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Alfa & Omega, 17/09/08 - Son quienes mejor conocen el aborto en España. En vez de lucrarse con él, invierten su propio tiempo y dinero y, en el ámbito político, no hacen muchos amigos. Acompañan y ayudan a todo tipo de mujeres: a las que están embarazadas y se plantean abortar, a las que siguen adelante y a las que ya han abortado. Pero con ninguna de ellas (Provida, AVA, LAM, Fundación Vida, etc.) ha contado el Gobierno para su Comité de expertos sobre el aborto. Sí con los partidarios del aborto. La Asociación de Víctimas del Aborto criticó, el pasado lunes, en una rueda de prensa, que en dicho Comité de expertos no hay ningún psiquiatra ni psicólogo, y, como han hecho otras organizaciones pro-vida, se ofreció voluntaria para llenar ese vacío con su experiencia.
También presentaron un Informe científico sobre el decreto de confidencialidad y la reforma del aborto, en el que, entre otras cosas, denunciaban la pasividad de los centros abortistas a la hora de detectar y denunciar violencia machista o abortos forzados, y pedían que, antes de un aborto, se realicen tres evaluaciones psíquicas y psicológicas por personal independiente; que se informe de forma completa sobre las consecuencias físicas y psíquicas del aborto y sobre sus alternativas (algo regulado ya en 1986), y que se realice un seguimiento obligatorio, también psíquico o psicológico.
Muchos atribuirán las declaraciones de AVA y otras asociaciones al hecho de que defienden que el aborto es una forma de violencia contra el niño y la mujer. Pero esta demanda de AVA es muy similar a la que la revista médica británica The Lancet, una de las más prestigiosas del mundo, hacía el pasado 23 de agosto en su editorial: «No se puede trivializar el hecho de que algunas mujeres experimentan problemas psicológicos después de un aborto… Se les debe ofrecer un paquete completo de seguimiento, incluyendo asesoramiento psicológico si es necesario».
Síndrome post-aborto
La existencia del síndrome post-aborto (SPA) está dejando, muy lentamente, de ser un tabú, e incluso organizaciones defensoras del aborto empiezan a reconocer su existencia, aunque no saquen consecuencias. El Real Colegio de Psiquiatría del Reino Unido, en marzo, recomendó no su abolición o limitación, pero sí que, en los folletos que se dan a las mujeres que se plantean abortar, se incluyera el riesgo de depresión. Unas semanas antes, el suicidio de una artista de 30 años tras abortar a sus gemelos había sorprendido al país.
Uno de los últimos estudios respaldando la existencia del SPA es el realizado por la Universidad de Oslo, en el que encontraron una relación significativa entre depresión y veinteañeras que habían abortado, incluso contando con otros factores de riesgo. Uno de los estudios más completos sobre el SPA lo publicó, en 2005, un ateo proabortista que esperaba demostrar que no existía. Para ello analizó 25 años de datos de mujeres neozelandesas y descubrió, para su sorpresa, tasas más elevadas de depresión, ansiedad, drogadicción, alcoholismo y comportamientos suicidas.
Sin embargo, en el caso de que al Comité del Gobierno le interesen los datos, los tiene a su medida. La Asociación Americana de Psicología (APA) presentó a mediados de agosto un informe de 90 páginas elaborado por seis expertos, que afirma que sólo se dan problemas para la salud mental cuando se aborta por malformaciones a un hijo deseado, o los atribuye al estigma social. Tres de los autores son defensores declarados del aborto. La Presidenta del grupo de trabajo negó el SPA en un estudio del que no se pudo utilizar el 50% de la muestra y a cuyos datos no ha dejado, como pide el código ético de la misma APA, que accedan otros investigadores para verificarlos. Para la APA, negar el SPA es el consenso científico y, en palabras de una portavoz, no importa que surjan nuevas pruebas porque, «para los defensores del aborto -la APA lo es oficialmente desde 1969-, los efectos para la salud mental no son relevantes».
María Martínez López