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Alfa & Omega, 10/11/07 -
La primera vez que puse el pie en El Estero me mareé. A las 11:00 de la mañana, el calor de la costa salvadoreña es insoportable. Pero es que, en El Estero, lo peor era el olor. Unas doscientas chozas construidas sobre barro que ha ganado terreno al mar. Toda aquella agua sucia y putrefacta. Estaba lleno de gente. Al primer contacto con el brazo de una mujer anciana, se me quitó el mareo. El rostro sonriente, el cabello enmarañado, las arrugas... Acababa de cruzar descalza el canal con el agua hasta los muslos. Su chocita no tenía puente colgante para llegar hasta tierra firme. «Al mercado, a vender maíz». Con un brazo sostiene la canasta de maíz en su cabeza. Con el otro se pone las chanclas. No deja de reír. «Que le vaya muy bien», le digo tratando de sonreírle. «Primero Dios, primero Dios». Luego me enteraré que esto, en El Salvador, significa: «Quiera Dios que sea así». De lejos, sus dos nietos, Oscar y Dina, la miran colgados de las estacas de su terrenito. Su madre trabaja lejos y se los ha dejado a la abuela. No van al colegio porque no tienen ni para comer. Menos para cuadernos y lápices.
Volvimos otros días a El Estero. La directora del colegio Mano Amiga nos explicó que estaban tratando de organizar que Oscar y Dina fueran al colegio. No pagarían nada, pero el tema, de momento, era el transporte diario. Su sueño era sacarlos de ahí y llevarlos a vivir a CIDECO, el Centro Integral de Desarrollo Comunitario donde se encuentra el colegio Mano Amiga. La Fundación Altius ha levantado esta pequeña colonia de casitas con agua corriente, luz, clínica, iglesia y escuela Mano Amiga para poder alojar a familias salvadoreñas sin recursos, como las que viven en El Estero, o que han perdido su hogar en catástrofes naturales. Lo importante no es sólo ofrecerles un techo, sino todos los medios para que estas personas puedan desarrollarse de forma digna y salir adelante en su vida familiar y profesional.
Olving, el administrador del colegio Mano Amiga, nos acompañaba a todas partes durante el reportaje. Es un joven risueño, dinámico y sencillo. A nuestro paso por las callecitas de CIDECO, todo el mundo le saludaba. Pronto descubrí que estaba al día de los sufrimientos grandes y minúsculos de cada familia. «¿Ya se recuperó su hija, señora?» -«Pues le dijeron en el doctor que dos semanas más sin ir al colegio, por su oído». -«Ah, entonces no la vamos a ver por ahí. Que se mejore, pues». -«Primero Dios, primero Dios». Y en otra casa fue el marido con la pierna rota, y en otra, la gotera de la cocina, y más allá, la hija embarazada y sin trabajo. Y así y así y así. Aquello de vísteme despacio que tengo prisa lo aplica Altius al pie de la letra. Hay que ayudar a las personas a salir de la pobreza de modo que lleguen a transformarse y no vuelvan a ella. Pero es un trabajo lento, a cuenta gotas. Gotas de atención, de detalle, de tiempo dedicado a cada uno.
Pocos meses antes habíamos pasado quince días en la selva del Amazonas con los médicos de Helping Hands. A través de ellos, la Fundación Altius ofrece atención médica gratuita a la gente que vive en la rivera del río. No era nada raro encontrar cada día de misión a muchas personas que nunca habían visto a un médico. Llegaban en lancha, por el río. Cómo me llamaban la atención los sermones de Carmo a sus pacientes. «Lo ve, señor. Su hija está perdiendo los dientes y tiene sólo once años. Tiene que lavarse la boca todos los días, todos. No puede ser esto. Por la noche, todos los días». Y Carmo sufre e insiste. También sufrían el resto de los médicos: Massimo, Adriano, Pedro, Alice. A esta gente no la vuelven a ver. Se quedan ahí, en la selva. Ayudarles durante veinte minutos sin saber si sabrán cuidarse en adelante. Qué difícil. Se quedan ahí. Cuánto por hacer. Nadie les ha explicado lo importante que es la higiene. Viven al lado del río, sin baño, sin luz, sin agua potable. Eso sí, con unas antenas parabólicas de miedo. Y no se lavan los dientes. Y eso que escuchan y agradecen y aprueban lo que les explican los doctores. Pero después se subirán a su lancha, llegarán a sus cabañas, una especie de cajones de madera sobre el río, y, mientras unos plantan piña a la que llaman abacaxi, otros matarán el tiempo mirando por la ventana. Pero Adriano opina que vale la pena sembrar siempre. El bien que se hace a los pacientes, aunque sólo sea por la forma de tratarlos, se les queda y no lo olvidan. Por eso salen de la consulta con sonrisa de Seres de luz.
Gloria Conde