!--ned//-->
Alfa & Omega, 17/09/08 - «Antes de atreverse a hablar de la justicia social, comenzad por rehacer una sociedad, ¡imbéciles! Acabáis de derribar, bajo las bombas, la civilización cuyo fundamento habíais ya destruido en las conciencias, y la justicia social, para vosotros, no es más que un pretexto para liquidar lo que queda de este mundo y para saquear hasta los osarios»: así decía George Bernanos, el 12 de septiembre de 1946, en los Encuentros Internacionales de Ginebra. Su intervención, El espíritu europeo y el mundo de las máquinas, está recogida, junto a otras conferencias suyas apenas concluida la Segunda Guerra Mundial, bajo el título La libertad, ¿para qué?, como iniciaba su intervención en Suiza en enero de 1947, a lo que añadía: «Igual podría decirse: Francia, ¿para qué? ¿Para qué Suiza? Europa, ¿para qué? La civilización, ¿para qué? Y, resumiendo, en una palabra: el hombre, ¿para qué?» Explicaba Bernanos que «La libertad, ¿para qué? es, como sabéis, una frase famosa de Lenin, y expresa, con una claridad y una lucidez terrible, esta especie de desafección cínica por la libertad que ha corrompido ya tantas conciencias», porque «mucho antes de que la libertad haya sido puesta en peligro por las dictaduras, la fe en la libertad se había debilitado progresivamente en las conciencias».
Hoy en Europa, y de modo pavoroso en España, puede decirse igualmente: La educación, ¿para qué? Se habla de la necesidad de educar en valores, sí, de primar el esfuerzo, de buscar la excelencia… Sin embargo, el deterioro de la educación es alarmante: crece imparable el fracaso escolar y, cuando se dan el esfuerzo y la excelencia, no se ve que vayan a la par de la libertad y de la alegría de vivir. ¿Por qué? Sin duda, falta el auténtico para qué de la vida humana. Si lo que realmente interesa es la economía, y el hombre en su más esencial humanidad nada importa realmente, si negar el valor de su vida en el seno materno, o cuando en la enfermedad y en la ancianidad deja de producir, no es más que una cortina de humo, ¿qué sentido puede tener la educación? Educar, como certeramente define Jungmann, es «introducir a la realidad total», en su doble valor: desarrollo de todas las estructuras de un individuo hasta su realización integral; y, a la vez, afirmación de todas las posibilidades de conexión activa de esas estructuras con toda la realidad, pero eso es empresa inútil cuando la realidad ya no se reconoce, ya no se puede afirmar porque no se afirma la existencia de su significado, su para qué. Y si ésta es la situación de Europa, agudizada al máximo en España, vale la pena tomarse en serio el juicio lucidísimo de Bernanos cuando, en su citada conferencia de Ginebra, plantea crudamente la cuestión: «Se trata de decidir si la Historia es la historia del hombre, o solamente la historia de la técnica».
Reducido a máquina, productora y consumidora, ¿qué queda del hombre? Bien señalaba el gran escritor católico francés que «el drama de Europa es un drama espiritual, el más grave de todos, el que decide todo, aquel en el que cada ser da, tarde o temprano, y una sola vez, el espectáculo de cómo se aleja de él el soplo del espíritu». ¿No es ésta, acaso, más aún que hace sesenta años, la situación de nuestra sociedad? No era exagerada, ¡todo lo contrario!, la descripción de Bernanos: «El cadáver en descomposición se parece mucho -si es que un cadáver puede parecerse a algo- a un mundo donde la economía ha prevalecido decididamente sobre la política, y que ya no es más que un sistema de intereses antagónicos inconciliables, un equilibrio sin cesar destruido». En medio de tal oscuridad mortal, eso sí, disfrazada con las falsas luces de una técnica inhumana, que al final no satisface ni las necesidades materiales -¿acaso los materialismos del este y del oeste acabaron con la pobreza?-, o de una pseudoeducación para la ciudadanía, que al carecer del significado de la realidad, en lugar de ciudadanos, sólo puede generar robots esclavos del poder, brilla con toda su fuerza infinita la razón de la educación verdadera que nos da Jesús en el Evangelio: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» De espaldas a esta luz, lógicamente, en lugar de hombres sólo se encuentran cadáveres.
Nada de cortinas de humo para distraer de lo primordial. ¿Qué es lo primordial? ¿Una economía sin alma, por la que hay que luchar, al margen del valor de toda vida humana en su misma esencia, y al margen de la auténtica educación para formar hombres realmente libres? El humo no es una simple cortina, sino la exudación de ese cadáver de una sociedad que ha supeditado el ser al tener, y, al final, ni es, ni tiene. ¡Todo lo contrario de la verdad! La expresó admirablemente Juan Pablo II en su discurso en la UNESCO, en 1980: «La educación consiste en que el hombre llegue a ser cada vez más hombre, que pueda ser más y no sólo que pueda tener más, y que, en consecuencia, a través de todo lo que tiene, todo lo que posee, sepa ser más plenamente hombre». ¿Cabe más razonable para qué a la educación?