes que pensarse, se vive. Entra en juego lo más propio del ser humano: la capacidad de amar y de ser amado, de entregarse al otro y de saber aceptar esa entrega que se nos regala.
Don Juan José Pérez Soba recordaba esta expresión de Juan Pablo II, en la encíclica Evangelium vitae: «Somos los guardianes de nuestros hermanos». Por todo ello, decía el profesor, la vulnerabilidad que experimentan el enfermo y quienes le rodean, esa indigencia radical del ser humano que sólo se comprende junto a un lecho de muerte, puede convertirse en «expresión de una nueva grandeza, en la plenitud de ser tocados por un amor que nos permite vivir en plenitud… En la debilidad de la enfermedad se ofrece tantas veces la manifestación mayor de la dignidad de una vida llena de sentido y de amor. El ideal humano no consiste en la impasibilidad estoica, en ser invulnerable, sino en saber ser vulnerable al amor verdadero». En descubrir, en definitiva, que la vida humana es sagrada, «no por ella misma, sino por su origen -un acto de amor de Dios- y su destino envuelto en un misterio de unión con Dios que se nos revela como una llamada a la eternidad».
Sucesos preocupantes :
Entre los participantes en el Congreso, se contaban el cardenal Javier Lozano Barragán, Presidente del Consejo Pontificio para la Salud; monseñor Jean Laffitte, Vicepresidente de la Academia Pontificia para la Vida; o el filósofo alemán Robert Spaemann, así como diversos profesores de todo el mundo de varias disciplinas, entre ellos el doctor Gonzalo Herrán, profesor emérito de Ética Médica de la Universidad de Navarra. El reto al que quería responder el Congreso, como explicó monseñor Sgreccia, es la amenaza de la eutanasia, sobre todo en Europa. «Existe una fuerte presión para su legalización», dijo.
El último caso es el de Luxemburgo, que acaba de legalizar la eutanasia (se provoca la muerte de la persona) y el suicidio asistido (se le facilitan los medios para que termine con su propia vida), mientras en Bélgica y en Holanda aumentan los casos, junto con las sospechas, en la primera -según expone la Comisión de Control de la eutanasia-, de que la mitad de los casos no son registrados, y, en Holanda, de que no sólo se aplica a ancianos, sino cada vez con mayor frecuencia a niños (6 de cada 10 muertes de menores de 1 año, según publican los doctores Verhagen y Sauer, en el New England Journal of Medicine, están precedidas por decisiones médicas, y hay entre 15 y 20 casos evidentes de eutanasia cometidos al año por neonatólogos, ninguno de los cuales ha sido juzgado). Además, se va extendiendo la mentalidad utilitarista que considera que sólo debe invertirse en aquellas personas con alta probabilidad de cura. En el Reino Unido, un nuevo estudio confirma la sospecha de que el sistema de sanidad pública deja de proporcionar tratamientos a enfermos para ahorrar costes.
Pero más allá de la denuncia y del debate de cuestiones espinosas puntuales entre expertos, de la cita romana salió toda una propuesta válida para creyentes y no creyentes sobre cómo humanizar el final de la vida en sociedades crecientemente tecnificadas, pero a veces insensibles ante cuestiones tan importantes como el buen morir, más allá del alivio del dolor físico. Todo ello está recogido en el discurso de Benedicto XVI a los participantes en el Congreso, que sirve también como síntesis de los principales aspectos que se abordaron en el mismo.
Acompañar en la hora solemne :
El Papa comenzó recordando que, con la muerte, «se abre para cada uno de nosotros, más allá del tiempo, la vida plena y definitiva. En ese momento, solemne y sacro, todos los esfuerzos realizados en la esperanza cristiana para mejorarnos a nosotros mismos y al mundo que se nos ha encomendado, purificados por la gracia, encuentran su sentido y se enriquecen gracias al amor de Dios Creador y Padre».
Y continúa Benedicto XVI: «Para la comunidad de los creyentes, este encuentro del moribundo con la Fuente de la vida y del amor representa un don que tiene un valor para todos, que enriquece la comunión de todos los fieles. Debe suscitar el interés y la participación de la comunidad, no sólo de la familia de los parientes próximos, sino, en la medida y en las formas posibles, de toda la comunidad que ha estado ligada a la persona que muere. Ningún creyente debería morir en la soledad y en el abandono». Como ejemplo, el Santo Padre cita los desvelos de la Madre Teresa de Calcuta, quien «ponía una particular atención por acoger a los pobres y a los abandonados para que, al menos en el momento de la muerte, pudieran experimentar, en el abrazo de las hermanas y de los hermanos, el calor del Padre».
Benedicto XVI, sin embargo, advierte de que la comunidad cristiana «no es la única que está comprometida en acompañar y celebrar en sus miembros el misterio del dolor y de la muerte, y la aurora de la nueva vida. En realidad, toda la sociedad a través de sus instituciones sanitarias y civiles está llamada a respetar la vida y la dignidad del enfermo grave y del moribundo. Aun siendo conscientes de que no es la ciencia la que redime al hombre (Spe salvi, 26), toda la sociedad y en particular los sectores relacionados con la ciencia médica deben expresar la solidaridad del amor, la salvaguardia y el respeto de la vida humana en todos los momentos de su desarrollo terreno, sobre todo cuando padece una enfermedad o se encuentra en su fase terminal».
En este punto, el Papa introduce una distinción, en los tratamientos médicos, entre medidas ordinarias y extraordinarias. Como norma general, «se trata de asegurar a toda persona que lo necesite el apoyo necesario por medio de terapias e intervenciones médicas adecuadas, administradas según los criterios de la proporcionalidad médica, siempre teniendo en cuenta el deber moral de suministrar (por parte del médico) y de acoger (por parte del paciente) aquellos medios de preservación de la vida que, en la situación concreta, resulten ordinarios. Por el contrario, en lo que se refiere a las terapias consideradas arriesgadas o que puedan juzgarse prudentemente como extraordinarias, recurrir a ellas es moralmente lícito, aunque facultativo. Además, es necesario asegurar siempre a cada persona los cuidados necesarios y debidos, además del apoyo a las familias más probadas por la enfermedad de uno de sus miembros, sobre todo si es grave o se prolonga».
Solidaridad con las familias :
De ese deber de apoyo a la familia del enfermo, extrae el Santo Padre una serie de conclusiones muy llamativas: «Así como en el derecho laboral normalmente se reconocen los derechos específicos de los familiares en el momento de un nacimiento -dice-, del mismo modo, y especialmente en ciertas circunstancias, deberían reconocerse unos derechos parecidos a los familiares próximos en el momento de la enfermedad terminal de su allegado. Una sociedad solidaria y humanitaria no puede dejar de tener en cuenta las difíciles condiciones de las familias que, en ocasiones durante largos períodos, tienen que cargar con el peso de la asistencia a domicilio de enfermos graves no autosuficientes. Un mayor respeto de la vida humana individual pasa inevitablemente por la solidaridad concreta de todos y cada uno, constituyendo uno de los desafíos más urgentes de nuestro tiempo».
Benedicto XVI recuerda un criterio que expone en la encíclica Spe salvi: «La grandeza de la Humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana». No obstante, el Papa advierte de que, «en una sociedad compleja, fuertemente influenciada por las dinámicas de la productividad y por las exigencias de la economía, las personas frágiles y las familias más pobres corren el riesgo, en los momentos de dificultad económica y/o de enfermedad, de quedar atropelladas». Como ejemplo, menciona que, «en las grandes ciudades, hay cada vez más personas ancianas y solas, incluso en los momentos de enfermedad grave y de cercanía a la muerte. En estas situaciones, se hacen agudas las presiones de la eutanasia, sobre todo cuando se insinúa una visión utilitarista en relación con la persona». Y es en este punto cuando el Papa dice rotundamente: «Aprovecho esta oportunidad para recordar, una vez más, la firme y constante condena ética de toda forma de eutanasia directa, según la enseñanza tradicional de la Iglesia».
Ricardo Benjumea