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Alfa & Omega, 04/11/08 - «Nunca he creído que los santos tuvieran madera de santos», dijo una vez el periodista y sacerdote José Luis Martín Descalzo. Y es que todos nacemos con la misma llamada a la santidad, pero también con la misma carga de imperfecciones, defectos, pecados... y la larga -o corta- lista que uno quiera añadirse a sí mismo.
Lo curioso es que, cuando uno se intenta hacer una imagen mental de un santo, cualquiera, sea uno de los primeros cristianos, un santo de la época medieval, o un santo de nuestros días, lo que viene a nuestra mente es la imagen de una persona hecha de una materia diferente de la del resto de los mortales. Sin carne ni huesos, sin sangre..., sin hambre ni sed, sin buenos o malos días, sin defectos, sin malas palabras para nadie, y, sobre todo, sin esfuerzos, miedos o dudas a la hora de ser coherentes con su fe.
Durante muchos años, algunos biógrafos de santos han insistido en pasar por alto u omitir las debilidades de sus biografiados. Como la madre Priora del convento de Lisieux, que, al repasar los escritos originales de la joven santa Teresa del Niño Jesús, suprimió un párrafo en el que, con la mayor sencillez, la criatura confesaba que nunca había logrado rezar un Rosario completo sin distraerse. Para Jesús Urteaga, autor del libro Los defectos de los santos, «probablemente temían que los lectores nos escandalizáramos al verlos hombres y mujeres como nosotros. Y precisamente los que todavía estamos lejos de la amistad que Dios busca en nosotros, necesitamos comprobar (porque nos estimulará mucho) que los que están en los altares no son de cera ni de plástico, sino, como todos los mortales, de carne y hueso, sufren dolores y tienen sus agobios; son personas corrientes que tienen que tomar pastillas o duermen mal, o necesitan que se les zarandee, de cuando en cuando, porque pueden distraerse en la oración».
Esos libros que dibujan a personajes perfectos, a pesar de su mejor voluntad, consiguen que a los santos sólo les podamos admirar y contemplar como desde allá abajo, donde sentimos que siempre nos quedaremos, pues llegar a donde están ellos parece reservado a sólo unos cuantos. Y nada más lejos de la realidad. En la vida de los santos suceden, es cierto, hechos extraordinarios; pero ellos no alcanzan la santidad por esos hechos, sino por la generosidad con la que corresponden a la Gracia que el Señor les ha otorgado. Y la mayoría no llevó una vida fácil. No se debe generalizar, pero a poco que recordemos la vida de un santo, cualquiera, estaremos de acuerdo en que su vida fue más bien una carrera de obstáculos. Y encima, no siempre sintió la cercanía de Dios para superarlos. «Si hay jornadas en las que Dios se nos manifiesta de modo patente -afirma Jesús Urteaga-, hay otros muchos días, muchas semanas, muchos meses, años, muchos años, de brega, de ocultamientos contra corriente, de vida ordinaria en el claroscuro de la fe. Un cúmulo de cosas menudas que todos debemos realizar, y que los santos las bordan con verdadero amor».
Los bobitontos no llegan a santos :
Decía el Primer Ministro italiano Alcide De Gasperi, uno de los padres de la Europa moderna, junto con el francés Schuman y el alemán Adenauer, que los santos no son aquellos seres melifluos que muchos imaginan: «No son los santos unos bobitontos que se sacrifican, a la buena de Dios, por un mito o por una manía: los bobos podrán ir al infierno, lo que dependerá del uso hecho de su bobería; pero a santos no llegan. Yo, al menos, no conozco a ningún santo bobo, y es que la santidad es una conquista heroica llevada a cabo con perfecta cuenta, a través de un constante, sesudo deslindamiento entre el bien y el mal, en medio de dolorosas renuncias y de siempre nuevas iniciativas».
Santos anónimos... :
De la humanidad de los santos, de aquellas características de su carácter que les acercan a nosotros, hablan las imágenes y las palabras que nos quedan del propio Juan Pablo II, a quien la multitud, tras su muerte, quiso proclamarlo santo súbito. ¿Quién no le recuerda, en su visita a España, en el año 1982, gritando, con visible energía: «¡Nadie tiene derecho a matar a un niño en el seno de su madre!»? ¿Y aquel año, en Palermo, cuando se enfrentó, a gritos, con la mafia?
Sin embargo, entre las dolorosas renuncias de las que hablaba De Gasperi, se encuentran muchos pecados, resbalones y tropiezos en el camino, de los que también es importante saber, porque puede que, sin quererlo, un buen día uno se vea reflejado en esos mismos resbalones y se dé cuenta de que, si ellos pudieron, él también.
Como recuerda don Jesús Urteaga, «los tres elementos o condiciones del pecado mortal son: materia grave, conocimiento claro y consentimiento pleno. El pecado venial existe cuando al acto inmoral le falta, al menos, una de las tres condiciones requeridas para el mortal. Hay que hacer notar que mientras los pecados suponen violación de la ley moral, las imperfecciones, o son deficiencias resultantes de la limitación del ser creado, o son renuncias a unos bienes superiores no impuestos por la ley moral. En la vida de los santos podemos encontrar pecados mortales antes de su conversión y, de ordinario, pecados leves e imperfecciones después de ella. Hago esta indicación para que no pueda sacarse la idea inexacta de que el pecado grave forma parte de la vida normal de las almas santas».
El carácter de los santos, por tanto, ha podido dejar mucho que desear en algunos momentos. San Alfonso María de Ligorio, a la edad de 80 años, le decía a un individuo: «Si hemos de discutir, dejemos que la mesa esté entre los dos; yo tengo sangre en las venas». El propio san Agustín advertía de los defectos de las almas fértiles, como la ira, y demostraba que precisamente por contar con esa ira, eran capaces, al mismo tiempo, de grandes empresas. Aunque un hombre como él, que se le supone, tras su conversión, tan apasionado, gran orador..., casi un genio, tuvo que sufrir lo suyo, al darse cuenta de que sus catequesis eran tan pesadas que lograba que se le fuera buena parte del auditorio.
Santa Margarita María de Alacoque tenía una gran repugnancia al queso. Al ingresar en el convento, la familia estipuló que no se le obligara a comerlo. Finalmente venció tal animadversión, pero lo cierto es que tardó ocho años. Por no mencionar el temperamento de santa Teresa de Lisieux, a quien se pone como ejemplo de carácter dulce y delicado, pero de quien su madre llegó a decir: «Es de una terquedad casi invencible. Cuando dice que no, no hay potencia humana que la reduzca; aunque la metiésemos un día entero en un cuarto oscuro, preferiría dormir en él que decir que sí».
De san Francisco de Sales, recuerda el padre dominico José Antonio Martínez Puche, director de la editorial Edibesa y coordinador de más de 1.000 biografías de santos, y autor de muchas de ellas, se sabe que fue un hombre «de temperamento nervioso, por no decir colérico, y en algún aspecto hasta violento. Hay que tener en cuenta que el hombre ni puede, por sus propios puños, ser perfecto, ni dominar el temperamento. Por algo se dice genio y figura hasta la sepultura... Sin embargo, para Dios no hay nada imposible y este hombre se dejó modelar por el Espíritu Santo, hasta el punto de que cuentan sus biógrafos que su carácter llegó a ser de una dulzura extraordinaria. De hecho, una frase suya era: Se cazan más moscas con una gota de miel, que con un barril de vinagre».
El último Papa que la Iglesia ha canonizado es san Pío X, «un Papa maravilloso -afirma el padre Martínez Puche-, pero que tuvo sus dificultades en el proceso de canonización. Por lo que parece, en un momento determinado, a una de sus hermanas que vivían con él, le dio un bofetón. A lo largo de la Causa, hubo quien vio este suceso como algo muy a tener en cuenta antes de elevarlo a los altares, si bien debió de tener más peso su comportamiento posterior, su arrepentimiento y probablemente su indulgencia con esta hermana desde aquel momento en adelante».
Lo que nunca se encontrará en un santo
Las vidas de los santos han sido tan variadas como años tiene la historia del hombre. Pero sí que se pueden encontrar en ellas aspectos en común. Es más, hay algo que nunca se encontrará en la vida de un santo. Lo explica el padre Martínez Puche: «El defecto que nunca he encontrado en los santos es la desconfianza en el amor de Dios. Ese confiarse en el Señor que es Padre, que espera al hijo pródigo, que hace una fiesta cuando éste vuelve a casa... Todos los santos han confiado, aunque hayan estado tan mal o peor que el propio hijo pródigo. Sobre el barro de nuestra pequeñez, está siempre el aceite del amor de Dios, y por tanto, de la confianza en el amor de Dios misericordioso. Hay una oración en la liturgia que dice: Oh, Dios, que manifiestas especialmente tu poder en el perdón y en la misericordia; o sea, que hay un Dios que ha creado todas las cosas que existen, todo el universo, desde lo más microscópico, hasta un mosquito, la belleza de una flor... ¡Y según la Iglesia, el auténtico poder de Dios, en realidad, se manifiesta en el perdón y en la misericordia! Por eso, a cualquiera que se encuentre en un momento de dificultades, en una crisis de fe..., decirle esto es decirle: No estás perdido, acuérdate del hijo pródigo, y puede ser un acicate estupendo mirar a los santos. Muchos han estado en situaciones muy críticas y, sin embargo, han confiado en el perdón y en la misericordia de Dios: Sí, me levantaré y volveré junto a mi padre, como dijo el hijo pródigo. Y lo cierto es que queda mejor parado aquel que dejó la casa paterna, se enfangó en los vicios, estuvo cuidando a los puercos, con una vida deshecha..., que el que estuvo en casa de su padre, ese hermano mayor que nunca rompió un plato. Y es que el amor y la misericordia de Dios quiere que seamos felices, siendo cristianos».
«Hay, además -afirma el dominico-, otro punto en común en los santos, y es que todos se han considerado grandes pecadores, y algunos realmente lo han sido; pero siempre han tenido la virtud de la humildad unida a la fe y a la confianza en el Señor. Y es frecuente ver cómo, cuando alguna vez les han encomendado un cargo importante: obispos, Papas, priores..., su respuesta ha sido, con frecuencia, la de extrañarse y argumentar: Señor, pero si yo no sé hacer nada; Señor, si yo no sé hablar...»
Decía san Juan Crisóstomo que, «cuando un soldado que está combatiendo recibe alguna herida, o retrocede un poco, nadie es tan exigente, o tan ignorante de las cosas de la guerra, que piense que eso es un crimen. Los únicos que no reciben heridas son los que no combaten; quienes se lanzan con más ardor contra el enemigo son los que reciben los golpes».
Por eso, al detenerse, por un momento, a pensar en los defectos que pudieron tener los santos, no se pretende regodearse en su caída, ni mucho menos en hacer más livianas las de todos los demás; sino aprender de esa confianza en la misericordia de Dios, observar e interiorizar de qué manera recomenzaron, y con qué humildad acudieron de nuevo a su Padre. Eso es lo que al sacerdote, al padre de familia, al profesor y al panadero, al modisto y al médico, y, en definitiva, a cualquier peatón que encontramos por las calles de nuestras ciudades, le sirve para seguir caminando, y, sobre todo, para levantarse ante cualquier tropiezo, con la misma paz con la que, a las puertas de su propia condena a muerte, santo Tomás Moro le decía a su hija: «Sea lo que sea que me pase en este mundo, nada puede pasarme que Dios no lo quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es, en realidad, lo mejor».
A. Llamas Palacios