lfa & Omega, 26/11/06 - «Empecé probando sensaciones nuevas, allá en Colombia, y a los 13 años estaba en la calle. Me pasé 17 años delinquiendo, allí y aquí; estuve dos veces en la cárcel, y me apuñalaron una. Tuve varias sobredosis. El amor de una persona que no me conocía de nada fue lo que me ayudó a salir».
Éste es el resumen del periplo de Jaime, hasta que, en la cárcel, un psicólogo de Proyecto Hombre se mostró convencido de que, en el fondo, era bueno. Por respeto, Jaime dejó de drogarse para que no le viera colgado. «Sin darme cuenta, pasé una semana limpio. Vi que había esperanza».
Casi nunca es suficiente con la mera desintoxicación física. «El objetivo -explica José Luis Sancho, de Proyecto Hombre- es que la persona vuelva a recuperar el control sobre su historia, que cambie la forma de entenderse y de entender el mundo».
Estos testimonios y otros similares se pudieron escuchar en la mesa redonda de las Jornadas ¿Soy libre?, organizadas por el servicio de Pastoral de la Univesidad CEU San Pablo. Quienes contaron su experiencia comparten no sólo una enfermedad crónica, sino también que una mano y una voz amiga llegaron a ellos en el momento justo. Un adicto anónimo explicó cómo, tras dos años durmiendo en la calle, la única amiga que le quedaba le ofreció ayuda. «Si no la aceptaba, no me verría más, porque no quería verme morir. Algo en mí hizo clic. En el programa me recibieron con cariño y me enseñaron que podía vivir sin droga». Ahora es un hombre casado, con un hijo y otro en camino, y está agradecido: «A veces pienso que, si no hubiera pasado por eso, no sabría lo que sé».
Familias enfermas
Las familias no sufren sólo como espectadores de este drama. Los más cercanos a los adictos están tan enfermos como ellos, según testimonia una persona miembro de Familias Anónimas, cuya hija lleva diez años en recuperación. Urra, casada 13 años con un adicto y viuda desde hace 14, explica que la adicción de su marido también la «anuló como persona» a ella: «Mentía a nuestros padres. Yo también perdí a mis amigos; y sacarle se convirtió en mi único objetivo». Por ello, los familiares de adictos tienen el mismo programa de 12 pasos propio de Alcohólicos Anónimos, y el mismo planteamiento: fe en un ser superior, amor al prójimo, y erradicación del sentimiento de culpa. «Cuando se toman en serio, el amor y la fe son muy fuertes. No podía ayudar a mi hija, sólo rezar por ella. Al cabo de un año, pidió ayuda», asegura esta madre, agradecida porque, al luchar por salvar a su hija, pudo resolver otros muchos problemas.
Los protagonistas de estas historias han vivido el infierno desde dentro, y tienen opiniones muy claras acerca de la causa subyacente del problema. «Las adicciones son la punta del iceberg», explica José Luis Sancho, en un mundo que, como añade la citada miembro de Familias Anónimas, «estamos rodeados de adicciones, porque todo se puede comprar». Como explica un adicto en recuperación: «Se puede educar a los hijos para que sepan elegir, no dejarse llevar por el consumo ciego».
María Martínez López
El obispo y el porro
No todas las historias de adictos en recuperación acaban bien, humanamente hablando. A veces, tras haber rehecho su vida, todo vuelve a venirse abajo por el sida. Muestra de ello es Zumárraga y los municipios cercanos, donde la droga tuvo una gran incidencia en los ochenta y principios de los noventa. El entonces párroco de esa localidad, y ahora obispo de Palencia, monseñor Juan Ignacio Munilla, considera el haber podido acompañar a esos enfermos como «una de las mayores gracias» que Dios le ha dado.
Monseñor Munilla fue uno de los invitados en la mesa redonda de la jornada ¿Soy libre?, y recordó cómo, joven y recién llegado a la parroquia, se encontró con el problema «sin comerlo ni beberlo», y fue incapaz de organizar su vida «como si no pasara nada». Contactó con Proyecto Hombre, por donde pasaron más de cien chicos, y se crearon grupos de apoyo y pandillas alternativas. Casi todos murieron en unos años: «Se habían reconciliado con su familia y podían mirarse al espejo, pero ¿tenía sentido? La respuesta es Jesucristo, que da sentido último al puzzle de nuestra vida».
Guiado por esta experiencia y unas semanas después de ser ordenado obispo, monseñor Munilla, el obispo más joven de España, ha escrito sobre las drogas en su primera Carta pastoral, Manda el porro a la porra, breve y con un lenguaje muy cercano a los jóvenes. Señala que «ya no estamos en la droga de la curiosidad, ni de la rebeldía, sino en la de la falta de sentido» de los jóvenes, para los cuales el ocio es el refugio ante la falta de sentido de su vida. Ante esto, «no sólo hay que tener las ideas claras, sino ser educados en voluntad. Se confunde voluntad con deseo, y la voluntad acaba sometida».
M.M.L.