lfa & Omega, 26/03/07 - Algunos padres no quieren que sus hijos vayan al Seminario. Se lo escuché decir, el domingo, a un seminarista venido de Sri Lanka. Imagino que prefieren que esos jóvenes se dediquen a algo más productivo (en cuanto a ingresos económicos; lo que se produzca ya es lo de menos). Que estudien una carrera, que aprendan un oficio... Que no pierdan el tiempo, vaya.
Horas más tarde presencié un partido de fútbol entre chavales. Tampoco estaban dispuestos a perder el tiempo. Vestían uniformes impecables. El campo era de césped artificial. Todo muy profesional. En la grada, los padres especulaban sobre si tal o cual chico ficharía la próxima temporada por el filial de un gran equipo. El partido no era ningún juego. En las caras de los pequeños futbolistas se reflejaba la tensión. Aquello era un asunto muy serio. Siempre puede haber un ojeador al acecho.
Tiempo. Eso es lo que, según todas las encuestas, más echamos en falta. ¡Es el estrés de la vida moderna!, decimos.
Muchas personas están solas en los hospitales y en las residencias de ancianos porque nadie tiene tiempo para ir a verlas. Muchos católicos apenas rezan porque están demasiado ocupados. Muchos padres apenas ven a sus hijos porque tienen cosas muy importantes que hacer. Y, sin embargo, nunca fueron tan reducidas las jornadas laborales; nunca estuvieron tan llenas las terrazas de los bares y los centros comerciales... ¿Falta de tiempo? Los españoles vemos, como promedio, ¡tres horas y media de televisión al día! Habrá que buscar otras excusas, puesto que tiempo hay de sobra; cosa distinta es que no queramos regalárselo a los demás. Se me ocurre, por ejemplo, el materialismo. La secularización ha estrechado nuestros horizontes vitales y éstas son las consecuencias: nuestras vidas cada vez se parecen más a un producto de usar y tirar.
Ricardo Benjumea
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