lfa & Omega , 03/11/06 - (España) - Algunos periodistas habían afirmado, en las vísperas, que el Pontífice se pronunciaría sobre esta cuestión, con motivo de esa reunión de teólogos que representan la flor y nata de la teología católica en el mundo, y que están redactando un documento sobre los niños fallecidos sin el Bautismo. El Papa, según esas previsiones, esclarecería definitivamente todo lo relativo al limbo. En realidad, el Santo Padre no podía afrontar de lleno el argumento, pues si él se hubiera pronunciando sobre esta cuestión, el documento de los teólogos dejaría de tener sentido ante un pronunciamiento papal. Era una simple cuestión del más elemental respeto por el trabajo que estos académicos están realizando.
De hecho, los documentos de esta Comisión no forman parte del magisterio de la Iglesia, pero buscan ayudar a la Santa Sede, y especialmente a la Congregación para la Doctrina de la Fe, a examinar cuestiones doctrinales de particular importancia.
Si todo va bien, el documento de la Comisión podría ver la luz en el año 2007. Está afrontando este tema desde hace años, a petición de Juan Pablo II. Algún periodista ha ironizado si no hay en el mundo temas más importantes para estos catedráticos que el limbo. La cuestión, sin embargo, es mucho más decisiva de lo que parece.
El Secretario General de la Comisión Teológica Internacional, el teólogo español padre Luis Ladaria, jesuita, explicó en Radio Vaticano que, sobre el limbo, «no hay una definición dogmática, no hay una doctrina católica que sea vinculante».
«Sabemos que, durante muchos siglos, se pensaba que los niños muertos sin bautizar iban al limbo, donde gozaban de una felicidad natural, pero no tenían la visión de Dios. A causa de los recientes desarrollos no sólo teológicos, sino también del Magisterio, esta creencia hoy está en crisis», aclaró.
Para entender la cuestión, el padre Ladaria aclaró: «Tenemos que comenzar por el hecho de que Dios quiere la salvación de todos y que no quiere excluir a nadie; tenemos que fundamentarnos en el hecho de que Cristo ha muerto por todos los hombres y de que la Iglesia es un sacramento universal de salvación, como enseña el Concilio Vaticano II».
«Por tanto, si partimos de estos presupuestos, el problema de la necesidad del Bautismo se enmarca en un contexto más amplio», indicó. La cuestión del limbo, por tanto, pone en el tapete de la discusión el tremendo misterio de la misericordia de Dios y de su manera de actuar.
Que los niños se acerquen a Mí
Quien no duda en tomar una posición clara sobre este tema es el padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia: «Olvidemos la idea del limbo como el lugar sin alegría y sin tristeza en el que acabarían los niños no bautizados».
El teólogo capuchino aclara el gran malentendido histórico: «¡El limbo sería infierno!», pues «el infierno consiste esencialmente en la privación de Dios». «La doctrina del limbo nunca ha sido definida como dogma por la Iglesia -aclara en un comentario litúrgico-; fue una hipótesis teológica, en su mayor parte dependiente de la doctrina de san Agustín sobre el pecado original, y fue abandonada, en la práctica, hace mucho tiempo, y la teología también se aparta actualmente de ella».
Y propone: «Deberíamos tomarnos seriamente la verdad de la voluntad universal de Dios por la salvación (Dios quiere que todos se salven [1 Timoteo 2, 4]), así como la verdad de que Jesús murió por todos ».
En realidad -concluye-, ya el Catecismo de la Iglesia católica, en el número 1261, se ha pronunciado sobre esta cuestión, cuando dice: «En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf. 1 Timoteo 2, 4), y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis (Marcos 10, 14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo Bautismo».
Jesús Colina
Roma