!--ned//-->
Alfa & Omega,10/07/09- El sábado pasado, el Papa Benedicto XVI dirigió, en la Capilla Paulina, el rezo de Vísperas, tras la conclusión de los trabajos de restauración de la capilla durante cinco años. Encargada por el Papa Pablo III en 1540 al arquitecto Antonio de Sangallo, la Capilla Paulina está separada de la Capilla Sixtina sólo por la Sala Regia.
Durante el Cónclave, todos los cardenales se reúnen allí para celebrar la Misa solemne De Spiritu Sancto. Desde arriba, dos frescos realizados por Miguel Ángel Buonarroti, al final de su vida, les contemplan. Se trata de La crucifixión de san Pedro y La conversión de san Pablo, cuyos trazos, según afirmó Benedicto XVI, «ayudan a meditar y a rezar de manera más eficaz, y juegan un papel central en el mensaje iconográfico de la Capilla».
El Papa ha resaltado el rostro de los dos Apóstoles como el rasgo más atrayente de las dos pinturas: «El de Pablo -que es el mismo rostro que el del artista que lo pinta, ya anciano, inquieto y en busca de la verdad- representa al ser humano necesitado de una luz superior. Es la luz de la gracia divina, indispensable para conquistar una vida nueva, con la que percibir la realidad orientada a la esperanza que viene del cielo. Es un rostro que expresa la madurez del hombre interiormente iluminado por Cristo. La gracia y la paz de Dios han alcanzado a Pablo, lo han conquistado y lo han transformado interiormente».
El apóstol san Pedro aparece justo en el momento anterior a que se alce la cruz en la que él ha sido crucificado boca abajo. «Su rostro -afirmó el Papa- parece expresar el estado de ánimo de un hombre frente a la muerte y frente al mal. Pedro experimenta toda la amargura de la cruz, de las consecuencias del pecado que separa de Dios, todo el absurdo de la violencia. Si en esta capilla se viene a meditar, no se puede escapar a la radicalidad de la propuesta colgada en la cruz: la Cruz de Cristo, Cabeza de la Iglesia, es la cruz de Pedro, su Vicario en la tierra».
Para el Papa, san Pedro y san Pablo son «dos maestros de fe; con su testimonio nos invitan a profundizar y meditar en silencio el misterio de la Cruz, que acompaña a la Iglesia hasta el final de los tiempos, y a acoger la luz de la fe, gracias a la cual la Iglesia puede entender hasta los confines de la tierra la acción misionera y evangelizadora que le ha confiado Cristo».
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Fotos: Oficina de Prensa de los Museos Vaticanos