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Alfa y Omega,10/07/09 Tenía en mi corazón un sentimiento muy grande de culpabilidad, me sentía mal por estar enferma y por seguir viva. Él me cuidó durante toda su vida, especialmente en los últimos 17 años. Incluso estando ya muy enfermo seguía con su rutina, pues mi madre y él se habían dividido el trabajo de mi cuidado cuando se iba la enfermera fines de semana y días festivos.
Con el pensamiento, le decía al Señor: «¡Qué duro es pensar que mi padre está en un hospital y que yo no lo pueda cuidar, con lo bien que lo sabría hacer! ¡La de noches que él pasó a mi lado! ¡Qué cruel es esta situación!» Eso de no poder hacer nada, ni decidir, era para mí lo más duro. A pesar de mi gran fe, de las muchas experiencias espirituales que he tenido y que sigo teniendo, el dolor debido a su ausencia física era superior a todo.
El tiempo fue minando la situación. Yo intenté, cuanto antes, retomar la normalidad del día a día. Continué escribiendo, pero había otra cosa que no me dejaba tener paz interior: ¿por qué tuvo que sufrir el infarto precisamente el día de mi 40 cumpleaños? En sueños, tuve la que interpreté como la gran señal. Mi padre me dijo: «Hija, no te sientas culpable, soy muy feliz, sigo ejerciendo de padre y velando por todos vosotros». Luego le preparé una loa a mi padre:
«¡Vaya regalito de cumpleaños que me has hecho! No entiendo el porqué.
El día que me encuentre contigo, me voy a pasar tres días preguntándote muchos porqués... La Biblia dice, y en el Catecismo nos enseñan, que Dios es Padre, Amor y Justicia; y yo te pregunto, Señor: ¿Dónde está tu justicia? Discúlpame, Padre, porque yo en estos momentos no la veo por ninguna parte. Para mi parecer, lo justo y lo lógico hubiera sido que me hubieses llevado primero a mí. Cada minuto que tengo de vida vale mucho dinero y cuesta mucho trabajo; en cambio, él aportaba trabajo, dinero y amor. Él era muy necesario para la familia, era el capitán del barco. Señor, no sólo te llevas a mi padre: él era mi mejor amigo, mi confidente, mi cómplice, mi arreglatodo, mi amorcito. La gente que no le conocía, debido a su timidez, no sabía lo grande que era como ser humano y sólo halagaban a mi madre, ya que ella es más jovial y extrovertida.
Lo que más me duele es que yo no te pude auxiliar en su momento, no te pude cuidar; ni ir a verte, ni ir al tanatorio, ni podré asistir a tu funeral. Espero que me perdones. Papá, tu ausencia va a ser muy grande y el dolor que sentimos en estos momentos es muy fuerte, pero no nos vamos a dejar llevar por el victimismo, a ti no te gustaría. Tenemos que ser fuertes y seguir hacia delante. Dicen que, cuando la vida te cierra una puerta, Dios te abre una ventana. Deseo que te fundas con la Luz Infinita, que es Dios, que Él te haga todo lo feliz que te mereces y que te perdone tus errores de humano. Siempre te llevaremos en el pensamiento y en el corazón.
Señor, te dije que no veía tu justicia, pero hoy te digo que toda la familia hemos visto tu mano en toda la gente que se ha volcado para ayudarnos, los amigos que se han ofrecido para cuidar a mi padre por horas, los que se han ofrecido a llevar y traer a mi madre en coche, los que se han ofrecido para hacernos compañía, los que nos han traído la comida hecha si sabían que mi madre no tenía tiempo para cocinar, y así, un sinfín de gente. En todos ellos estaba tu mano, Señor.
Este verano se puso de moda una canción que decía “Papichulo”. Tú te ponías enfrente de mí a bailar, y me decías: “Yo soy tu Papichulo”, y yo te decía que parecías bailando el oso Yogui. Qué vacía está la casa sin ti, con mamá y yo solitas, pero tengo la seguridad de que hay un Dios y un Más Allá, y a ese Dios le pido que le tenga en un buen lugar a mi Homer, Oso Yogui y Papichulo». Olga Bejano