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«Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de los discípulos, y dijo: Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. Y el que reciba a un niño como éste, en mi nombre, a mí me recibe». Era su respuesta a la pregunta de los discípulos: «¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?» Así se relata en el evangelio de San Mateo, que añade: «Entonces le fueron presentados unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el reino de los cielos. Y les impuso las manos».
El Papa san Pío X, hace ahora justamente cien años, evocaba la escena evangélica en el mismo inicio del Decreto Quam singulari, sobre la edad para la Primera Comunión, subrayando «cuán singular amor profesó Jesucristo a los niños, durante su vida mortal», y determinando que se adelantase dicha edad a la «del uso de la razón», volviendo al espíritu genuinamente cristiano, que reconoce la verdad del Don de Dios, ignorado realmente cuando se ha puesto por delante la acción del hombre, como sucedía al «exigir que a la Primera Comunión antecedan preparaciones extraordinarias, que son reminiscencia de errores jansenistas, pues sostenían que la Santísima Eucaristía era un premio, pero no medicina de la fragilidad humana». ¿Acaso no es hoy más urgente aún, si cabe, volver a reconocer la prioridad absoluta de la Gracia? ¿Acaso, en definitiva, ha dejado de ser verdad la palabra de Jesús: «Sin Mí no podéis hacer nada»? ¿Y acaso hay alguien más libre de prejuicios -aquellos que les impedían a los fariseos y saduceos reconocer la evidencia de los signos que hacía Jesús- que el niño a la hora de acoger la Realidad que se despliega ante los ojos?
No es una simple anécdota, ciertamente, ese gesto de poner a un niño en el mismo centro de atención a la hora, ¡nada menos!, de buscar la vida plena que anhela todo corazón humano: ésa era exactamente la pregunta de los discípulos. Que la iniciación cristiana se haga cuanto antes, mejor, como anuncia la portada de este número de Alfa y Omega, es un sagrado derecho de los niños, y lo es, en primerísimo lugar, de la propia fe cristiana, que no es un conjunto de principios, mandatos y valores, sino Cristo mismo. Él está, desde el inicio de la vida, no para darnos ese conjunto de cosas, sino a Sí mismo. ¿Cómo no dejar que los niños se acerquen a Él? Ése será, como bien explicó san Pío X, el modo más humano, y por tanto el que mejor garantiza la auténtica libertad, aquella que encontraron los apóstoles, y de modo tan elocuente san Pablo, al seguir a Jesucristo totalmente libres de prejuicios, justamente como los niños. Con esta claridad y sencillez expone san Pablo a los corintios en qué consiste la transmisión de la fe:
«Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: Éste es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en memoria mía. Asimismo también la copa, después de cenar, diciendo: Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en memoria mía; pues, cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga». Pablo no transmite cosas, transmite a Cristo, ¡presente en la Eucaristía! Transmite la Luz que brilla en la oscuridad del mundo, como acaba de decir, ante la Sábana Santa de Turín, Benedicto XVI, y como expresa el niño de la foto que ilustra este comentario, a hombros de su padre, durante el Vía Crucis del Coliseo.
Al fondo, el icono de Cristo nos abraza a los cristianos de hoy en ininterrumpida unidad con aquellos primeros discípulos de Jesús y con tantos otros mártires que le entregaron la vida. Es la cadena que no deja de engarzar Cristo, desde el comienzo, con su Cuerpo y su Sangre, porque ha resucitado y vive para siempre: he ahí el Hecho cristiano, no un invento ni una alucinación, sino la Realidad, recibida y transmitida: «Porque os transmití, en primer lugar -dice san Pablo, en su misma Primera Carta a los Corintios-, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y, en último término, como a un aborto, se me apareció también a mí».
La transmisión de la fe no requiere grandes genios. Basta ser como los niños.