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Las Hermanas de la Compañía de la Cruz es una Congregación fundada en Sevilla, el 2 de agosto de 1875, por sor Ángela de la Cruz -canonizada en Madrid por Juan Pablo II en 2003-, para atender a mujeres pobres y enfermas en sus casas. Su tarea, tal y como explica una de las Hermanas, es «asear y lavar a las enfermas que visitamos en sus casas cada día, además de limpiar las viviendas de aquellas que no pueden hacerlo por sí mismas, y también realizar tareas cotidianas como es hacer la comida; trabajos sencillos, pero imposibles de realizar para muchas personas».
Otra de sus labores es el acompañamiento nocturno a aquellas personas que necesitan asistencia; muchas de ellas están solas y no tienen a nadie que las ayude, pero hay otras que tienen familia. Las Hermanas realizan esta tarea para que también las familias puedan descansar de vez en cuando.
A través de las visitas a las enfermas, las Hermanas de la Cruz trabajan para que la sociedad se humanice. Su presencia no es sólo física -que también-, sino espiritual: ellas ayudan a los enfermos a ofrecer sus dolencias, llevan la presencia del Señor a los espacios más íntimos de las personas, sus propias viviendas.
Todo su trabajo se sostiene de la limosna, ya que la única ayuda con la que cuentan -tanto para ellas como para las personas a las que atienden- son las donaciones de las personas de buen corazón que quieran contribuir a su labor.
Ansia de ayuda espiritual
«Hay casas en las que no entra nadie más que nosotras, lo que supone una gran responsabilidad», cuenta la Hermana. «Llevamos a Jesús a los enfermos, pero no sólo a enfermos de cuerpo, sino también a los de alma. La gente está ansiosa de ayuda espiritual y nosotras la ofrecemos desde la abnegación y el servicio humilde, para ganar corazones para el Señor», explica.
Muchas personas con las que se encuentran cada día las Hermanas sufren la enfermedad como una carga, y tienen el corazón cerrado. Pero «la constancia, el no obligar, la Palabra de cada día, la paciencia y la escucha van abriendo las ventanas del alma», señala. «Los enfermos tienen un tesoro, aunque ellos, muchas veces, no lo vean. Su misión es ayudar en la tierra para conseguir la redención del mundo. Además, los enfermos pueden ofrecer su enfermedad para ayudar a otras personas que sufren sin esperanza», afirma.
Más allá de nuestras fronteras
Las Hermanas de la Compañía de la Cruz están repartidas en más de 50 casas por toda la geografía española -la mayoría de ellas en Andalucía-. Además, han abierto tres casas en Argentina y dos en Italia, en las que se dedican a la actividad educativa en colegios. Pequeñas residencias de ancianos y centros para niñas con discapacidades físicas e intelectuales completan su trabajo.
Cuando en 1925 se cumplieron los primeros cincuenta años de la fundación de la Congregación, sor Ángela escribió en su Carta de año a las Hermanas cuál era su anhelo: «Y después de los cien años, la persona que vea una Hermana de la Cruz pueda decir: Se ve a las primeras, el mismo hábito exterior y el mismo interior; el mismo espíritu de abnegación, el mismo de sacrificio... Son las mismas, la providencia para los pobres; dan de comer al hambriento, visten al desnudo, buscan casa a los peregrinos, visitan a los enfermos, los limpian, los asean, los velan sacrificando su reposo». 86 años después, gracias a la tenacidad de la fundadora y a la fidelidad de las Hermanas, obras del mismo Jesús que habita en ellas, se ha cumplido su deseo.