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Alfa & Omega, Hoy necesito escribir. Esta mañana, mientras paseaba cabizbajo, una conversación seguía mis pasos… «¿Pero se cayó, o se puso de rodillas y luego no se podía levantar?» El médico le preguntaba a Carmen si se había caído al suelo accidentalmente, o si estaba de rodillas y, al querer incorporarse, no le fue posible.
Mi trabajo me obliga a enfrentarme a infinidad de casos realmente difíciles de afrontar sin que se lastime mi corazón, pero la vida de Carmen no puede compararse a la de ningún otro residente. Sus dolores no son, ni por asomo, comparables a ninguna otra afección de las personas que conforman este entorno, donde la Providencia me ha marcado una parada. Carmen sufre una terrible distrofia, encerrada en una enfermedad que le obliga a caminar en silla de ruedas y precisa de ayuda para prácticamente todas las habilidades comunes. Sin embargo, en su interior, no sufre ninguna dolencia; al contrario, la paz que irradia es el reflejo de lo que su alma siente. Apenas puede hablar, pero lo intenta y derrama hasta la última brisa de aliento por decirte una sola palabra. Apenas puede escribir, pero traza sobre su cuaderno historias de amor que su corazón le cuenta. No viste ropas fastuosas; su único y más sublime abalorio es una cruz en su cuello. Él es su vestuario y su único equipaje.
Me habían dicho que no le acostaban a la misma hora que a los demás residentes, porque hacía sus oraciones antes de dormir. Me llamó la atención. Despertaba curiosidad en mí que alguien como ella, dentro de la debilidad que le encubre, no desesperase en su fe. Tras conocerla, he podido saborear y ver a Dios todos los días en su mirada, en su incansable humor y en una fe que no vacila. Todo un ejemplo de vida entregada a Aquel que murió en la cruz.
Cuando escuché aquella frase, no he tenido más remedio que emocionarme. «¿Se puso de rodillas y luego no se podía levantar?» Al instante, vislumbré la respuesta... Era de noche, cuando los demás residentes ya dormían. Pero ella estaba en vela, con sus rodillas lastimadas, pero con el rostro sonriente y revestido de paz. No se había caído; había clavado sus rodillas en el suelo para implorar al Dios de la vida y pedirle clemencia, igual que aquella noche en que, en el Huerto de los Olivos, Jesús le pedía al Padre que apartase de Él aquel cáliz, pero que cumpliese su voluntad.
Me emocioné. Mis lágrimas eran el fruto del amor de Carmen hacia Aquel que lleva en el cuello clavado sobre una cruz . Sólo puedo dar gracias al Padre por enseñarme que, más allá de mis miedos e inseguridades -y con ángeles como Carmen-, debo sonreír y no desesperar nunca. Sólo he de arrodillarme. Si no puedo levantarme, Él se encargará.
Carlos González García
Sin perder la sonrisa
Todo empezó en septiembre de 2006. Al volver de nadar, de la piscina, mi padre le dijo a mi madre: «Carmina, no puedo andar». Empiezan las pruebas, hasta que le derivan al oncólogo. Nos dijo: «Si eso es así, hay que aceptarlo». Me quedé petrificada con sus palabras de resignación, y pedí a Dios me ayudara a soportar la prueba.
En ningún momento se quejó de nada. Al final aumentan los dolores, y la enfermedad florece, creándole llagas en su cuerpo, pero sigue sin quejarse. En el último mes, un día, encontrándose muy mal, nos dijo: «Me gustaría rezar el Rosario». Cuando terminamos, mi madre le dijo: «Hemos rezado por tu salud». Él movió la cabeza: «No, yo he rezado por la vuestra».
Como no podía tragar la medicación, tuvimos que ingresarle. Llegó al hospital sabiendo que era su final. Un día vi cómo se despedía de un amigo. Me quedé en la puerta, observando: mi padre, con una sonrisa en sus labios y una mirada en sus ojos llena de paz, le agarró las manos a su amigo. Otro día, nos contó un enfermero: «Le he preguntado si tiene dolores, y dice que sí, pero que no le ponga ningún calmante, ya que le dejan dormido y que por la tarde va a recibir visitas, y quiere atenderlas». ¡Qué feliz se sentía cuando nos veía a todos alrededor!
El 6 de agosto de 2007, le comenté a mi hermana: «Papá se va a morir hoy». Me preguntó por qué, y le dije: «Porque hoy es el día de la Transfiguración. Mañana no es nada y papá no se va a morir un día cualquiera». Efectivamente, a las diez y diez de la noche, nuestro padre subió al cielo, llevándose en sus manos un Niño Jesús, una estampa de Juan Pablo II que le acompañó todos los días de estancia en la clínica, una estampa de la madre Teresa y unas fotografías de las últimas Navidades, en las que salimos toda la familia.
Ana Navarro