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Alfa & Omega,25/09/10 - «Hijos míos, sed buenos, amantes de la Santísima Virgen. Tengo por el don más precioso de cuantos Dios me ha dado el de la fe. Os emplazo a reuniros conmigo en el cielo, donde por la misericordia divina espero encontrarme dentro de muy poco. ¿Qué son veinte, treinta, cuarenta años comparados con la eternidad? Perdonad a mis asesinos como yo los perdono y, si un pedazo de pan os dejo, compartidlo con ellos y con sus hijos. Os pido que me lo juréis»: así se despedía de sus hijos don Alfredo van den Brule. Veinte minutos después fue fusilado a las puertas del monasterio de San Juan de los Reyes. Era el 29 de agosto de 1936. Hoy es uno de los 321 mártires que forman el expediente de la Causa de Toledo.
Durante trece meses estuvo van den Brule al frente de la alcaldía de Toledo, y en ese tiempo fue conocido entre sus paisanos por su sensibilidad social nacida del Evangelio. El artículo de Enrique Sánchez Lubián en la Revista Cultural de Toledo sobre van den Brule recoge una anécdota de 1930, cuando, gracias a una iniciativa de don Alfredo, se realizó una colecta entre los comerciantes de Toledo para conseguir juguetes destinados a los niños pobres de la ciudad. Y en diciembre de 1930 publica el siguiente bando ofreciendo trabajo a los toledanos en paro para que no falte a sus hijos la cena de Navidad: «...la Corporación de mi Presidencia ha acordado dar trabajo a los obreros de esta capital, por el tiempo que sus disponibilidades lo permitan, con el fin de que en la noche en que conmemoramos la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo no falte en ningún hogar la cena precisa, por modesta que sea, para evitar el dolor a honrados padres de no tener con qué satisfacer las peticiones de pan de sus hijitos». Días después ayudó, con toda la Corporación municipal, a pagar de su bolsillo la cena de Navidad del comedor de caridad de Toledo.
Las elecciones municipales de 1931, las que forzaron el cambio de régimen y la proclamación de la República, no contaron con la presencia de Alfredo van den Brule entre los candidatos. El clima político estaba ya enrarecido y él se enorgullecía de ser el último alcalde monárquico de Toledo. Tan es así que, el mismo 14 de abril, los toledanos pidieron a Van der Brule que continuara al frente de la alcaldía de la ciudad. Sin embargo, desde el balcón del Ayuntamiento, ante una multitud enardecida por el cambio de régimen, se excusó: «Yo no puedo renunciar a mi ideal. La persona que lo encarna deja su patria para que no se derrame una sola gota de sangre, y sólo puede salir desde el fondo de mi corazón: ¡Viva el rey!» Su valiente proclama encontró, según testigos, la respuesta entre desconcertada y admirada de la multitud: ¡Viva!
Los años siguientes se empeñó en defender los intereses de Castilla en el torbellino regionalista de la época, pero criticando los excesos del «separatismo, la desmembración y la destrucción de nuestra nación». Sus palabras resonaban entonces proféticas: «Desgraciadamente, en algunos el regionalismo traspasa la virtud de la prudencia, desvirtuándose. Ponderada, produce confraternidad; imponderada nos lleva a la hostilidad recíproca, a considerarnos como enemigos».
Acto de contrición
Días antes de estallar la guerra, Van den Brule es advertido por su cuñado del peligro que está corriendo al quedarse en Toledo y le aconseja irse a Francia. Él, en cambio, se niega, «porque no he hecho mal a nadie». El 18 de julio es detenido en su casa y conducido a la cárcel de Toledo -hay quien dice que por orden directa de Azaña, para preservarlo del riesgo de caer en manos de incontrolados-. El 23 de agosto es liberado sin ninguna explicación, pero seis días más tarde, el 29 de agosto, milicianos encapuchados de la FAI llaman a la puerta de su casa y le apremian a irse con ellos.
Antes de marchar, reza el Acto de contrición ante un crucifijo, y se despide uno a uno de su mujer y de sus siete hijos. Los pequeños se lanzan a los pies de los milicianos para que dejen ir a su padre, pero la sentencia ya está dictada. Salen de allí y se dirigen al cercano monasterio de San Juan de los Reyes, donde ante el pelotón de fusilamiento don Alfredo comienza a cantar el himno a la Virgen del Recuerdo, que aprendió de niño en el colegio. Un poco más arriba, otros niños se asoman a la reja de su casa para ver si alcanzan a ver a su padre. En el cielo suenan los disparos.
«Hijos míos, sed buenos, amad a la Virgen.
Nos reuniremos en el cielo.
Perdonad a mis asesinos».
Así se despiden los mártires.
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Don Alfredo van den Brule junto a su hijo Joaquín