adrid, 31/03/04 (Alfa & Omega) Acaba de fallecer don Antonio Millán-Puelles, una de las cabezas más preclaras de la filosofía española y mundial del último medio siglo. Académico numerario de la Real de Ciencias Morales y Políticas, catedrático de Metafísica de la Universidad Complutense, todos los que hemos tenido la suerte de recibir de viva voz su magisterio sabemos de su buen hacer y humanidad, de su estilo a la vez brillante para la materia y modesto para su propia persona, del alto nivel de exigencia que a sí mismo se imponía, por respeto a la filosofía y a los estudiantes que atendía, del cuidadoso empeño en buscar la claridad y suscitar la atención por lo verdaderamente interesante, recurriendo en ocasiones a una fina ironía y a su bien acendrado sentido del humor.
Asiduo a ciertos recursos retóricos como los juegos de palabras, en los que gastaba un ingenio muy notable, pero sin hacer nunca concesiones que rebajaran la dignidad del trabajo docente y, sobre todo, la envergadura de los temas que abordaba en clase, hemos podido ver en su persona una representación preclara de la filosofía como forma de pensar, y también de vivir.
Nunca quiso simplificar la filosofía. A lo largo de toda su carrera docente, su esfuerzo no consistía en rebajarla para que estuviera al alcance de los estudiantes, sino en habilitarnos para que llegáramos a entenderla en toda su profundidad. Fuera de la universidad, en conferencias, coloquios, etc., y cuando no se dirigía a un público especialmente versado en estas cuestiones, los temas filosóficos adquirían un atractivo e interés capaz de entusiasmar a cualquiera, y que difícilmente podía dar a la filosofía quien no ha llevado a cabo un esfuerzo titánico por profundizar en ella y por explicarla con claridad.
He aquí la clave de su peculiar estilo docente, la perfecta combinación entre claridad y profundidad. Con toda justicia le son aplicables sus propias palabras: «El dicho, no escasamente difundido, según el cual se dedican a la enseñanza quienes realmente no sirven para otra cosa, no tiene por fundamento ningún dato objetivo, y su origen debe buscarse únicamente en la lógica propia del utilitarismo» (El interés por la verdad, ed. Rialp).
De todas maneras, lo que de su personalidad más destacaba en clase era su entusiasmo por la filosofía y su coherencia de vida. Todos los que conocen a don Antonio saben bien de su honradez intelectual, y quienes hemos frecuentado sus lecciones no hemos visto en él una sola concesión a un planteamiento extraño al interés por la verdad. Era patente, además, que vivía lo que decía, y que se hacía cargo plenamente de todas las consecuencias, tanto teoréticas como prácticas, de los planteamientos que defendía.
Hablar de Millán-Puelles es hablar de filosofía. Toda su vida se enmarca en el ideal del sabio, el que busca y ama el saber, con la conciencia de no acabar nunca de poseerlo en plenitud. Su personalidad puede describirse diciendo que es la de un hombre entregado por entero al trabajo filosófico. Desde que en sus años de estudiante la lectura de las Logische Untersuchungen, de E. Husserl, le arrancara de sus estudios de Medicina, que sólo llegó a comenzar, su biografía intelectual es la de quien ha tenido como meta permanente la búsqueda de la verdad y el servicio abnegado a ella.
Es difícil encontrar unidos el rigor característico del pensamiento de tradición alemana con la agudeza intuitiva de raíz latina. Millán-Puelles logra una feliz síntesis de estas dos fuentes de su propio filosofar. Su profunda disciplina de pensamiento ?tenazmente forjada con el método escolástico? no le hace perder la expresividad y viveza de sus raíces andaluzas.
Familiaridad con los clásicos:
Ha dedicado un esfuerzo exhaustivo al estudio de los clásicos del pensamiento occidental; su dominio del aristotelismo, del tomismo, de la tradición kantiana y de la fenomenológica ?cuyos textos leía en la lengua original con perfecta soltura? encuentra difícil parangón entre sus contemporáneos. Pero también ha dedicado muchas horas a leer a los clásicos de la literatura universal, en especial los del Siglo de Oro español. Su castellano tiene la gracia de la expresión afortunada, justa, tantas veces paradójica. La consistencia de su discurso, la envergadura de sus planteamientos y la penetrante profundidad de sus observaciones componen, junto con la elegancia de su expresión, un trabajo filosófica y literariamente cabal.
Uno de los compromisos esenciales de su esfuerzo intelectual es la claridad. Sus escritos distan mucho de la lucubración abstracta y esotérica que algunos, casi instintivamente, adscriben al trabajo filosófico. Nada más lejano a su estilo, franco y abierto. Sus tesis son nítidas, su discurso bien ensamblado. Tanto en sus escritos como en las lecciones magistrales, e incluso en la conversación informal sobre cuestiones de pensamiento, el lector, oyente o interlocutor tiene siempre la impresión de estar ante quien no tiene nada que ocultar, y mucho menos algo que aparentar.
Su pensamiento y su estilo filosófico era el de un realismo no simplista ni dogmático: abierto siempre al diálogo con la tradición viva, al contraste con las eternas cuestiones del pensamiento occidental, y al enriquecimiento con otras posturas alternativas, sin caer jamás en un sincretismo irenista. Su convicción más neta: la riqueza de lo real, que se deja entender y, al mismo tiempo, se sustrae, invitando siempre a nuevas profundizaciones y ampliaciones de la investigación. Su actitud respecto de las ideas que no compartía era de una honestidad extraordinaria, la del noble reconocimiento de los puntos que entendía verdaderos y la de poner de relieve, siempre con respeto, pero sin la menor concesión, lo que le parecía falso. La estima que profesaba por determinados filósofos en ningún caso le impedía rebatir ?con un rigor argumental impecable, aunque no exento de elegancia humana? aquellos planteamientos con los que discrepaba.
No son estas palabras un elogio gratuito, sino un sincero y creo que justísimo homenaje a quien, para mí, ha encarnado mejor, entre todos los filósofos que he conocido, los grandes ideales socráticos que dieron lugar al surgimiento del pensamiento en Occidente. Descanse en paz, don Antonio.
José María Barrio Maestre