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Alfa & Omega,23/07/09 - En algún pasaje de Ortodoxia, uno de sus ensayos más hermosos y dilucidadores, Chesterton nos recuerda que a Jesús no le agradaba en demasía hacer milagros ante la multitud; y que el milagro más evidente de cuantos realizó durante su vida pública no fue devolver la vista a un ciego, ni curar las llagas a un leproso, ni multiplicar los panes y los peces, ni siquiera devolver la vida a Lázaro; todos estos milagros palidecen ante otro infinitamente más conmovedor, cual es el de convertir a unos burdos pescadores en anunciadores del Evangelio...
Tengo entendido que, para que prosperen las causas de beatificación y canonización, debe acreditarse la comisión de varios milagros.
De Chesterton, desde luego, pueden acreditarse cientos de miles. Ignoro si mediante su intercesión los tullidos han recuperado el movimiento y los ciegos la vista; pero, desde luego, la lectura de sus libros ha abierto las esplendorosas estancias de la fe para muchas personas que deambulábamos por pasadizos sombríos. Como aquellos pescadores analfabetos que un día abandonaron sus barcas, tras escuchar las prédicas de Jesús, muchos lectores de Chesterton hemos sentido, después de leer uno de sus libros, que en sus delicias paradójicas, en su luminoso afán polemista, en sus piruetas teológicas y en sus malabarismos poéticos se cifraba una «emborrachadora verdad que danza y juega», la verdad de la fe cristiana. Y el sabor suculento de esa verdad no nos ha abandonado ya nunca.
Con mi añorado amigo don Eugenio Romero solía conversar sobre Chesterton. Don Eugenio, uno de los hombres de Iglesia de inteligencia más inquieta y cultura más vasta que jamás haya conocido, era también un hombre de una sensibilidad estética a flor de piel; y, como no podía ser de otro modo, anhelaba fervorosamente una nueva primavera de la Iglesia en la que la fe retozara en los prados de la belleza, reverdecida por el genio creador de un nuevo Chesterton. De que Chesterton fue santo a ninguno de los dos nos cabía duda alguna: sólo la
santidad puede transmitir al arte esa buena salud mental, ese sentido común bienhumorado y aplastante, esa alegría de comprender, de convencer, de disputar que descubrimos en las obras de Chesterton; sólo la santidad puede convertir el catecismo en una novela de aventuras, la teología en una intrépida epopeya, la devoción a la Virgen en un poema romántico.
Chesterton estaba poseído de ese amor matinal por la Creación que sólo bendice a los santos; y se pasó la vida entera celebrando todo lo visible y lo invisible, con la exultación de un niño que se hubiese emborrachado con el vino de las bodas de Caná. Decía el gran Leonardo Castellani que Chesterton «tuvo la sabiduría del anciano, la cordura del varón, la combatividad del joven, la petulancia del muchacho, la risa del niño y la mirada asombrada y seria del bebé»; lo cual es tanto como decir que fue un santo, esto es: todo un hombre.
Chesterton fue el poeta del sentido común disfrazado de sinsentido, el príncipe de la sensatez disfrazada de locura. En Chesterton, la verdad se pone a hacer cabriolas, se carcajea de las viejas herejías que nuestra época vende como ideas nuevas, se pasea por el mundo jugueteando con todo lo que pilla, como un niño juguetea con el reloj de su padre. Chesterton destripaba todos los relojes que hallaba a su paso; pero, increíblemente, lograba recomponerlos de tal manera que, a partir de entonces, no se conformaban con medir el tiempo, porque el tiempo es asunto baladí cuando se descubre que los hombres estamos habitados de eternidad.
Fue el más sagaz, divertido y luminoso apologeta de la fe católica; fue un titán de la pluma tocado por la Gracia; fue un poeta que entendió que la fe es, ante todo, exultación y gozo ante las bellezas menudas y descomunales de la Creación. Está pidiendo a gritos que le hagan un hueco en los altares; pero habrá de ser, necesariamente, un hueco espacioso y con una sólida peana, porque, además de santo, Chesterton era un gordo como Dios manda, un gordo con una alegría de vivir de tonelada.
Juan Manuel de Prada