6/11/05 , Alfa & Omega - Han pasado cincuenta años desde aquella mañana del 24 de septiembre de 1955, el día de nuestra boda. Siento todavía hoy la conmoción indecible que me produjo el improvisado aplauso que recibió a mi amadísima Gianna desde el momento en que entró en la iglesia hasta que llegó al altar, acompañada de su hermano mayor, Francesco.
Una gracia más grande y más deseada no podía hacerme la Mamá del cielo, la invocada Madre del Buen Consejo. Fue Gianna en persona la que eligió los claveles blancos que adornaron la basílica; y, al término de la ceremonia, donó su ramo ante el altar de la Virgen, de la que era tan devota. Don Giuseppe, hermano de Gianna, fue quien bendijo nuestro enlace, y recuerdo de modo particular cómo nos exhortó afectuosamente al testimonio del Evangelio y la santidad, bajo el admirable ejemplo de los santos progenitores.
Aquella mañana comenzó para nosotros la plenitud de una vida nueva: toda una sucesión de días vividos con una alegría inefable, con nuestros maravillosos hijos, de serenidad luminosa, de temores y de sufrimiento, hasta la mañana de aquel sábado 28 de abril de 1962 en que vi a Gianna partir hacia el cielo, alcanzando la cumbre del amor más grande que Jesús nos ha indicado.
Pero el Señor, en su infinita bondad y misericordia, nos ha bendecido nuevamente, con una don y una gracia sigularísimos e inconmensurables: nos ha re-donado una esposa y una mamá santa, para nuestros hijos y para el mundo entero. Muchas veces digo que no me bastará la eternidad para agradecer al Señor el singularísimo regalo que me ha hecho, entre los tantísimos dones que de Él he recibido, y continúo recibiendo a lo largo de mi ya larga vida.
Ahora, teniéndola siempre presente, me arrodillo delante de Gianna, mi santa esposa, y me acojo a su oración y a su intercesión. Ruego a mi amadísima Gianna que me ayude a ser lo más digno posible de ella, en la gozosa esperanza de poder abrazarla de nuevo en el Paraíso.
Pietro Molla