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Alfa & Omega, 16/07/08 - Desde que en 1959 la revolución castrista tomó el poder, la Iglesia católica ha sufrido los efectos de la dictadura cubana: miles de sacerdotes y religiosas fueron expulsados de la isla; todas las escuelas católicas, nacionalizadas; y decenas de templos pasaron a ser cantinas o salas de baile. Desde el 59 no se han podido construir nuevas iglesias, y casi ni reconstruir las que siguen en pie. Pero el castrismo no ha podido doblegar a la Cuba católica. Ahora, Ayuda a la Iglesia Necesitada lanza una campaña para auxiliarlos
Yo no quiero que las flores sepan/ los tormentos que me da la vida./ Si supieran lo que estoy sufriendo/ por mis penas llorarían también./ Silencio, que están durmiendo/ los nardos y las azucenas./ No quiero que sepan mis penas/ porque si me ven llorando, morirán. Hace unos meses, sentado en su poltrona, un obispo de Cuba lloraba calladamente al escuchar la letra del bolero Silencio, escrita por Rafael Hernández para relatar cómo intentaba ahogar las discusiones con su esposa mientras sus hijos dormían. Un siglo después de ser compuesta, el prelado lloraba por recordar cómo sufre en silencio la Iglesia en Cuba, asfixiada por las imposiciones de la dictadura castrista y obligada a mantenerse firme para que los católicos de la isla no desfallezcan en su seguimiento de Cristo. Una imagen dolorosa que revela la complicada situación en la que viven los católicos cubanos. No, no está el país como para escatimar lágrimas.
Espías en las parroquias
Desde que en 1959 triunfó la Revolución comunista de Fidel Castro, miles de sacerdotes y religiosas han sufrido el exilio y la deportación; no se ha podido construir ningún templo, ni apenas reconstruir los que permanecen en estado semiruinoso; la Iglesia ha sido expulsada de la escuela; sólo puede acceder, un par de veces al año, a los medios de comunicación; los espías del Partido comunista (la única formación política de Cuba) se infiltran en parroquias y Consejos pastorales... Manel y Eugenia, un matrimonio español que, en unos días, viaja a la isla para misionar allí por segundo verano consecutivo, relatan la situación: «Es increíble la falta de libertad que tiene la gente para expresarse como católicos. Tienen miedo a que cualquiera pueda delatarlos, incluso dentro de sus comunidades y familias. A nosotros nos vigilaron desde que llegamos al aeropuerto, y conocían nuestros movimientos en todo momento. De hecho, un día irrumpieron en nuestra habitación, registraron todo y requisaron las Biblias que teníamos, porque para ellos evangelizar es una acción ilícita que va contra el Régimen». Y la situación vivida por Manel y Eugenia no es una mera anécdota. Por eso, para auxiliar a la asfixiada Iglesia cubana, la sección española de Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIN) -una ONG dependiente de la Santa Sede- le ha lanzado un balón de oxígeno en forma de campaña, con la que pretende financiar un total de 22 proyectos para reevangelizar la isla.
Como un portafotos
Don Javier Fariñas, de AIN-España, asegura que, «más que perseguida, la de Cuba es una Iglesia vigilada, acosada. Castro dejó muy claro desde el principio que no quería templos destruidos ni sacerdotes fusilados, porque un mártir es semilla de conversiones. Sin embargo, el dominio social y educativo del Régimen hace imposible vivir la fe con libertad, y hay generaciones enteras que han crecido sin conocer nada de lo que es la Iglesia y el Evangelio». En efecto, la falta de formación es palmaria. Un ejemplo es la situación por la que pasó un sacerdote en la aduana del aeropuerto de La Habana. En su maleta llevaba una Custodia para entregarla en la diócesis que le acogía, ante la falta de recursos con la que cuentan los sacerdotes cubanos para poder realizar una adoración eucarística. La Policía requisó el objeto ante la sospecha de que sirviese para evangelizar. Sin embargo, cuando le preguntaron qué era aquello, el sacerdote respondió: «esto es como un portafotos: sirve para meter el rostro de alguien en el círculo del centro». Los policías, que nunca antes habían visto una Custodia, creyeron la explicación y el presbítero pudo entregarla en la diócesis.
El obispo de Santa Clara, monseñor Arturo González,
reparte ejemplares de la Biblia del Niño,
mientras explica la Palabra de Dios a un grupo de niñas Ante la ausencia de agentes pastorales adultos y bien formados (los pocos que hay emigran de la isla en cuanto pueden), la evangelización en Cuba es tarea de los sacerdotes y misioneros, y sobre todo, de los abuelos que vivieron un día su fe en libertad, y de los niños que han nacido después del viaje de Juan Pablo II en 1998. Porque, como se ha dicho muchas veces, aquella visita pontificia supuso un antes y un después para la isla. «Los padres de treinta y cuarenta años han crecido en plena revolución, y no saben nada de la Iglesia. Los adolescentes y veinteañeros están inmersos en las becas (internados educativos obligatorios), donde son adoctrinados en los principios del Partido mientras se les induce a la promiscuidad, tanto entre alumnos como entre alumnos y profesores. Por eso, los niños y abuelos se están encargando de evangelizar a las generaciones intermedias, a los que no podríamos llegar porque no van a las iglesias», dice Fariñas.
Cartillas de racionamiento
Aunque el acoso gubernamental afecta especialmente a los católicos, la sociedad en su conjunto sufre los efectos de una dictadura que se perpetúa desde hace 50 años. A pesar de la idílica imagen turística de la isla, la mayoría de los cubanos viven con un salario de entre 10 y 14 euros; dependen de una cartilla de razonamiento para conseguir 16 productos básicos para la supervivencia -y no todos los meses se ofrecen los 16-; no pueden acceder a la carne de ternera (un kilo cuesta, en el mercado negro, un tercio del salario mensual, pues cada res pertenece al Estado y no puede ser sacrificada sin permiso especial) y la mayoría de los niños y ancianos sufren malnutrición. Y eso, por no hablar de los miles de cubanos que no desayunan ni cenan porque no tienen con qué llenar el plato, o de las madres que recogen de la basura los escasos pañales que las familias adineradas usan para sus bebés, con el fin de lavarlos y reutilizarlos. Junto a todos los que sufren, y son muchos, está presente la Iglesia. Esa Iglesia acosada, vigilada, presionada, pero que no renuncia a anunciar el Evangelio y a ayudar a los demás. La misma que AIN quiere seguir manteniendo en pie. Porque, como recuerdan Manel y Eugenia, «la esperanza en Cuba son los cubanos y las vocaciones. Es un pueblo con sed de Verdad y de libertad, porque la Verdad lleva oculta 50 años. Quienes tienen fe se mantienen firmes, y tienen una gran capacidad para abrirse a lo trascendente. Y hay que estar con ellos»..
José Antonio Méndez