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Alfa & Omega,16/09/10 -
Nada tiene de extraño que Benedicto XVI califique insistentemente la situación actual de emergencia educativa, como acaba de hacer, el pasado mes de mayo, en la Asamblea General de los obispos de Italia, que han escogido precisamente la educación como tema fundamental de sus trabajos para los próximos diez años.
«Ese horizonte temporal -dice el Papa- es proporcional a la radicalidad y a la amplitud de la demanda educativa». Y añade: «Me parece necesario ir a las raíces profundas de esta emergencia para encontrar también las respuestas adecuadas a este desafío. Una raíz esencial es un falso concepto de autonomía del hombre: debería desarrollarse sólo por sí mismo, sin imposiciones de otros, los cuales podrían asistir a su autodesarrollo, pero no entrar en este desarrollo. En realidad, para la persona humana es esencial el hecho de que llega a ser ella misma sólo a partir del otro, el yo llega a ser él mismo sólo a partir del tú y del vosotros; está creado para el diálogo. Sólo el encuentro con el tú y con el nosotros abre el yo a sí mismo. Por eso, la denominada educación anti-autoritaria no es educación, sino renuncia a la educación».
No pueden ser más lúcidas las palabras del Santo Padre, que reclaman mucho más que instructores o formadores para el trabajo.
En su última encíclica, Caritas in veritate, Benedicto XVI aclara que, con el término educación, nos referimos «a la formación completa de la persona», y por ello, «para educar, es preciso saber quién es la persona humana, conocer su naturaleza», lo cual se ha convertido hoy en un problema de primer orden, cuyos efectos son ciertamente letales: «Al afianzarse una visión relativista de dicha naturaleza, se plantean serios problemas a la educación. Cediendo a este relativismo, todos se empobrecen más, con consecuencias negativas -y lo dice el Papa en el contexto de la cooperación al desarrollo- también para la eficacia de la ayuda a las poblaciones más necesitadas, a las que no faltan sólo recursos económicos o técnicos, sino también modos y medios pedagógicos que ayuden a las personas a lograr su plena realización humana».
Sin duda, no es la pobreza material de los países pobres, sino la espiritual, que cada día está más extendida en los países ricos, el más grave de los males de nuestro tiempo. La primera y más urgente emergencia no es la económica, sino, como bien subraya el Papa, la educativa, que requiere extirpar igualmente la otra raíz esencial: «La segunda raíz de la emergencia educativa -añade Benedicto XVI a los obispos- yo la veo en el escepticismo y en el relativismo o, con palabras más sencillas y claras, en la exclusión de las dos fuentes que orientan el camino humano: la naturaleza y la Revelación. Pero la naturaleza se considera hoy como una realidad puramente mecánica y, por tanto, que no contiene en sí ningún imperativo moral, ninguna orientación de valores: es algo puramente mecánico y, por consiguiente, el ser en sí mismo no da ninguna orientación». ¡Cómo no van a ir a la deriva, con una naturaleza privada de su verdad, los que han de ser guiados por ella!
Urge recuperar esta verdad. Se llama amor, y tiene su lugar primigenio en la familia. Es de la misma naturaleza, sin degradarla ni falsearla, de donde arranca la educación digna de tal nombre. Así lo decía Juan Pablo II, en la Exhortación apostólica Familiaris consortio, de 1981: «El elemento más radical, que determina el deber educativo de los padres, es el amor paterno y materno», y de tal modo que, sin él, no puede haber verdadera educación.
«El educador -en palabras del mismo Juan Pablo II, en su Carta a las familias, de 1994- es una persona que engendra en sentido espiritual. La educación es una comunicación vital, que no sólo establece una relación profunda entre educador y educando, sino que hace participar a ambos en la verdad y en el amor, meta final a la que está llamado todo hombre». Es decir, la emergencia educativa no reclama simples instructores o formadores para el trabajo. Reclama maestros.