lfa & Omega, 04/03/07 - «El hecho externo fertiliza la inteligencia interna como la abeja fertiliza la flor»: esta luminosa metáfora de Maritain, en su obra Theonas, la retoma Chesterton en su Santo Tomás de Aquino, y añade: «Sobre este matrimonio [realidad-razón], o como se quiera llamarlo, está fundado todo el sistema de santo Tomás. Dios hizo al hombre de modo que pudiera ponerse en contacto con la realidad; y a quienes Dios ha unido, que no los separe el hombre».
Medio siglo después, ya el historiador de la filosofía moral Alasdair MacIntyre diagnosticaba, con no menor lucidez, la catástrofe moral, en todo su significado de destrucción del hombre, que ha supuesto la ruptura de este matrimonio : realidad y razón; y dos décadas más tarde, en la víspera de su elección como Benedicto XVI, Joseph Ratzinger lo definía, con toda precisión, como la dictadura del relativismo.
En el mundo actual -escribía en 1984 MacIntyre, en After virtue (versión en español: Tras la virtud, ed. Crítica, 1987)-, «poseemos fragmentos de un esquema conceptual, partes a las que ahora faltan los contextos de los que deriva su significado [ley, naturaleza, derecho, justicia...] Poseemos, en efecto, simulacros de moral, pero hemos perdido -en gran parte, si no enteramente- nuestra comprensión, tanto teórica como práctica, de la moral». Sencillamente, porque se ha perdido su único verdadero fundamento: el sentido de la vida.
¿Cómo podrá decirse de algo que es bueno o malo -y eso es la moral- al margen de su finalidad? Sin embargo, hoy se dice respecto de lo más esencialmente humano: del matrimonio y de la familia, y hasta del hecho mismo de vivir, degradados a capricho del consumidor en infinidad de leyes promulgadas en el Occidente que se dice civilizado.
Acaba de suceder, sin ir más lejos, esta misma semana en España, tachando de antiguo y, desde luego, de dogmático a quien se atreva a apelar a la realidad de la naturaleza, como ha hecho el Foro Español de la Familia, ¡avalado por millón y medio de firmas con su DNI incluido!, reivindicando de quienes se dicen legisladores que dejen de reconocer como matrimonio lo que no lo es ni jamás podrá serlo. Tal atrevimiento -conviene subrayarlo- es idéntico al de decir, por ejemplo, que un reloj de oro, porque se atrasa, es malo, y en cambio uno de plástico que marca la hora exacta es bueno.
No obstante, tan elemental racionalidad, reconocida para las cosas como relojes, coches o electrodomésticos, brilla por su ausencia cuando se trata de las personas, cuya identidad y destino parece no importar en absoluto, y así quizás se consigan buenos relojes, y hasta de oro, pero no podrán llevarlos más que seres humanos destruidos.
Si no sabemos quiénes somos y para qué vivimos, si permanece a oscuras nuestra conciencia de seres humanos, evidentemente no es posible hablar de realidad objetiva, ni de ley natural.
Sólo puede hablarse de vacío, de náusea y de muerte, todo lo disfrazados de cosas que se quiera, pero en definitiva dando la razón a Sartre, el ateo por excelencia del pasado siglo, que en lógica consecuencia define al hombre como pasión inútil, deseo infinito que no puede cumplirse. Al final, como al principio, sólo el reconocimiento de Dios, que se nos ha hecho presente en Jesucristo, llena al hombre de luz y de libertad.
Lo mostraba con toda claridad el pasado sábado Luca Diotallevi, en el diario Avvenire, a propósito precisamente de las legislaciones sobre el matrimonio y la familia: «¿Acaso sería posible -se pregunta- hablar del Dios cristiano sin hablar de la condición humana?... ¿Acaso existe el más mínimo aspecto de la Revelación y de la experiencia cristiana que sea irrelevante para la Humanidad?... Y ¿cómo podría decirse que un Dios del todo o en parte indiferente a los asuntos humanos aumenta el espacio y la fuerza de nuestra libertad y de nuestra responsabilidad?» ¡Todo lo contrario! «La
Iglesia -concluye con toda razón- ilumina la conciencia, no la elimina».
Conclusión en acuerdo pleno con la lección magistral de Benedicto XVI en Ratisbona: no actuar razonablemente es contrario a nuestra naturaleza humana, precisamente porque «es contrario a la naturaleza de Dios», a cuya imagen hemos sido creados. Reconocer la ley natural no sólo es exigencia de la fe, antes aún -o mejor dicho, porque es exigencia de la fe que define la verdad más honda del hombre- lo es de la razón. Negarla, negar el matrimonio de la mente con la realidad, sólo conduce -lo estamos viendo- a la muerte de la libertad por la dictadura del relativismo, a la negación del propio hombre que acaba en la esterilidad más absoluta. La misma realidad de los hechos desmiente a tales negadores: «Ningún escéptico -de nuevo vale la pena escuchar a Chesterton- obra escépticamente; ningún fatalista obra fatalmente; todos, sin excepción, obran según el principio de que es posible asumir lo que no es posible creer. Ningún materialista que cree que su propia mente ha sido hecha de barro, sangre y herencia, tiene duda alguna en formarse su propia mentalidad. Ningún escéptico que cree que la verdad es subjetiva tiene duda alguna en tratarla como objetiva».