p>Aki Kaurismaki es un director realmente excepcional. Basta ver dos minutos de una película suya para reconocer inmediatamente su autoría. Su estilo es inconfundible: ritmo pausado; decorados sobrios, minimalistas y de atmósfera retro; interpretaciones poco naturales, algo fantasmales; encuadres pictóricos, artificiosos..., y un largo etcétera que podría disuadir al espectador y que, sin embargo, dan un resultado cautivador y fascinante. Por supuesto que estamos hablando de un cine artístico, minoritario, en las antípodas de las producciones hollywoodienses; nos estamos refiriendo a un cine que confraterniza con Dreyer, con Bresson, con Jacques Tati, un cine cuya primera vocación es humanista.
E
n esta ocasión, con su película El Havre, Kaurismaki opta por un tema de actualidad: la inmigración ilegal. Buscó un puerto europeo que fuera expresivo de lo que el quería contar. Su primera opción fue Vigo, ya que él vive en el norte de Oporto (Portugal) desde 1989, pero finalmente rodó en El Havre, en Francia. El argumento lo protagoniza Marcel, un limpiabotas vitalista y bohemio que está casado con Arletty. Viven en un barrio muy humilde de casas bajas. Un día la policía intercepta un contenedor de barco lleno de subsaharianos sin papeles que van camino de Londres. En la operación, un muchacho logra escapar y se topa con Marcel, que no duda en cuidarlo y hacerse cargo de él. Arletty cae enferma y es ingresada para recibir un tratamiento. Así en la casa queda sitio para un nuevo inquilino.
La película se introduce en el mundo duro de la inmigración ilegal con una mirada luminosa, positiva, radicalmente esperanzada. Pero no se trata de una visión ingenua o irracionalmente optimista; lo que hace Kaurismaki es contar la historia con unos personajes que son, sencillamente..., humanos. Apenas hay más antagonista en este guión que un anónimo Prefecto de policía y un vecino mezquino que sólo sale en un par de planos. El resto son hombres y mujeres de corazón grande y sencillo. Es inevitable recordar la solidaridad espontánea y profunda que se daba entre los pobres de Milagro en Milán del maestro De Sica. Y es que el film de Kaurismaki tiene algo de canto a la gente más desfavorecida. Lo subraya el hecho de las alusiones explícitas a las Bienaventuranzas evangélicas. Y no es el único referente religioso del film.
En el reparto, encontramos a sus actores de siempre: Kati Outinen, Andre Wilms -que no trabajaba con Kaurismaki desde Juha (1999)-..., pero la gran novedad es el gran actor francés Jean-Pierre Darroussin, el intérprete habitual de otro de los grandes humanistas del cine contemporáneo: Robert Guédiguian. A los actores siempre les da la misma sorprendente consigna: «I don’t want acting in my movies» (No quiero actuación en mis películas), y eso explica esas interpretaciones tan contenidas, tan fantasmales que recuerdan a Dreyer.
Es curioso que esta película tan limpia, tan esperanzada, tan positiva y, casi podríamos decir, tan religiosa, venga de un director que se declara escéptico, ateo y desencantado. Kaurismaki es un hombre de otro tiempo que rechaza el presente que nos ha tocado vivir. Huyó de Finlandia porque le asfixiaba ese mundo perfecto pero inhumano; se vino a la Península Ibérica porque «todavía la gente habla con sus vecinos y se bebe con alegría». Y es que Kaurismaki tiene un problema con el alcohol: bebe sin parar. Es un hombre fiel a su esposa, fiel a su equipo de rodaje, que nunca ha querido tener hijos, que recorre el mundo en una caravana, y cuyos perros trabajan en todas sus películas, generación tras generación. En fin, un personaje singular y una película deliciosa.
Juan Orellana