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Alfa & Omega, 29/09/08 - Nuestra época abunda en ejemplos de los desastres causados por la inmediatez. Quizá el más flagrante sea la incapacidad de la mentalidad moderna para reconocer la obscenidad. Como ocurrió con otros atributos pasados de moda, se abandonó el decoro por la sencilla razón de que producía inhibiciones. Las revistas ilustradas y los tabloides ponen ante la mirada de millones de personas escenas y acontecimientos que violan cualquier noción de humanidad. Se sacrifica cualquier idea de pudor en aras de un instante de excitación. La pasión y el sufrimiento en sus manifestaciones más extremas sirven para poner una nota de color a la hora del desayuno o para aliviar el tedio de las noches en el hogar. El área de la privacidad ha sido abandonada porque se ha abandonado la definición de lo personal, y ya no disponemos de un criterio que nos permita decidir qué forma parte del individuo. Tras esta agresión se encuentran el rechazo del sentimiento y la búsqueda de la inmediatez.
Con frecuencia se recurre a argumentos de una insidiosa verosimilitud para justificar estos alardes públicos. Se sostiene que el material de esa índole es tan sólo la materia bruta de la que está hecha la vida. Pero afirmar que éste es el mundo real es postular de antemano la realidad de lo afirmado.
Las sensaciones que proporciona la prensa están indudablemente destinadas a la exhibición, no buscan la comprensión, sino las emociones. Ya tendremos ocasión de estudiar el efecto de esta conjura -una de las más portentosas llevadas a cabo contra la filosofía y la civilización, con la poderosa ayuda de la tecnología-, que consiste en sustituir la reflexión por la sensación. La máquina no es capaz de respetar los sentimientos, y no es casual que este gran despliegue de obscenidad se produzca al mismo tiempo que se desarrolla la tecnificación del mundo.
Es inevitable que la decadencia del sentimiento se vea acompañada del deterioro de las relaciones humanas, tanto en el seno de la familia como entre amigos. Después de todo, sólo los sentimientos nos vinculan con los muy mayores y los muy jóvenes. Burke comprendió esto cuando decía que quienes no se preocupan por sus ancestros tampoco se preocuparán por sus hijos. La decisión del hombre moderno de vivir en el aquí y el ahora se refleja en el abandono a su suerte de los mayores, que antaño el sentimiento de lo decente elevaba a posiciones de honor y autoridad. En cuanto a los hijos, no pasan de ser molestas responsabilidades.
El sentimiento de amistad se marchita en la megalópolis. Los amigos se convierten en colegas, es decir, en quienes admiten ser definidos como personas que el trabajo desempeñado obliga a frecuentar, o incluso, a un nivel más devaluado, como personas dispuestas a dejarse utilizar en nuestro provecho.
En el origen de todo vínculo hay siempre alguna forma de sentimiento. Cuando este vínculo desaparece, deja a las ciudades y naciones reducidas a comunidades empíricas. En otras palabras, a gentes que viven en un mismo lugar, pero que están desprovistas de amistad y comprensión mutua y son incapaces, cuando las circunstancias lo requieren, de unirse para sobrevivir. En el otro extremo se halla la comunidad metafísica, compartiendo una misma mirada sobre el mundo que facilita la confluencia de todas las vocaciones y el disfrute de la fortaleza que se deriva de una misma tendencia. Nuestras súplicas, pues, han de ir dirigidas a alcanzar de nuevo nuestro sueño metafísico, para así poder librarnos del pecado de la sentimentalidad y la brutalidad.
Richard Weaver