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Alfa & Omega,28/01/2010 - Caminos de consagración: con este sugerente título, la Iglesia celebra, el 2 de febrero, la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Son muchos los caminos, efectivamente, por los que el Señor llama a cada uno a consagrarse, como laico o como religioso; pero además, en los inicios del nuevo milenio, el Espíritu sigue suscitando nuevos carismas, nuevas formas de entregar la vida a Cristo, puliéndolas a la luz de las nuevas necesidades de nuestro tiempo.
Muchos movimientos o instituciones son aún muy poco conocidos; realidades en expansión que, ya aprobadas por la Santa Sede, llevan años en la Iglesia mostrando la belleza y la fecundidad de la vida consagrada. He aquí unos ejemplos:
Hermanitas del Cordero:
Ya estaban en Granada, y hace un año que llegaron a Madrid, formando una comunidad de seis. Caminan normalmente en grupos de tres, y no pasan desapercibidas por ser su hábito de un bonito color azul grisáceo, y su toca, algo así como una versión más moderna de la habitual, ajustada a la cabeza y, según ellas, básicamente, más cómoda. Pero el hábito no es lo definitivo, ya que, puestos a profundizar, se trata del hábito dominico de siempre, sólo que en otro color. Lo que realmente llama la atención es la juventud y la sonrisa de estas mujeres, a quienes se las puede encontrar charlando por las calles de la gran ciudad con los más pobres, o quizá, algún día, llamen a su puerta pidiendo algo de comida para su propio sustento.
Así es su carisma, sorprendente por su entrega y sencillez, y real, gracias a la intensa vida de oración que llevan.
Las Hermanitas del Cordero son una Comunidad Religiosa, y pertenecen a la orden dominica. Son tan jóvenes que el promedio de edad ronda los 35 años.
Su origen es francés, y se remonta al París de los años 70, en medio de la revolución cultural e intelectual que había empezado en mayo del 68. «Nuestras cinco primeras hermanas -explican las hermanitas que viven en Madrid- pertenecían a una comunidad dominica y se dedicaban a la enseñanza. Como consecuencia del momento histórico que estaban viviendo, nace en sus corazones una llamada muy clara: más oración y más pobreza. Hay varias experiencias que vivieron en esos años que acompañaron e iluminaron esta llamada, que se concreta cada vez más. Empezaron a ir por las calles, por las noches, con jóvenes universitarios que conocían, al encuentro de los pobres y de los jóvenes que caen esclavos de la droga y el alcohol. El objetivo era, sencillamente, ser testimonio de oración y presencia de amistad en medio de ellos. Poco después, la hermanita Marie (la fundadora), una de estas cinco, es enviada a un pueblo cerca de París. Será un lugar privilegiado para vivir de la oración, pobremente, al mismo tiempo que se le confía un trabajo de traducción de las fuentes del origen de la Orden dominica del latín al francés. Estudiando estos textos, se da cuenta de que lo que santo Domingo vivía es lo que ella lleva en el corazón: una llamada de vida sencilla, pobre, humilde, orante, abandonada a la Providencia. Al mismo tiempo, los jóvenes que había conocido en París y que la acompañaban en la búsqueda de los pobres y las personas víctimas de las drogas, la buscan: eran las primeras vocaciones. Fue la propia superiora de la comunidad la que le dijo: «Abre los ojos, esto que estás viviendo es algo nuevo dentro de la Orden, es una rama nueva, tienes que salir a fundar para que sea reconocida». De esta forma comenzó la Comunidad, desde dentro de la propia Orden dominicana.
Hoy, la Comunidad de Hermanitas del Cordero cuenta con 130 hermanas, repartidas por Europa y América. Años más tarde del inicio en París, se creó también la rama masculina.
Las Hermanitas consideran que su vida se funda en la oración, y «de este tesoro recibido en la Liturgia vamos al encuentro de los más pobres.
En la intimidad con Jesús descubrimos que Él nos quiere; nosotros los sabemos, pero ¡tantos no lo saben! Y es esto lo que nos impulsa a salir de casa e ir al encuentro de los pobres y los jóvenes, especialmente». Pueden llegar a verlas por las calles, pero estén preparados para recibirlas un día en casa. Y es que la Comunidad de las Hermanitas del Cordero es también mendicante, viven de la Providencia, lo cual lo consideran una gracia, y un privilegio, para ellas mismas, pero también lo es para quienes se encuentra con ellas y comparten su comida. Esto, como ellas mismas explican, «para nada es una aventura, sino que es el Señor el que nos conduce y nos lleva donde quiere, algo que vemos, por cierto, en miles de pequeños signos. Para nosotros, salir al encuentro de las personas es como una continuidad de la oración, y cuando llamamos a las puertas de las casas, lo hacemos porque es el Señor el que se ha bajado, se ha hecho pobre y llama y mendiga nuestro amor, y no impone, sino que golpea a la puerta del corazón para pedir un poco de amor.
Nosotros pedimos pan en su nombre, y todas hemos sido testigos de que la gente nos da las gracias, a menudo, después de darnos de comer. A veces nos reciben con mucho cariño, y comemos con toda la familia, etc. Otras veces nos dicen que no les interesa nada de lo que queramos decirles, pero cuando ven que sólo queremos pedirles algo de comer, suelen contestar: Ah, entonces sí, y a muchas personas esto les abre el corazón. Otras veces vamos a los comedores a comer junto con los más pobres. Hacer la cola a su lado, esperando recibir alimento, es todo un privilegio. Suelen decirnos: ¡Qué pasa, hermana!, ¿no le dan de comer en el convento?, a lo que nosotros solemos contestar: Al contrario, la Iglesia nos envía a estar con vosotros».
Imágen : Las Hermanitas del Cordero en su pequeña capilla, en Madrid.