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Alfa & Omega, 17/09/08 -
Razón y belleza
Sobre la importancia de la experiencia estética de la fe en el anuncio y la liturgia
Las dos cosas van unidas: la razón, la precisión, la honradez de la reflexión sobre la verdad, y la belleza. El Logos creador no es sólo un logos técnico; es amplio, es un logos que es amor y, por tanto, puede expresarse en la belleza y en el bien. Ya he dicho en otra ocasión que, para mí, el arte y los santos son la mayor apología de nuestra fe. Al contemplar las bellezas creadas por la fe, constatamos que son sencillamente la prueba viva de la fe.
Todas las grandes obras de arte son un signo luminoso de Dios y, por ello, una epifanía. La gran música que nació en la Iglesia sirve para hacer audible y perceptible la verdad de nuestra fe. Donde nacen obras de este tipo, está la Verdad. Sin una intuición que descubre el verdadero centro creador del mundo, no puede nacer esa belleza.
Cuando discutimos sobre la racionalidad de la fe, discutimos precisamente del hecho de que la razón no acaba en el positivismo. Nosotros luchamos para que se amplíe la razón y, por tanto, para una razón que esté abierta también a la belleza, de modo que no deba dejarla aparte como algo diverso e irracional. El arte cristiano es un arte racional, es expresión artística de una razón muy amplia, en la que el corazón y la razón se encuentran. A mi parecer, esto es, de algún modo, la prueba de la verdad del cristianismo.
A tiro del Espíritu Santo
A un seminarista, sobre cómo vivir los dones del Espíritu Santo en el día a día
En Sydney sentimos realmente el soplo del Espíritu Santo. Fue un tiempo fuerte, del que hemos traído a casa una llamita. Ahora bien, en la vida diaria es mucho más difícil percibir concretamente su acción, o incluso ser un medio para que Él pueda estar presente. Creo que lo más importante es que nosotros mismos permanezcamos, por decirlo así, en el radio del soplo del Espíritu Santo, en contacto con Él. Entonces Él nos da ideas creativas, sugiriéndonos cómo actuar. Nos da ideas que no se pueden programar, sino que surgen en la situación misma.
Esto debería marcar el desarrollo de nuestra jornada, de modo que sea un día en el que Dios siempre tenga acceso a nosotros, en que estemos continuamente en contacto con Cristo, en que precisamente por eso recibamos continuamente el soplo del Espíritu Santo. Si hacemos esto, si no somos demasiado perezosos, indisciplinados o indolentes, entonces nos sucederá algo, esta luz emanará de nosotros sin que tengamos que ponernos a pensar demasiado.
A esa dimensión yo añadiría una segunda. Deberíamos poner mucha atención en realizar bien nuestros deberes humanos: en la profesión, en el respeto al prójimo, preocupándonos de los demás. De aquí nacen luego las iniciativas que no se pueden programar: las comunidades de oración, las comunidades que leen juntas la Biblia, o también la ayuda efectiva a los necesitados... Así se nos abren los ojos para ver nuestras capacidades personales, para poner en marcha otras iniciativas y saber infundir en los demás la valentía de hacer lo mismo.
Benedicto XVI, en su encuentro con los sacerdotes ¿Severidad, o condescendencia?
Sobre la Primera Comunión de los niños que no participan en la Misa dominical
En mi juventud era más bien severo. Decía: los sacramentos son los sacramentos de la fe; por tanto, donde no hay fe, donde no hay práctica de la fe, no se pueden conferir. A lo largo del tiempo he comprendido que debemos seguir siempre el ejemplo del Señor, que estaba muy abierto incluso hacia las personas marginadas; según muchas autoridades, demasiado abierto hacia los pecadores.
En sustancia, creo que donde no hubiera ningún elemento de fe, ya no sería un sacramento de la fe. Sin embargo, si vemos que hay una llamita de deseo de estos niños que quieren entrar en comunión con Jesús, creo que conviene ser condescendientes. Sé bien que los niños a menudo tienen intención y deseo de ir a misa, pero sus padres no les dejan. Me parece que se trata casi de un sacramento de deseo.
En este sentido, debemos hacer todo lo posible para llegar a los padres, a fin de despertar en ellos la sensibilidad por el camino que siguen sus hijos. De los niños -me parece- pueden volver a aprender ellos la fe y comprender que esta gran solemnidad sólo tiene sentido si se realiza en el contexto de un camino con Jesús, de una vida de fe.
La fuerza redentora del sufrimiento
A un sacerdote enfermo de esclerosis múltiple, sobre Juan Pablo II y la ayuda a los sacerdotes enfermos
Los últimos años del pontificado de Juan Pablo II no tuvieron una importancia menor, por el testimonio humilde de su pasión. Esta humildad, esta paciencia con la que aceptó casi la destrucción de su cuerpo, la incapacidad cada vez mayor de usar la palabra, él que había sido maestro de la palabra. Así, nos mostró visiblemente la verdad profunda de que el Señor nos redimió con su cruz, con la Pasión, como acto supremo de su amor. Nos mostró que el sufrimiento no es sólo algo negativo, sino que es una realidad positiva; que el sufrimiento aceptado por amor a Cristo, por amor a Dios y a los demás, es una fuerza redentora, una fuerza de amor, y no menos poderosa que los grandes actos de la primera parte de su pontificado. Nos enseñó un nuevo amor a los que sufren.
Todos nosotros -en un mundo que vive de activismo, de juventud, de ser joven, fuerte, hermoso, de lograr grandes cosas- debemos aprender la verdad del amor que se convierte en pasión, y precisamente así redime al hombre y lo une a Dios amor.
Por consiguiente, quiero dar las gracias a todos los que aceptan el sufrimiento, a los que sufren con el Señor. Y quiero animar a todos a tener un corazón abierto a los que sufren. Oremos, pues, por todos los que sufren y hagamos lo que esté de nuestra parte para ayudarles en la medida en que podamos, con gran respeto por el valor de la vida humana. Debemos amar a los que sufren, no sólo con palabras, sino con toda nuestra acción y nuestro compromiso. Sólo así somos cristianos realmente.
Ecología, desde Dios
Sobre la responsabilidad, con respecto a la creación
Es necesario poner nuevamente de relieve el vínculo inseparable entre la Creación y la Redención. En las últimas décadas, la doctrina de la Creación casi había desaparecido de la teología, casi era imperceptible. Ahora nos damos cuenta de los daños que derivan de esa actitud. La tarea de someter la tierra nunca se entendió como una orden de hacerla esclava, sino más bien como la tarea de ser custodios de la creación y de desarrollar sus dones, de colaborar nosotros mismos activamente en la obra de Dios, en la evolución que Él ha puesto en el mundo, de forma que los dones de la creación sean valorados y no pisoteados y destruidos.
El consumo brutal de la creación comienza donde no está Dios, donde la materia es sólo material para nosotros, donde no reconocemos ya ninguna instancia por encima de nosotros; donde no existe ya ninguna dimensión de la vida más allá de la muerte, donde en esta vida debemos acapararlo todo y poseer la vida de la forma más intensa posible. Sólo se pueden realizar y desarrollar, comprender y vivir, instancias verdaderas y eficaces contra el derroche y la destrucción de la creación donde la vida se considera desde Dios.
Pienso que la sensación de que el mundo se nos está escapando y el sentirnos agobiados por los problemas de la creación nos brinda una ocasión propicia para hablar públicamente de nuestra fe y hacer que se la considere como una instancia que propone. En efecto, no se trata sólo de encontrar técnicas que prevengan los daños. Todo eso no bastará si nosotros mismos no asumimos un nuevo estilo de vida, hecho también de renuncias; una disciplina que nos obligue a reconocer a los demás; una disciplina de la responsabilidad con respecto al futuro de los demás y a nuestro mismo futuro.
Prioridades para un sacerdote
Sobre cómo hacer frente a la creciente carga de trabajo de los sacerdotes
El sacerdote es insustituible. Siempre habrá necesidad del sacerdote totalmente entregado al Señor y, por eso, totalmente entregado al hombre. Pero sé bien que hoy, cuando un sacerdote no sólo debe guiar una parroquia fácil de dirigir, sino varias; cuando debe estar a disposición de un Consejo o de otro, y así sucesivamente, le resulta muy difícil llevar esa vida. Creo que en esta situación es importante tener valentía para ponerse un límite y establecer claramente las prioridades. Una fundamental es estar con el Señor, encontrar cada día una hora de tiempo. Debo aprender a ver qué es verdaderamente esencial, dónde se requiere absolutamente mi presencia de sacerdote y no puedo delegar. Al mismo tiempo, debo aceptar con humildad el hecho de no poder realizar muchas cosas que tendría que hacer, porque reconozco mis límites.
A eso quiero unir un segundo aspecto: saber delegar, llamar a las personas a colaborar. Tengo la impresión de que la gente lo comprende y lo aprecia. Quieren un sacerdote que honradamente se esfuerce por vivir con el Señor y luego esté a disposición de los hombres, de los que sufren, de los moribundos, de los niños, de los jóvenes -yo diría que estas son las prioridades-, y que luego sepa también distinguir las cosas que los demás pueden hacer mejor que él, dejando actuar así a los carismas.
Otro punto muy importante, a mi parecer, es la comunión entre los sacerdotes. Para no caer en el aislamiento, en la soledad con sus tristezas, es importante encontrarnos con regularidad.
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Alfa y Omega, Semanario