lfa & Omega, 02/01/07 - No es que fe y razón puedan ser compatibles, es que son inseparables. En negativo, como afirma Hans-Georg Gadamer, el juicio previo o prejuicio es condición de posibilidad de toda comprensión. Más aún, el conocimiento humano se construye sobre bases que no podemos demostrar y tenemos que limitarnos a dar por supuestas. Ni siquiera sabemos cómo hemos llegado hasta aquí. La teoría del Big Bang y la evolución de las especies son muy interesantes, pero dejan sin aclarar que pueda siquiera existir algo. Lo mismo sucede con esas leyes que funcionan para manipular el mundo natural: son inexplicables, salvo por referencia a un legislador, igualmente inexplicable.
Pero la fe no sirve sólo para rellenar los huecos que deja la razón. Aporta sentido y orienta, por tanto, la manera de estar en el mundo del hombre. Para el cristiano, todo parte de una relación personal con Dios que ilumina la realidad y la ensancha, de modo que se nos presentan nuevos horizontes. Hay también un componente heredado no menos importante: la fe que otros han vivido de forma coherente me sirve de guía, del mismo modo que los físicos del siglo XXI cuentan ya con el camino avanzado por Newton, Planck y Einstein.
La filosofía -y con ella, la ciencia- nació cuando el hombre empezó a descifrar el mundo físico, a partir del propio mundo físico, sin recurrir a mitos. No hay incompatibilidad con la fe, aunque sí con la imagen de un universo regido por dioses caprichosos que matan. Afirmar una verdad objetiva es el primer paso hacia la búsqueda del auténtico Dios.
La pretensión de muchos de separar fe y razón es irrealizable. Negar la trascendencia y afirmar que todas las respuestas están en la materia implica un gran salto de fe, por mucho que sus defensores insistan en presentar sus creencias como las únicas objetivas y razonables. Las consecuencias prácticas de este planteamiento son, por lo demás, terribles. El dios-materia carece de moral. El ser humano, reducido a un conjunto de átomos, no puede pretender merecer más respeto que una piedra.
Ricardo Benjumea
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