lfa & Omega, 06/02/07 - Es bien elocuente que, en una sociedad dominada por el ruido, por la provocación constante a los sentidos exteriores, y todo lo que ello significa de ausencia de vida interior, las casi tres horas de silenciosa quietud de la película El gran silencio, toda ella en un monasterio de religiosos cartujos, y grabada con las evidentes limitaciones de una pequeña cámara de Súper-8, esté teniendo tan extraordinario éxito. Evidentemente, los seres humanos no estamos hechos para el ruido que ensordece la mente y deja vacía el alma, sino para ese silencio lleno de la Palabra que sostiene la vida y la lleva a su plenitud. Así lo dice el Superior de la Cartuja, al acoger a los jóvenes en la ceremonia de su profesión religiosa, descrita como «una peregrinación hasta el fondo del alma para allí encontrarse con Cristo vivo», ¡la verdad de su propio yo! Tal y como lo expresó san Pablo: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí». Lejos de perder nuestra personalidad, en realidad es el único modo verdadero de encontrarla. Sencillamente, porque es la sed de infinito lo que nos constituye, y menos que eso resulta incapaz, no ya de saciarnos, sino de darnos la más mínima felicidad auténticamente humana.
Se habla de crisis de la vida religiosa, pero lo que está en crisis, en realidad, es el mundo ruidoso de la vaciedad. Monseñor Agostino Gardin, Secretario de la Congregación para la Vida Consagrada, acaba de exponer en una entrevista, con datos fehacientes, la enorme vitalidad y riqueza de la vida religiosa, afirmando, con toda razón, que «quienes hablan insistentemente de decadencia no conocen bien la vida consagrada». Y no vale decir que han disminuido muchísimo las vocaciones y no dejan de cerrarse conventos: mientras existan monjes en el mundo, aunque fuese uno solo, puede decirse que hay esperanza verdadera para la Humanidad. Lo dijo con toda rotundidad, en el Libro de la Vida , nuestra santa Teresa: «¿Qué sería del mundo, si no fuese por los religiosos?» El número no es el problema, como no lo fue la soledad de Cristo, abandonado de todos en la Pasión, ni el hecho de que fueran sólo Doce los que habían de ir al mundo entero. Lo que cuenta es la verdad. «El hecho de que atraiga más o menos gente es secundario -dice también en su entrevista monseñor Gardin-; la vida religiosa está llamada a ser una vida cualitativa. La cuestión cuantitativa ni depende de nosotros ni debe estar en el centro de nuestras preocupaciones». Los más de dos mil años de vida de la Iglesia lo ponen bien de manifiesto.
La clave de la vida consagrada, y por tanto de la vida de la Iglesia y, en definitiva, de la vida del mundo, está justamente en esta cualidad de la sed de Dios que define a todo ser humano. Cuando, hace casi ya once años, Juan Pablo II nos regaló la Exhortación apostólica Vita consecrata, en estas mismas páginas salíamos al paso de este terrible olvido cualitativo: reducir este precioso documento, «como han hecho algunos medios, a si hábito sí o no, celibato sí o no, a si las monjas pueden o no ser directores espirituales y enseñar en seminarios -¡vaya modo de descubrir el Mediterráneo!-, es parcializar, minimizar y desnaturalizar su dimensión y su altísimo alcance, voltaje y horizonte espiritual». Leemos en la propia Exhortación: «Más allá de las valoraciones superficiales de funcionalidad, la vida consagrada es importante, precisamente, por su sobreabundancia de gratuidad y de amor, tanto más en un mundo que corre el riesgo de verse asfixiado en la confusión de lo efímero». Bien decía la santa de Ávila que ¡pobre mundo!, si faltasen los religiosos que nos ponen delante de los ojos, y del corazón, que ¡sólo Dios basta! Ellos son -en palabras de Vita consecrata - «signo y profecía para la comunidad de los hermanos y para el mundo».
El éxito de El gran silencio es también signo y profecía de que la vida consagrada es, ciertamente, luz y espejo donde la Iglesia entera y toda la Humanidad han de mirarse, pues sólo así es posible tener vida, y vida plena: una y otra vez se repite constantemente en la película, como la lluvia suave que empapa la tierra hasta el fondo, con las palabras del profeta Jeremías: Me has seducido, Señor, y me dejé seducir. Por eso, con toda verdad, dice la Exhortación Vita consecrata que «los monasterios han sido y siguen siendo, en el corazón de la Iglesia y del mundo, un signo elocuente de comunión, escuelas de fe y verdaderos laboratorios de estudio, de diálogo y de cultura para la edificación de la vida eclesial y de la misma ciudad terrena, en espera de aquella celestial». Así es. La vida consagrada no es, desde luego, algo interesante para ciertas personas, y menos aún algo superfluo o inútil. En ella está la esperanza, no ya de la Iglesia a la que anima con su savia divina; en ella está la verdadera vida del mundo.