lfa & Omega, 27/12/06 - (ABC) - El hombre que tiene un porqué para vivir puede aguantar casi cualquier cómo: la frase de Nietzsche que popularizó Viktor Frankl, en su El hombre en busca de sentido, tiene en estos días de Navidad una especial razón de ser.
Algún chico de esos que acostumbran a estampar una firma casi ilegible en las fachadas de la ciudad, hace poco se atrevió a explayarse algo más; con el desparpajo de los pocos años y la sencillez de quien es todavía inmune a lo políticamente correcto, escribió en la pared de un autobús: La vida es un asco, ¿para qué vivir así? Y es que en estos días, paradójicamente, aumentan las depresiones, las discusiones y los suicidios.
¿No debería ser al contrario? ¿A quién hay que pedir la hoja de reclamaciones? No hay nada peor que hacer de la Navidad la fiesta de la solidaridad, los buenos deseos, la grandilocuencia y los telemaratones. En esto, el humanismo ateo y el cristianismo a-teo coinciden.
Vivir estos días pasando por encima de Dios -¡que se acerca a nosotros!- es como dejar un regalo sin abrir.
Sin Él, la efervescencia del cotillón y el empacho de las peladillas no dejan tras de sí más que la soledad de un árbol sin luces, una mala resaca. El joven del autobús lo sabe; es a él a quien le hemos arrancado la Navidad, le hemos quitado lo que es suyo, le hemos escamoteado al Niño.
La Navidad no puede ser otra cosa que un aviso en la agenda, una cita con uno mismo para recuperar la compañía y la amistad de Dios. Ser amigo de Dios: no hay nada mejor; los que lo tienen lo saben.
El corazón no se puede conformar, en estos días más que nunca, con ninguna otra cosa. No hay compromiso más urgente, ni mayor empeño solidario, que el de acudir a esa cita. No se trata de ser buenos; se trata de que Dios es bueno.